lunes, 25 de julio de 2016

LA BOTICA DE FRANCISCO BORREGO: UNA FARMACIA DEL SIGLO XVIII EN ZALAMEA LA REAL

 La historia de la medicina, o en este caso, el de la farmacología, es tan apasionante como la de otros ámbitos de nuestra sociedad. Más aún si entre sus postulados iniciales, al método científico unimos ciertos elementos esotéricos y fantásticos, propios de la alquimia o la nigromancia. Y es que algunos de elementos de la quintaesencia alquímica perduraron en el tiempo, al menos hasta bien entrado el siglo XIX.
Sabemos que desde el siglo XVI a lo que hoy conocemos como Farmacia, ya se denominaba Botica. Aunque no es menos cierto que esa denominación (también botiga) se usaba de forma general para otro tipo de negocios. No obstante, centrándonos en el tipo de productos que ahora nos conciernen, las boticas aglutinaban en sus estanterías hierbas medicinales, remedios naturales y productos químicos para hacer frente a todo tipo de enfermedades, para la elaboración de productos cosméticos, para embalsamar, para curtir el cuero (proceso muy arraigado en la Zalamea de antaño), para teñir, e incluso mercadeaban con elementos de aderezo para la cocina del momento. De ahí el dicho popular “haber de todo como en botica”.
Acerquémonos pues a una de las boticas asentadas en Zalamea en el siglo XVIII para observar qué había de puertas para adentro. La distribución habitual contaba con tres habitaciones: la primera, con los vistosos anaqueles cargados de botes de vidrio opaco o traslucido, tarros y frascos,  era donde se atendía al público. De ahí se pasaba a la rebotica, donde se almacenaban los productos que más adelante veremos; y por último el obrador, donde Pedro Borrego, boticario del lugar, realizaba sus preparados haciendo uso de las redomas, tamices, escofinas, granatarios, pesos de onzas, morteros de mármol, espátulas, almireces, alambiques, martillo y balanzas, mezclando los ingredientes y creando útiles (y no tan útiles) preparados para preservar la salud de sus vecinos. Un mundo entre la ciencia farmacéutica y ciertos resquicios de los antiguos usos de los alquimistas.
Francisco Borrego, consiguió su titulación realizando un examen ante un médico, protomédico u otra autoridad versada en la materia. Para acceder a la prueba ya debía llevar a sus espaldas cuatro años de experiencia laboral junto a un boticario titulado como mozo de botica, y tener más de 25 años. En la oposición se examinaría de latinidad y teoría, y posteriormente debería realizar una prueba práctica en una botica donde se aprobaría su conocimiento sobre las drogas,  yerbas, la preparación de compuestos y su aplicación.
En 1784, tras su muerte, el Escribano Público de la villa, Miguel Bernal de Contreras, procedía a realizar el inventario de los bienes de la Botica, a petición de las herederas del boticario (sus dos hijas, María e Isidora Borrego, fruto del matrimonio en segundas nupcias con  Thomasa Gallardo), con la finalidad de proceder al aprecio de los enseres y, presumiblemente, derivar a la venta a un nuevo boticario. Al frente de la tasación, además de los integrantes legales del proceso, estuvo otro de los boticarios de la localidad, Pedro Clavero, que dado sus conocimientos en la materia, era el más indicado para llevar a cabo la valoración de todos los elementos. A partir de dicho inventario, podemos apreciar cuáles eran los remedios utilizados en una botica del siglo XVIII en Zalamea la Real (y por supuesto, en todo el Reino). Muchos de ellos, más cercanos a la herboristería tradicional, aún se conservan en nuestras casas como remedios caseros. Otros, por su elaboración y uso de elementos químicos, cayeron en el olvido. El resto, fueron evolucionando hasta el día de hoy.
Para no hacer extremadamente soporífero el análisis de los productos del inventario (más de quinientos elementos de relevancia) haremos una selección de los mismos para presentarlos al lector. Sí es verdad que la mayor parte de los productos se usaron como remedio frente a diferentes afecciones, por lo que, al margen de realizar algún apunte, no vamos a describir sus usos teniendo en cuenta la extensión del artículo para esta revista.
Comencemos con las aguas. Fueron muchas las preparaciones realizados mediante la cocción de plantas medicinales. La infusión de las mismas dio paso a una serie de productos que mucho o poco, actuaron contra ciertas enfermedades. En los vidrios de Francisco Borrego se conservaban las siguientes: Agua de borrajas Agua de culantrillo, Agua de Llantén Agua de Toronjil (para los entuertos que vienen después del parto), Agua de escarola), Agua de cerezas dulces, Agua de malvas, Agua rosada, Agua de cal, Agua de canela,  el Agua de Sal y el Agua de suero destilado, para preparaciones; y la famosa Agua de la Reina, considerado el primer perfume (romero, lavanda y alcohol).Junto a ellas, jarabes y ungüentos constituían otro de los bloques medicinales más destacados. De los primeros conservaba en sus estantes el de adormideras blancas, el jarabe de agar o melaza, y el de arrayán. Respecto a los segundos, ya encontramos una nutrida variedad: ungüento opilativo, de plomo, de dátiles, de la condesa, de calabaza, blanco, caustico, de arthanta, de cinabrio, egipciaco, de álamo, de hisopo, de gripo, de poligonato, y de Zacarías.
También se apreciaron un suculento grupo de botes llenos de aceites y bálsamos. Para aliviar dolores musculares y otros padecimientos, aplicados sobre las zonas afectadas, o como purgantes o neutralizantes de otras dolencias, administrados por vía oral (lo cual debía ser harto desagradable) estos mejunjes constituían uno de los elementos más demandados por la población doliente. Así encontramos aceites de tusilago, de trementina, de lombrices, de azucenas, de manzanilla, de zorro, de verbena, de eneldo, aceite dulce con fuego, de alacranes, de hipérico, de aceitunas verdes, de almendras, aceite común, aceite esencial de salvia, esencia alhucema, de mejorana, de ladrillo o filosofal, de anís esencial, de romero, de Kermes, y de almendras dulces. Junto a los aceites, los bálsamos: bálsamo peruviano sólido, de cachorros, de calabaza, bálsamo negro, de copaiba, bálsamo anodino, bálsamo cathólico, bálsamo diavotano, bálsamo alcedo, de María, y estoraque. Haciendo uso de su dilatado conocimiento y de los manuales de farmacia que recogían las recetas precisas para la elaboración de los medicamentos (los recetarios también se incluían en su inventario) Francisco Borrego, en el obrador, realizaba este tipo de elaboraciones, además de otras como las píldoras de Cinoglosa, Protusi, de ruibarbo o marciales; o los emplastos de aquilón menor y mayor, agomado, confortativo, negro, meliloto, de cicuta, opiáceo, manus dei, de ranas con mercurio, de almaciga, carminativo y matricial.
Pero para llevar a cabo su cometido, el boticario debía contar con una importante reserva de ingredientes que hicieran posible completar las preparaciones que se indicaban, por ejemplo, en la Palestra Pharmaceútica Chymico-Galenica de Félix Palacios. Así, los anaqueles de la rebotica estaban repletos de todo tipo de semillas, raíces y hierbas aromáticas y medicinales, así como de elementos derivados de animales y un profuso grupo de elementos químicos. En primer lugar citaremos a los polvos, donde podemos apreciar analizando su nomenclatura, cierto arraigo de las antiguas artes galénicas: polvos contra aborto, polvos del papa Benedicto, de guteta, tres sándalos, polvos diamargariton, de rosa, de jalapa, de ojo de cangrejos, restrictivos, de sándalo rubio, de aro, y polvos de Marte. Además de estos productos ya preparados, el boticario almacenaba los elementos químicos, sales y minerales necesarios para llevar a cabo sus amalgamas: espíritu de vino, azufre, vitriolo rubio o colcota, albayalde, regulo de antimonio, alumbre, harina resolutiva, tintura laca espirituosa, piedra hematite, almártaga, ojimiel, areno, piedra medicamentosa, plomo quemado, sal coagulada, vitriolo blanco, espíritu de hollín, arsénico amarillo, cardenillo, cristal montano, limaduras de fierro, piedra magnética, sal de Saturno, extracto católico, sal amoniaco, piedra lipis, piedra pómez, sal prunela, sal de Inglaterra, extracto de oro, arcano duplicado, sal de nitro, crémor tártaro, tucía preparada, minio, kermes, antimonio marcial, hígado antimonio, tintura de mirra, leche virgínea, tierra sellada, filonio romano, láudano opiado urinario, tártaro violado, espíritu de succino, precipitado blanco,  tintura de succino, azoque, elixir propietatis, tintura antitética, concepción de kermes, gentil cordial, láudano líquido, azafrán de los metales, elixir vites, antiséptico de potasio, diascordio, mercurio dulce, sal polieresta, trementina de Venecia, espíritus torácicos de minio, oro entero, libro de plata, sen menudo y entero, guillen cerben, contrarotura, manteca de azahar, unción fuerte, manteca de cacao, triaca, manteca de camuesas, manteca de baca, manteca de Saturno, electuario diacatolicón, vinagre de Saturno, solimán malo y agua fuerte.
El grupo más nutrido en la rebotica era el de las plantas naturales. Usadas por sus propiedades medicinales, en su amplio espectro Francisco Borrego las mantenía secas o recién cortadas (muchas de ellas formaban y forman parte de nuestro entorno natural), en semillas o raíces. Éstas eran: borrajas, escorzonera, cubeba, visco porcino, hermodátiles, díctamo blanco, flor de azufre, mirabolanos, pimienta, agallas de levante, alorbas, zaragatona, mostaza, cártamo, alquitira, eléboro negro, sándalo, jalapa, nuez moscada, clavos, agnocasto, cebadilla española, lechuga (ponzoñosa), aristoloquia, díctamo de creta, ipepacuana, peonía, aloes socrotinum, cardo santo, santónicos de Alejandría, escamonea de Esmirna, incienso, opio, mirra, bedelio, asafétida, euforbio, sagapeno, succino amarillo, opopónaco, argento, almáciga, extracto de tormentilla, tamarindo, ládano, tila, estoraque, alcanfor, eléboro blanco, linaza, caraña, tintura de azafrán, margaritas, pulpa de caña fistula, lirios de Florencia, mortiños, adormideras, anacardos, sauco, alcaparras, mirra, azofaifas, yerbabuena, violetas, cidra, hipérico, manzanilla, doradilla, yedra, amapolas, zarzaparrilla real, cantueso, altamisa, ruibarbo, flor de terreno, cortezas de naranja, gálbano, centaura, betónica, quina, resina de levante, pez rubia, escordio, polipodio, palo dulce, balaustria, tusilago, calaguala, achicoria, consuelda, ásaro, galanga, ésula, bistorta, Sangre de Drago, Goma de junípero, goma yedra, copal en pasta, goma arábiga, goma laca, goma de palo santo, resina de jalapa y goma armoniaca, entre muchos otros.
Pero quizás los elementos que más acercaban el trabajo de boticario a la alquimia de la antigüedad eran aquellos productos de origen animal: cantárida, rasura de marfil, cuerno de ciervo, madreperla preparada, castóreo, antifebril de conchas, cuerno de ciervo filosófico tinturado, carne momia, carne anima, esponjas, cochinillas, mandíbula de pez lucio, espíritu de cuerno de ciervo, uña de la gran bestia, espíritu de almizcle, cráneos, mandíbulas, y dientes de jabalí.
Generalmente, el médico de la localidad recetaba al enfermo el medicamento que necesitaba para aliviar su dolencia, y como hoy en día, el paciente se acercaba a la botica para que el droguero le elaborase la preparación. A través de la cédula (receta), el boticario elaboraba la medicación estipulada por el médico. No obstante, la experiencia de éste le permitía recetar si hacer una consulta previa al médico, acto que la mayor parte de los enfermos agradecían, puesto que así se ahorraban el pago de la consulta médica.
El aprecio del material de la botica ascendió a 1999 reales, que junto a los 2672 reales de la tasación del resto de posesiones del boticario Francisco Borrego, dejaron a cada heredera la no poco estimable cifra de 2335,5 reales.

