A inicios del XVI, la lucha dogmática de Roma contra la amenazante figura del agustino Lutero llevó a la Iglesia Católica a reformar la mayor parte de sus estructuras. Pero la reacción de la cúpula eclesial romana fue extremadamente tardía, para hacer frente al desafío del incipiente Protestantismo germano puesto que desde la irrupción de Las 95 tesis de Martín Lutero en 1517, hasta la convocatoria del Concilio en 1545 (a pesar de las premuras del emperador Carlos V para su celebración) pasaron tantos años que el incendio religioso fue casi inextinguible. A pesar de ello, la denominda Contrarreforma pudo atajar en gran medida el avance de los cismáticos luteranos. El citado Concilio convocado en la ciudad italiana de Trento puso en marcha la mayor reestructuración de la Iglesia Católica hasta el bien avenido Concilio Vaticano II, para contrarrestar a la Reforma que se extendía como la pólvora por Centroeuropa a inicios de la Modernidad.
Uno de los pilares tridentinos para la potenciación de la fe católica se determinó en la vigésimoquinta sesión del congreso, en 1563, a través del llamado Decreto sobre las imágenes. El acuerdo fomentaba el culto a éstas, algo a lo que se oponían manifiestamente los reformistas. El decreto indicaba que ...se deben tener y conservar, principalmente en los templos, las imágenes de Cristo, de la Virgen madre de Dios, y de otros santos, y que se les debe dar el correspondiente honor y veneración: no porque se crea que hay en ellas divinidad, o virtud alguna por la que merezcan el culto, o que se les deba pedir alguna cosa, o que se haya de poner la confianza en las imágenes, como hacían en otros tiempos los gentiles, que colocaban su esperanza en los ídolos; sino porque el honor que se da a las imágenes, se refiere a los originales representados en ella... El culto a las Imágenes dogmáticas (Jesús, María, Apóstoles y Evangelistas, Padres de la Iglesia ,...) y devocionales (Santos) se desarrollaron por doquier como indicio de la profunda fe de los cristianos católicos.En este contexto, Zalamea del Arzobispo, que ya desde 1425 había potenciado fehacientemente la confianza divina en la figura de San Vicente Mártir, se sumó a los postulados de Trento acatando las disposiciones conciliares remarcadas por la mitra hispalense.

La efigie perduró hasta su pérdida en 1936. De los restos de la imagen del santo de Patrone recuperados por algunos zalameños de las cenizas, la Hermandad conserva, para gozo de sus hermanos, algunos de los dedos de la mano y un pié de la talla del mártir.
José Manuel Vázquez Lazo
Boletín Hermandad de San Vicente Mártir 2012.
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