José Manuel Vázquez Lazo

www.conelrabillodelojo.blogspot.com

viernes, 25 de septiembre de 2015

1800. LA FIEBRE AMARILLA Y EL CADÁVER DEL LLANO DE SAN BLAS

La epidemia

El siglo XIX abrió sus puertas en Andalucía con una de las series epidémicas más desoladoras de cuantas habían devastado estos lares. Y eso que desde el siglo XV hay datadas pestes que periódicamente mermaron los índices demográficos de la zona. Así, el verano trajo al puerto de Cádiz, que ostentaba el monopolio comercial con el Nuevo Mundo, no sólo mercaderías procedentes de las Américas, sino la enfermedad tropical conocida como Fiebre Amarilla o Vómito negro. Ejemplo de ello fue el arribo el mes de julio de la corbeta Delfín, que procedente de los astilleros de Baltimore, y tras hacer escala en La Habana, dejó a los estibadores del puerto las mercancías propias del comercio y algunos cadáveres y moribundos con agudas señales de ictericia. El contagio apenas tardó un mes es extenderse por la ciudad, y poco después, a Sevilla.
A efectos sanitarios, ésta era (y es) una enfermedad vírica transmitida por la hembra del mosquito de la especie Aedes aegypti cuyos síntomas más acuciantes eran fuertes dolores de cabeza, fiebre elevada, palidez, escalofríos, pigmentación amarilla en la piel y en los ojos, hemorragia nasal difusa, dolores de hueso y vómitos verdes que llegaban a ser negros debido a las hemorragias digestivas. Llegados a este último estado, la muerte acaecía a los tres días. O lo que es lo mismo, la descripción que hacía de la epidemia un facultativo de la época: “… consistía en grabazón de cabeza, en sienes y ojos, dolor en las caderas y lomos, a lo que seguía calentura moderada con signos de plétora y postración de fuerza y pulso pequeño, indicio no dudoso de su malignidad. Los vómitos atrabiliarios, las hemorragias por nariz y por encías manifestaban la disolución, así como las ansiedades, delirios y otros síntomas nerviosos los atribuían a la debilidad de los pacientes. Al fin, siendo teñidos de pajizos los vómitos y los excrementos de algunos enfermos, y ellos mismos antes y después de muertos cubiertos del mismo color convinieron que era la fiebre amarilla o de América o typhus icterodes”.
Las noticias, por suerte para muchas localidades de la periferia de dichas ciudades, fueron más diligentes que el tedioso vuelo del mosquito transmisor del mal amarillo, y de los muchos afectados que, desconociendo la condena que corría por sus venas, se movían a duras penas de un lugar a otro mientras su piel se teñía de limonado color.

La Junta de Sanidad de Zalamea la Real.

Adelantándose a las órdenes que se oficiaron desde Madrid para todo el reino con fecha 17 y 30 de septiembre, a expensas de cubrir la necesidad de detener la epidemia, el cabildo zalameño, unos días antes, el 14 del mismo mes, ya formalizó la creación de la Junta de Sanidad  “…siendo notorias las enfermedades contagiosas que de algunos días a esta parte se están experimentando en las ciudades de Cádiz y Sevilla de las cuales temerosos muchos de sus vecinos  se salen de ellas a otros pueblos, y a ellos consiguientemente vienen otras distintas personas sueltas que deben sujetarse y contenerles la entrada para evitar que se introduzca el contagio que en sentir de muchas es inflama de peste para lo cual este ayuntamiento ha dado las providencias que ha tenido por oportunas y entre ellas las de poner centinelas a las entradas del pueblo. Pero siendo indispensables aún mayores providencias que todas no pueden estar al cuidado de sus mercedes por sus muchas ocupaciones de la villa y del Real Servicio, deseando liberarla en cuanto sea posible han acordado nombrar una Junta de Sanidad compuesta por seis individuos de los más principales de esta república….”. Sus miembros, los de costumbre para estos menesteres: Leandro Martín Serrano y Pedro Rodríguez (Alcaldes Ordinarios y Presidentes de la misma); José Martín Lancha, Cura Propio Beneficiado y Vicario; el Ldo. Álvaro Manuel Prieto y Lobo, cura; los vecinos Manuel Martín Lancha, Rodrigo Alonso Cornejo, Juan Beato Romero, Manuel López Romero, José Sánchez Bejarano y Andrés Gil. Dos meses más tarde, se nombraban a los médicos titulares de la villa, D. Lázaro José Baquero y D. Manuel González de Bolaños, y al Cirujano Titular, D. Antonio Ramallo, miembros con voz y voto en la Junta de Sanidad. Y no solo en cuestiones médicas, sino también gubernativas.

Las medidas de profilaxis.

El desconocimiento absoluto sobre la enfermedad, su contagio y su tratamiento y cura llevó a la Junta a tomar medidas de profilaxis para evitar el propio contagio. Así, en primera instancia se obligó entrar y salir de la villa tan solo  por  los cuatro caminos públicos,es decir, los que se dirigían a Valverde del Camino, Minas de Riotinto, el del Monte de Traslasierra y el Lugar de Calañas, obligando a los transehuntes a indicar de dónde venían. El incumplimiento del mandato iría multado con dos ducados y tres días de cárcel. Así mismo se instó a los dueños de los cerdos…” que los tienen en el pueblo y andan por las calles los retirarán de él, por lo nocivos que son a la salud público, y no lo habiendo en el término de tres días que se le asignen para que lo ejecuten se les corregirán con cuatro reales de vellón  por cada un cerdo que se encontrase en el pueblo”. Además de ello, se decidió demoler todos los estanques que existían en las inmediaciones del pueblo “…en los cuales con las lluvias y avenidas se recogen arrolladuras, estiércol y otras inmundicias, quedando la mayor parte con agua, que corrompida y fermentando otras materias, acaso sus vapores y hálitos produjeran muy malos efectos contra la salud, que tanto interesa su conservación[…]”. Y como medida estrella en esta deriva profiláctica se prohibió la entrada de aquellos ciudadanos que venían de la ciudad de Cádiz y Sevilla, que, aunque estuvieran sanos, debían hacer cuarentena de 15 días, previo reconocimiento médico, los primeros en el sitio de La Alberquilla, y los segundos en el Valle Sevilla, “…y que si no obstante de lo que se manda en este capítulo otros vecinos admitieren y ocultaren en sus casas a las expresadas personas sufrirán lo que contravinieren a este mandato 15 días de cárcel y además se les exigirán 10 ducados de multa…”La orden se haría pública inmediatamente por voz del pregonero del Concejo. Gregorio Rodríguez. A su vez se  determinó que para salir o entrar en la villa por los caminos determinados, haría falta un salvoconducto llamado Fe de Sanidad, que, a su vez, debían renovar en aquellas localidades que iban a visitar corroborar que volvían sanos a Zalamea.
En cada uno de los cuatro caminos citados se colocarían guardas para velar por las disposiciones emitidas por la Junta de Sanidad. Y por la salud de los mismos, vigilarían día y noche los miembros de la Junta, a saber: D. José Lancha, Vicario, y Andrés Gil a los de la Cruz de las Eras; D. Álvaro Manuel Prieto y Lobo cura beneficiado, y D. Juan Beato, a los del Pilarete; José Sánchez Bejarano a los del Camino de San Vicente; y Manuel Martín Lancha a los de la Fuente del Fresno.
Todas estas medidas, por supuesto, se aplicaban a las aldeas del término, que entonces eran 15. Los principales informantes en éstas y sobre éstas serían los curas de las mismas. El Vicario se encargaría de la correspondencia con los curas de Riotinto y Las Delgadas y al Prieto y Lobo con el Pozuelo y El Villar.
El 1 de octubre se emitía un bando donde se especificaban todas las nuevas medidas a tener en cuenta. Firmado por los Alcaldes Ordinarios y Presidentes de la Junta Leandro Martín Serrano y Pedro Rodríguez, estas decían:
1º. Se cierra esta villa y su término durante el actual contagio.
2º. No se admitan ningunas mercaderías que vengan de los pueblos contagiados […]
3º. No se admitirá durante el contagio personas ni familias que no sean vecinas y naturales de esta […] se prohíbe a todo vecino admitir ningún huésped forastero, sin que en el mismo momento de su venida se presente a la Junta con una relación jurada que exprese el nombre, apellido, lugar de nacimiento y última residencia, tiempo en esta y su destino a esta villa, para que la Junta determine.
4º. Los vecinos que vengan de los pueblos contagiados harán precisa cuarentena en la forma siguiente: los de Cádiz de 40 días desde que salieron de ella; y los de Sevilla y demás pueblos 20 días contados igualmente desde su salida. Y hecha la cuarentena no entrarán en la villa sin que proceda el reconocimiento de uno de los dos médicos titulares y la declaración de perfecta sanidad, reservándose la Junta la ampliación de los 20 días si fuese necesario.
5º. Ningún vecino ni persona de este pueblo podrá salir de él sin la fe de sanidad  […].se prohíbe a todo vecino el salir ni entrar sino por los cuatro caminos siguientes: Cruz de las Eras, Fuente del Fresno, San Vicente y Pilarete.
6º. Los arrieros […] no podrán entrar ni hacer noche dentro de esta villa, sin que detenidos por los guardas entreguen a uno de estos la fe de sanidad […] Y hallando que no han estado en los pueblos contagiados, les permitirá la entrada, intimándoles que salgan el día siguiente de la villa […]
7º. Se creará la Policía de los Lazaretos.
8º, 9º y 10º. Habrá dos Lazaretos, que serán Valle de Sevilla, Alberquilla y San Blas. El primero servirá para los que vengan sanos y el de San Blas para los que caigan o vengan enfermos. […] En ambos estarán los que hagan cuarentena, sin comer, tratar de mezclarse los unos con los otros, y solo podrán hacer esto los que hagan venida de un mismo pueblo, y en un mismo día, bajo la pena de que si uno en cuarentena trata con otro que ha venido posteriormente deberá seguir la cuarentena con el último.
11º y 12º. Si en el Lazareto de los sanos cayese alguno enfermo, precedido el reconocimiento del médico, será trasladado al Lazareto de los enfermos, si la enfermedad es el contagio.
12º y 13º. En cada Lazareto se pondrán dos guardas, a costa de los que lo ocupan a prorrata según los días. […] éstos se situarán  en los sitios que se les señalará, y no tratar ellos mismo, ni permitir, que ninguna persona de ninguna clase y condición que sea, trate con los que están en cuarentena, bajo la pena de 10 ducados y dos meses precisos de cárcel, y en caso de reincidencia de proceder según derecho.
14º. Se prohíbe a todo vecino ir a los lazaretos bajo la pena de 20 ducados de multa y 20 días de cárcel que se le harán pasar después de sufrir la cuarentena a que se le obligará.
15º. Los padres, madres, mujeres o cualesquiera interesado que envíen comida a los del Lazareto, se presentará a la Junta y señalará la persona que quiere la lleve, y la llevará ésta, y no otra, y la entregará al guarda, el que la pondrá en el sitio que se le señalará.
16º. Si alguna persona quisiese escribir a los del Lazareto, podrá hacerlo libremente, y recibir respuesta, pero las cartas las recibirán los guardas y las respuestas que recojan las mojarán en vinagre antes de entregarlas a los interesados.
17º. Antes de entrar los del Lazareto uno de los médicos titulares examinará las ropas que traigan y se obrará según su declaración.
18º y 19º. Se prohíbe a todo vecino llevar víveres o cualquier otro socorro a los pueblos contagiados o sospechosos […] Si éstos pidiesen víveres o cualquier otro socorro se les suministrará con toda prontitud, y haciéndose las compras y ventas fuera de esta villa, y con presencia e intervención de dos diputados de la Junta para evitar todo tipo de contagio.

Los insensatos.

A pesar de las devastadoras noticias que venían desde Sevilla, Cádiz y Málaga, hacia donde se había extendido la epidemia, y las medidas  preventivas y sobre todo, sancionadoras que había impuesto la Junta de Sanidad, no fueron pocos los vecinos que hicieron oídos sordos a lo que acontecía. Y los casos más flagrantes fueron los de los propios miembros del Cabildo o de la Junta de Sanidad.
En este sentido, el diputado José Santana de Bolaños incurriría en varios quebrantamientos: El 18 de septiembre, la Junta se hacía eco de una anomalía en el protocolo. El vecino Ramón Sevillano, mozo José Santana de Bolaños se había sacado la pertinente Fe de sanidad para trasladarse a la villa de Santa Bárbara. Pero en su lugar fue a la de Castilleja de la Cuesta, que a la postre, estando a las puertas de Sevilla, era uno de los lugares presuntamente más afectados por el contagio. A la vuelta, se le envió directamente al Lazareto del Valle Sevilla. Y al mismo José Santana se le prohibió la fe de sanidad para desplazarse a la villa de Aznalcollar debido a las noticias de que allí, en Salteras, Umbrete, Guillena y Cantillana se ha extendido la epidemia. Días más tarde, volvería a infringir las disposiciones indicándose que hacía días había salido sin permiso con sus gañanes a la Dehesa del Rincón, cerca del Castillo de las Guardas. Se instó a su mujer, María Sevillano, que no lo acogiera en su casa hasta saber si había estado pueblos sospechosos de contagio. Se le impuso una multa de 10 ducados y 15 días de cárcel, además de hacer cuarentena al volver.
Pero más flagrante fue la actuación de Pedro Rodríguez, Alcalde Ordinario y Presidente de la Junta de Sanidad. Así, el vecino Juan Lorenzo Rodríguez había solicitado una fe de sanidad para que Pedro Mojedas, hijo de Pedro Rodríguez, pudiera desplazarse a Sanlúcar la Mayor a entregar una carta y recoger cierta cantidad de maravedíes. Al mismo Juan Lorenzo Rodríguez se le había denegado el pasaporte por las sospechas de que en dicho lugar la epidemia estaba afectando al vecindario. Ante la insistencia de Juan Lorenzo Rodríguez y la negativa del E.P. de la Junta, intervino directamente el Alcalde Pedro Rodríguez, para que se le entregara dicha licencia. Enterados el resto de integrantes de la Junta, ordenaron impidieran la entrada de Mojedas a la villa “…ni los efectos que trajese hasta que con seria reflexión se determinase lo más conveniente a precaver se comunicase dicho contagio; y quedó muy informado el expresado señor Pedro Rodríguez de esta determinación, y que instruyese al citado su hijo…”.
Pero Pedro Rodríguez, aún ostentando el cargo que tenía, hizo caso omiso de las indicaciones de la junta que él mismo presidía: “Y quando esperaba la junta se cumpliese puntualmente ese mandato maiormente por quien debe por su distinción y carácter dar ejemplo a este vecindario, se ha dado noticia que luego que llegó a las inmediaciones del pueblo el nominado Joseph Moxedas, y detenido por los guardas que están en el camino de la Cruz de las Eras, y como a los veinte pasos que les está mandado reciban a las personas que vengan con destino a esta villa traigan o no pasaporte hasta que se determine por uno de los diputados de la Junta….”
El aviso se pasó al mismo Pedro Rodríguez, que se presentó en el lugar con otro hijo, Dionisio. Y a pesar de las advertencias que reiteradamente le hicieron los guardas para que siguiera el protocolo que él mismo había determinado en la junta, Pedro Rodríguez se acercó a su hijo y recogió una carta destinada a Juan Lorenzo. Al mismo tiempo llegó el citado Juan Rodríguez, “…que habló muy de cerca con el expresado Joseph Moxedas tanto que recibió de su mano trescientos maravedíes y posteriormente la citada carta…”. Además, a requerimiento de los guardas, José Mojedas no entregó ninguna fe de sanidad que indicara que el lugar que había visitado estuviera fuera del contagio. La Junta obligó a Pedro Rodríguez a hacer cuarentena durante 8 días en las casas de su morada; a Juan Lorenzo Rodríguez otros 8 días en el Lazareto de la Fuente de la Alberquilla y al pago de una multa de 4 ducados. A José Mojedas otros 8 días en el mismo lugar. Todos ellos sin tratar ni comunicar con persona alguna, para lo que se les pondría un guarda que ellos mismo deberían pagar.El propio Pedro Rodríguez, que quebrantó su propia cuarentena, , no asistió nunca más a las sesiones de la junta, e intentó en varias ocasiones disolver a la junta, pero los medios legales se lo impidieron.
Además de ellos, la documentación cita las penas impuestas varios vecinos: a  José Sixto de Bolaños, presbítero, que salió a dar misa a la aldea de Riotinto. A la vuelta se encontró las vías de comunicación cortadas por las muestras de contagio existentes en las Reales Minas de Riotinto, que había producido la muerte de José Infiesto y dos soldados. Tuvo que pasar 8 días de cuarentena en la Ermita de San Blas; al vecino Manuel Palmar, al no traer fe de sanidad tras su regreso de Alosno, también debió pasar 8 días en el Lazareto de la Fuente de la Alberquilla; a Francisco y José García, molineros en el Río Tinto, por quebrantar la cuarentena de la Aldea de Riotinto, 10 ducados de multa y 15 días de cárcel; A Manuel Gómez de los Reyes, molinero, por no haberse presentado en la villa por orden del alcalde de la aldea de Riotinto, Vicente López, por tardar un día, 4 ducados de multa; o a Diego Lorenzo Serrano y Pedro Vázquez de Antonio, que sufrieron cuarentena en la Fuente de la Alberquilla por no acreditar de dónde vienen ni cuánto tiempo habían estado fuera de la villa¸ se multó también a los vecinos de la Aldea de Riotinto, el hijo de Ramón Lancha, el de José Rodríguez y Vicente Porrón con 15 ducados por ir a la villa de Gerena, contagiada, sin permiso. Además de hacer la cuarentena estipulada; y para terminar decir que se multó a Antonio y Manuel Domínguez y a Pablo Ruiz con 4 ducados por entrar en la villa por un lugar distinto de los 4 caminos indicados, a pesar de las voces que le dieron los guardas.

 Los muertos

No existen datos oficiales sobre el número de multados ni penados a hacer cuarentenas en Zalamea y en su término, al margen de las citadas anteriormente. Y no podemos aventurarnos a decir si fueron más o menos, si los lazaretos estuvieron a llenos o cuántos fueron los que presentaron síntomas de la epidemia. Los estudios indican que se produjeron 7.387 víctimas en Cádiz, unas 10.000 en Jerez o 6.884 en Málaga. Además, casi el 70% de la población de cada ciudad cayó enferma. Para más referencia, y los datos son extrapolables al resto de las ciudades citadas, de una población de 80.500 habitantes en la Sevilla de 1800, fallecieron  14.685 vecinos, además de caer enfermos más de 76.000 de ellos y huir más de un millar. Aquí, afortunadamente las cifras fueron menos devastadoras.
Destacar el caso del vecino de las Reales Minas de Riotinto, Juan Infiesto, y de dos soldados afincados en el lugar. Los tres habían ido a Sevilla y se habían contagiado de la enfermedad. Fueron las dos primeras víctimas contabilizadas para la zona. Sus muertes provocaron el cierre total del tránsito por las minas y la creación de lazaretos en las mismas, que, dicho sea de paso, se llenaron de personas cumpliendo cuarentena. Es el caso de Francisco Martín de Los Canos, que a pesar de las muertes de Infiesto y los soldados, de estar en cuarentena la Aldea de Riotinto y de estar cerrados al tránsito las Reales Minas de Riotinto, estuvo en Las Delgadas tratando con José Delgado del Pozuelo, morador de ella. Se le ordenó volviera e hiciera cuarentena en el sitio de La Morita, donde ya la cumplían varios operarios de las Reales Minas de Riotinto. Además, se le multaría con 10 ducados por su desobediencia y 15 días de cárcel.
Todo aquel que tuvo contacto con los difuntos fueron apartados del resto del vecindario. El caso extremo ocurrió con Ramón González vecino de El Villar, que facilitó a los soldados fallecidos en las minas, un dornillo y cucharas en que comieron. Su mujer e hijo debieron hacer cuarentena de 8 días en La Alberquilla. Y se cerró la comunicación con la aldea durante este tiempo. Además, los sepultureros hicieron cuarentena en la Fábrica de Fundición. Los vecinos que habían tenido contacto con ellos en el Lazareto de Quebrantahuesos; y a la viuda de José Infiesto, su compañera María del Carmen y el Interino Correo José Mayo en el Lazareto de Los Planes. Vicente Letona, Administrador de las Reales Minas de Riotinto, enviaría una carta (firmada también por Atanasio José Rodríguez)  donde indicaba que tras la muerte de Infiesto, el cobertor blanco y las demás ropas de cama se sumergieron en uno de los silos de los pozos amargos; los zapatos, una capa que llevó el difunto en su último viaje a Sevilla, una chupa, las ropas y los bancos de cama fueron quemados en presencia de tres diputados para mayor seguridad.

Un cadáver en San Blas.

En la villa de Zalamea sólo tenemos un caso de fallecimiento. El 24 de noviembre de 1800 llegaba la noticia a la Junta de Sanidad de la venida por el Arroyo de Beas del vecino José Caballero. Regresaba de la ciudad de Cádiz, donde desafortunadamente se había contagiado. Ese mismo día entró en la villa por la zona de los pocitos, moribundo sobre una bestia, y acompañado de su hijo José Caballero. Una vez examinado por los médicos,  lo declararon gravemente enfermo Enviaron al padre, al hijo, a la caballería y  todas sus pertenencias al Lazareto de San Blas. Y se prohibó a sus mujeres e hijos ir a visitarles.
Pero José no pudo con la enfermedad y murió poco después de su retorno a Zalamea. La Junta de Sanidad emitió entonces una diligencia sobre el caso, donde se mandaba a  “…Agustín Bernal, guarda de José Caballero, difunto, hiciese a espaldas de la ermita del Señor San Blas, a una buena distancia,  una hoya o fosa de dos varas de profundidad la que concluida rogaron y suplicaron a Joseph Caballero menor, asistente o enfermero del difunto llevase por Dios y en caridad el cadáver del dicho su padre a enterrar. Hízolo al fin, y lo dejó perfectamente cubierto y a satisfacción nuestra en términos que ningún daño pueda sobrevenir al cadáver. Después teniendo anticipadamente una porción de leña, le hicimos al dicho Joseph quemase la ropa de su uso, el de su padre y el burro y también los muebles y cachos todos sin perdonar lo más mínimo. Después le hicimos abriese el techo del cuarto donde murió su padre y estando despejado hizo dentro de él una grande hoguera de romero y ruda para con sus perfumes purificarlos, y también todo aquel recinto….”A José menor le hicieron desnudarse y lavarse todo el cuerpo con un mejunje de romero y ruda cocido en vinagre. A la hoguera tiró la ropa,  el cabo y la azada con que enterró a su padre. Después se le trasladó al Lazareto del Valle de Sevilla, desde donde a iniciaos de 1801, una vez pasada la cuarentena, inspeccionado por los médicos, y lavado reiteradamente con vinagre, romero y ruda, pudo volver a hacer vida normal. En la caballería que trasporto el cuerpo enfermo de José Caballero, que tras pasar varios días al raso no presentó ninguna anomalía, trasladar a la viuda a visitar la tumba del llano de San Blas.


                                                                                                                     José Manuel Vázquez Lazo




viernes, 12 de septiembre de 2014

Iglesia de Ntra Sra de la Asunción.......¿y San José?. Un error a la hora de denominar al templo de Zalamea la Real.


Desde hace ya bastante tiempo se viene cometiendo un error de bulto a la hora de denominar al que quizás sea el elemento patrimonial más importante del núcleo poblacional de Zalamea la Real: la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Son ya innumerables las citas realizadas en pregones, boletines, noticiarios, convocatorias, artículos, pasquines y folletos informativos donde al nombre de dicho edificio (Nuestra Señora de la Asunción) se le añade el apelativo “y San José”. Permítanme decidles que es grave traspiés historiográfico.
Históricamente, desde sus inicios, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción se ha denominado de tal manera, sin el apelativo al Santo citado que ahora se utiliza. Sabemos que ya en las Reglas de San Vicente de 1425 se cita, sin nombre alguno,  a "la Iglesia de las dos naves" que bien podía ser la génesis de nuestro actual Templo (aunque aún no tenemos documentación que pueda confirmar esta hipótesis). A partir de entonces, en cualquier documento custodiado en nuestro Archivo Municipal, el Archivo del Obispado de Huelva, o el Archivo del Palacio Arzobispal de Sevilla (entre otros), podemos comprobar como históricamente el principal templo religioso en Zalamea la Real se denominó “de nuestra Señora de la Asunción” y, por consiguiente,  ese apelativo (“y San José”) nunca aparece.
El "Asuncionismo" estuvo muy presente en las tierras del Reino de Sevilla desde su conquista por Fernando III el Santo, gran devoto mariano. Y la advocación de la Asunción de María en los templos estuvo muy extendida. Probablemente con la integración del lugar  de Zalamea al alfoz de la iglesia sevillana, el culto asuncionista llegó a estas tierras, dando nombre a la primitiva iglesia de la villa.
No hay más que echar un vistazo a la documentación existente para comprobar este hecho. Usamos varios ejemplos:
-         El informe del Visitador General del Arzobispado en 1698 la describía diciendo …que la iglesia de nuestra señora de la asumpción consta de tres naves cuios techos son de madera….
-         La denominación usada en el documento episcopal …Razón que se pone en la secretaria de cámara de este arzobispo mi señor de la visita celebrada por el señor D. Gonzalo Joseph Osorio y Herrera canónigo de la Santa Iglesia Metropolitana y patriarchal de la ciudad i visitador general de este Arzobispado sede vacante de la fabrica y demás obras pías fundadas en la Iglesia parroquial de Ntra. Sra. de la Asumpcion -         de la villa de Zalamea la Real de tiempo de cuatro años desde el primero de henero  de 1718 hasta fin de diciembre de 1721.
-   Un cuarto de siglo más tarde, en 1725, el visitador Andrés Masnuzio la describía diciendo ...visite su Iglesia Parrochial dedicada a Ntra. Sra. de la Asumpcion donde después de leído el edicto de pecados públicos…
-  En 1785, el Visitador General del Arzobispado, hacía una somera reseña del edificio: ...tiene una Iglesia Parroquial dedicada a Ntra. Sra. De la Asumcion, la cual es fuerte primorosa,…
-  En la “Estadística General de la Parroquia y curas con los demás eclesiásticos pertenecientes al Arciprestazgo de Zalamea la Real” de 1874 se dice que la Parroquia principal es la “Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
-         La Hermandad de los Servitas de Zalamea la Real, según cita en sus reglas,  …celebraría los cabildos en el Coro de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción
-         Aparece inscrita como “Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción al ser declarado monumento BIC en el BOJA de 12 de febrero de 1994,  DECRETO 14/1994, de 18 de enero, por el que se declara bien de interés cultural, con la categoría de monumento, la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, en Zalamea la Real (Huelva).; y en el BOE de 1 de marzo de 1994, núm. 51, de 1 de marzo de 1994, páginas 6699 a 6700.
 Y siguiendo esta línea podríamos poner decenas de ejemplos.


No obstante, no es el único error relacionado con la nomenclatura que ha sufrido el edificio. Pascual Madoz, en su Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar (1846-1850) cita a la iglesia de Zalamea como la “Iglesia Parroquial de Santa María de Gracia”; habla de la existencia de un “Beaterio de Carmelitas Calzadas de la Virgen de Flores”; o de la presencia de la “Ermita de la Virgen de España y la Ermita de la Coronada”, entre otros desaciertos (no olvidemos que la Iglesia de Santa María de Gracia, así como las Ermitas de la Coronada y la Virgen de España pertenecen al término del vecino pueblo de Calañas).
¿Donde  puede estar el error? Como se indicaba al inicio de este pequeño artículo, es en los últimos tiempos cuando el sobre uso de este erróneo apelativo se ha generalizado, aunque podemos indicar que las primeras referencias a este caso surgen tras la Guerra Civil.  Poco después del incendio de la iglesia producido el 19 de julio de 1936, se comenzó su restauración. Poco a poco se fueron comprando enseres e imágenes para dotar al templo. Una de ellas fue la de San José, encargada por José María Lancha Vázquez, alcalde de la localidad  entre 1937 y1939 y  gran devoto del santo, al escultor de Higuera de la Sierra, Sebastián Santos Rojas. El estatus político del alcalde y gran terrateniente del pueblo y la categoría de la escultura y del escultor pudo crear, en el ideario de la feligresía, y esto es una mera hipótesis,  el uso cotidiano del nuevo apelativo a la hora de citar a la Iglesia. Antes del incendio ya existía una escultura del santo, ubicada en el mismo lugar. Era una de las más de 20 tallas que tenía el templo. Y tanto antes como ahora, nunca ocuparon un lugar principal en el Templo como para denominar a éste como Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y San José.

José Manuel Vázquez Lazo

jueves, 27 de marzo de 2014

Los faroles de José Marino Román, luminarias de Cristo Crucuficado: Cristo de Burgos, Cristo de la Buena Muerte (Hermandad de Hiniesta) y Cristo de la Sangre (Hermandad de Penitencia de Zalamea la Real).


Santísimo Cristo de la Sangre (Zalamea la Real)
Entre los años 1939 y 1944 la iluminación del paso del Santísimo Cristo de Burgos consistía en cuatro grandes faroles de original diseño, realizados en  madera oscura con aplicaciones de metal plateado (según las informaciones que hemos encontrado, aunque como veremos después, se trate de aplicaciones de madera tallada y dorada).
Estos faroles figuraban en la primera concepción de la canastilla estrenada en 1939; por tanto son obra de José Merino Román, la cual era más estrecha y sin el moldurón que, posteriormente tallase Antonio Martín Fernández en 1958.
Los faroles son del llamado “estilo renancentista”, constando de una base circular con molduras cóncavas y convexas elegantemente dispuestas.  Sobre cuatro columnas abalaustradas se sostiene una moldura mixtilínea, rematada con una crestería coronada, a su vez,  por dos sierpes que sostienen una antorcha entre sus cabezas.
Estos motivos mitológicos eran muy queridos por José Merino; no en vano es uno de los artistas más reputados de Sevilla en la construcción de atauriques, burgueños y muebles suntuosos que aún adornan las consultas de profesionales liberales de nuestra Ciudad.
En 1944 la Hermandad adoptó el uso de cuatro grandes hachones en lugar de los fanales, posiblemente por influencia de la severa iconografía del Cristo del Calvario. Igualmente José Merino finalizó los respiraderos tallados de la canastilla.
Desde 1909 el Crucificado del Calvario procesionaba en un paso obra del tallista conocido como Maese Farfán (Francisco de Paula Farfán Ramos), utilizando cuatro hachones en lugar de los habituales candelabros de guardabrisas o faroles de gran formato (a veces iluminados con luz eléctrica), con la ambición estética de otorgar a la Imagen de Jesucristo muerto mayor severidad y patetismo.
La Hermandad de la parroquia de San Pedro no fue ajena al poderoso influjo que ese nuevo recurso otorgaba y, así, adoptó los cuatro hachones.  La ampliación de la portada parroquial que preside la estatua del Príncipe de los Apóstoles en 1945 favoreció nuevos cambios en la canastilla; a saber: la ampliación del canasto en 1958 con un nuevo moldurón y pequeñas cartelas en 1958 y los faroles de plata de Armenta.
Cristo de Burgos (Hermandad del Cristo de Burgos,Sevilla)
La hermandad los entregó o cedió a la Hermandad de la Hiniesta para el paso del Cristo de la Buena Muerte, el cual tampoco resultó ajeno a la iconografía antes reseñada del Crucificado de la Madrugá y los sustituyó un lustro más tarde por los hachones de cera virgen color tiniebla.En el caso de la Hiniesta estos faroles sustituyeron a otros anteriores metálicos pero de menor formato. 
Poco después, los faroles de Merino Román fueron adquiridos por la Hermandad de Penitencia de Zalamea la Real, con toda seguridad,  a inicios de la década de los 50. La hermandad zalameña se había reorganizado a mediados de los años 40; y tras la pérdida de la práctica totalidad de sus imágenes procesionales y sus enseres en 1936, los hermanos fueron adquiriendo poco a poco, su nuevo patrimonio. Una de las primeras imágenes sería la del Cristo de la Sangre, imagen de Cristo Crucificado, obra del autor sevillano Antonio Bidón Villar, que procesionaría en la madrugá zalameña (e incluso a la espera de la llegada de las imágenes de Nuestro Padre Jesús Nazareno-obra del zalameño Manuel Domínguez Rodríguez- y del Cristo Yacente -de Rafael Barbero- se le rindió culto el Jueves y el Viernes Santo como rinde la tradición en Zalamea la Real ) . Fue así cómo los faroles de Merino Román, tras iluminar las imágenes hispalenses del Cristo de Burgos y del Cristo de la Buena Muerte de la hermandad de la Hiniesta, volvieron a iluminar una imagen de Cristo en la Cruz: El Cristo de la Sangre de Zalamea la Real, cuya tradicional procesión en la madrugada del Viernes Santo se viene desarrollando desde la fundación de la Hermandad de la Vera Cruz zalameaña en 1580.
A pesar de la escasa disposición documental del archivo de la hermandad zalameña, confirmamos a través de fotografías, de algunas entrevistas y, sobre todo, de la efímera vida de los faroles en el paso del Cristo de la Buena Muerte de la hermandad de la Hiniesta (que ya a inicios de la década de los 50 sustituye los grandes faroles de Merino Román), la cesión de los fanales a la hermandad onubense por parte de su última propietaria.
En este sentido, y a diferencia de lo estimado por las Hermandades del Cristo de Burgos y de la Hiniesta, que decidieron sustituir la iluminación de sus titulares sustituyendo los grandes fanales por hachones, ante la influencia de la Hermandad del Calvario, en Zalamea se dio el paso contrario: los pequeños hachones que iluminaron el paso es sus primeras estaciones de penitencia se sustituirían por los imponentes fanales de Merino Román, dando esplendor al paso, y cargando de luz la oscuridad de las calles de la localidad en la madrugada.
Cristo de la Buena Muerte (Hermandad de la Hiniesta-Sevilla-)
Indicar que la disposición de los faroles en el paso procesional del Cristo de la Sangre de Zalamea la Real ha variado en alguna ocasión, puesto que aunque generalmente se disponen tal como se usó por la Hermandad del Cristo de Burgos (totalmente alineado con las formas del paso), en alguna ocasión, y en función del prioste de turno, se colocaron girados 45° , con las aristas de frente (como hacía la Hermandad de la Hiniesta, alineando éstos con los chaflanes  de la canastilla del paso del Cristo de la Buena Muerte).
La imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, del autor zalameño Manuel Domínguez Rodríguez, y a la espera de la terminación de los faroles que actualmente le acompañan en sus estación de penitencia (obra del mismo autor), también fue acompañado en alguna ocasión por los fanales de Marino Román.
En el año 2004 los faroles de Merino Román volvieron a iluminar a su inicial titular, el Cristo de Burgos, en su altar de Quinario dispuesto en la Iglesia de San Pedro.. La Hermandad de Penitencia de Zalamea la Real los cedió gustosamente a la Hermandad del Cristo de Burgos para este cometido, recomponiendo de este modo el paso que saliera a finales de los años 30.
En el año 2010 los faroles sufrieron su última restauración por parte de los artesanos locales Manuel Millán y Bernabé Romero.
No obstante el modelo creado por José Merino no cayó en el olvido sino que su impronta queda manifiesta en los faroles de plata, ubicados por delante de los candelabros de cola, en el paso de palio de María Santísima de la Angustia, de la Hermandad de los Estudiantes. Estos faroles procedían del diseño original de Emilio García Armenta para el palio pero, por al fallecer este maestro orfebre, el encargo fue realizado por los Talleres de Viuda de Villarreal en 1974.
Igualmente podemos encontrar reminiscencias de los mismos en los faroles de escolta de  la Cruz de Guía de la citada corporación de la Hiniesta.  En esta ocasión los fanales alternan, jugando con la alternancia de los materiales de la canastilla que diseño Cayetano González y talló Antonio Martín, estrenada en 1972, madera de caoba y plata: estos faroles fueron diseñados por Antonio Dubé de Luque.

Noviembre de 2012
Manuel María Ventura
Archivero de la Hermandad del
Santísimo Cristo de Burgos y
Madre de Dios de la Palma
Sevilla

José Manuel Vázquez Lazo.
Historiador.
 Zalamea la Real (Huelva)





sábado, 11 de enero de 2014

San Vicente Mártir vuelve a Zalamea. 75 años de una festiva tarde de enero.


Hace 75 años, la nueva imagen de San Vicente Mártir llegaba a Zalamea la Real en verdadero olor de multitudes. El regreso de la talla del Santo Patrón de la localidad para su veneración fue un reseñable acontecimiento en la vida civil y, por supuesto, religiosa de una localidad que se desangraba entre el hambre, la represión y el miedo del tiempo de posguerra. El día 19 de julio de 1936, a pesar del incesante empeño del último alcalde republicano de Zalamea, el socialista Cándido Caro, por evitar el incendio de las ermitas y la iglesia, se perdió el legado material de dichas construcciones entre las llamas.



No obstante, y a pesar de la pobreza en la que estaba inmersa la localidad y la miseria que envolvía a viudas y huérfanos, el tristemente recordado sacerdote José María Arroyo Cera, el Breva, logró levantar en un corto periodo de tiempo todo aquello que el fuego había arrasado meses antes. El día 7 de diciembre de 1936, Vísperas de la Purísima, se abrían las puertas al recién remodelado templo. El siguiente paso sería encargar las imágenes que habían sido veneradas históricamente en el pueblo. Entre ellas, por supuesto, la del Patrón.

Habitualmente se ha mantenido en el ideario popular la idea de que el Santo Patrón fue la primera imagen que llegó a Zalamea tras los incendios. Realmente no fue así. Sí es verdad que la parroquia encargó inicialmente dos imágenes: la Divina Pastora y San Vicente (además del retablo de la iglesia). Así en 1937 llegaron las dos primeras tallas, la Divina Pastora y San José, ambas de Sebastián Santos Rojas. En 1938 llegaría otra de las imágenes destacadas, el Crucificado de Antonio Bidón. Y sería en 1939 cuando llegó la imagen de San Vicente. Entonces ¿por qué esa idea asumida históricamente por las gentes de Zalamea de que la talla religiosa que llegó al pueblo fué la del Santo?La única explicación que se le puede dar es la veneración que en la localidad se le tuvo (y se le tiene) desde 1425 a San Vicente Mártir. Si las tallas llegadas con anterioridad no estuvieron envueltas en grandes festejos, San Vicente colmó las ansias religiosas de muchos zalameños quedando desmostradas en su regreso a Zalamea la tarde del 15 de enero de 1939. La imagen había sido encargada al escultor Agustín Sanchez-Cid Agüero (médico y catedrático de Anatomía Artística de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla), y había sido costeada por Jaime Sanchez Romero en memoria de su fallecida esposa Amparo González Pérez de León.

Arroyo Cera, el Breva, relató pormenorizadamente aquel acontecimiento en las páginas de su Boletín parroquial:

“Si hubierais visto aquella tarde del 15 la alegría de nuestras calles; aquí gorros de regulares, allá los relucientes galones de un sargentillo, recién estrenaos que parecía un general de brigada junto a su novia, que con sus mijitas de pirrichi en los labios y sus ojos brillando de emoción se creía la pobrecilla casi, casi Maruja Queipo de Llano…”

La parafernalia militarista envolvía las palabras del sacerdote que, para la ocasión, ejerció como Hermano Mayor de tan antigua Hermandad:

“…allá los guerreros de infantería llenos de gloria en mil victorias, pero que la mamaita ha tenido que lavar y planchar a to meter siquiera, siquiera para que no salieran en la procesión los trimotores y asustaran al respetable público. Y aquel de caballería que iba por el acerado de nuestra plaza haciendo muy solemne chin chin, como si fuera el general Silvestre ¡que hubiera resucitado!”.

Para tan insigne acontecimiento, el sacerdote había enviado más de 400 cartas a los mandos militares de toda España  donde se encontraban sirviendo soldados zalameños. No olvidemos que la guerra aún no había acabado, así que tan solo se permitió el permiso a 76 soldados que llegaron con cuentagotas entre los días 15 y 22 de enero.

Ciertamente aquella tarde de enero debió de postularse como una verdadera fiesta, a pesar  de los pesares post-bélicos. El pueblo se trasladó al “Punto” a esperar la llegada de la talla de Sánchez Cid. El cielo amenazador de lluvia, propio de las fechas, zanjó las precipitaciones a eso del mediodía, cuando a partir de entonces parece ser que no cayó ni una gota, más allá de las lágrimas de los muchos que allí se acercaron. La imagen fue bendecida por José María Arroyo Cera, que estuvo acompañado en todo momento por Ruiz  y Camacho. De ahí se trasladó inicialmente al Ayuntamiento, a hombros de la soldadesca zalameña, por una férrea obsesión de José María Arroyo, que no dudó en ningún momento en convertir un acontecimiento civil y religioso de nuestro pueblo en un paseo militar por las calles de Zalamea (el paso, obra del mismo autor, había sido sufragado por subvención popular). Allí se hizo un primer descanso “mientras se cantaba el himno del Santo y Venancio con su pelliza nueva y una túnica nueva también tiraba sus famosos cohetes”.

De allí a la iglesia, donde se le tocó el que ya se había decretado como himno nacional por los golpistas, y donde se iniciaron los rezos y plegarias por parte de los zalameños. La novena se “celebró a gran orquesta, presidiendo y haciendo los honores de nuestra Hermandad nuestros soldados, durante la cual se recibió en el templo la noticia de la conquista de Tarragona (por las tropas franquistas), desbordándose el entusiasmo y organizándose una manifestación muy llena de entusiasmo” recogía el Correo de Andalucía para describir el acontecimiento.

A partir de entonces, la festividad del Santo se celebró como de costumbre. Novenario, Besamanos al Patrón y Procesión. Así, el acto del Besamanos debió ser multitudinario, pues según se indica, duró tres horas (por lo que intuimos que por allí pasó todo el pueblo). A ello se unió un refresco en el Ayuntamiento a iniciativa del capitán Antonio Mantero, “donde se cantó todo lo militar y religioso que amamos, luciendo su arte Peñita, Valero y Urbano” decía José María Arroyo.

Para terminar los actos lúdicos de ese mes de enero de 1939, se llevó a cabo una función de teatro representado por los niños y niñas de la Acción Católica,  de nuevo en honor de los militares, con la obra “El Modernismo y España”.

La procesión del día 22 fue el punto álgido de las celebraciones, donde “el Santo fue parando en la casa de todos los que dieron su vida por Dios y por España”, olvidándose en cura Arroyo, Hermano Mayor, de dar consuelo con la presencia de la imagen a esos otros zalameños que dieron su vida por el pan de sus hijos y las libertades democráticas. Tiempo complejos cargados de personajes oscuros.

No obstante, y olvidando por un momento los entresijos que envolvían a este tipo de actos religiosos, del que la España Nacional hizo buen acopio para su causa, los zalameños, en el mes de enero de  1939, vieron con buenos ojos la vuelta de la imagen que se veneraba desde hacía más de cinco siglos en nuestra Zalamea.  El Santo Patrón San Vicente Mártir volvía a pasera por sus calles antes de volver, como de costumbre, entre cohetes y luminarias, a su ermita más allá del Sepulcro. Las lágrimas y llantos, los rezos y plegarias, la ilusión y la esperanza envolvieron a esa difícil Zalamea  de posguerra con la vuelta de ese San Vicente que muchos de los presentes no dudaron en decir, al ver la nueva talla de Agustín Sanchez Cid, “ese es nuestro San Vicente”.