viernes, 3 de septiembre de 2021

"LA BOLSA AZUL DE YESQUERO, DOCE PESOS DUROS, Y EL CRIMEN DE LA CAÑADA TEMEROSA"

 

EL CRIMEN

Alrededor del cadáver de aquel desconocido se habían congregado aquella tarde casi una veintena de vecinos de Zalamea. Las autoridades aún tenían en el recuerdo la trágica muerte de María Sánchez, la esposa del santero de San Vicente, apenas tres años antes (ver Un cadáver en San Vicente, dos morcillas, y los soldados que hablaban catalán, en Revista de Feria de Zalamea la Real 2019). Manuel Sánchez Bejarano, escribano público de la villa, hubo de coger el tintero, la pluma y el pliego de papel para desplazarse desde la comodidad de su despacho, al campo zalameño.

El calor del estío ya había quedado atrás, y aunque el veranillo del membrillo aún dejaba sobre los aldeanos los últimos coletazos de la canícula, las lluvias propias del otoño ya marcaban una nueva etapa en las faenas del campo.

El cuerpo sin vida se encontraba tendido del lado derecho, con la mano izquierda puesta en el pecho, el brazo derecho extendido, y con un trapo blanco atado al dedo pulgar de su mano. Aquel asunto destrozó por completo la cotidianeidad de los pocos habitantes que moraban en el Monte del Membrillo Alto. Todos dirigieron sus sospechas en la misma dirección, aunque nadie quiso dar el paso para encausar al presunto asesino. 

Al sur de la aldea, entre Corchito y la Era del Santo, se encuentra la Cañada Temerosa, …a menos de medio quarto de legua del Monte del Membrillo Alto..., donde alrededor de la una y media de la tarde de aquel domingo 25 de octubre de 1795, se había informado con diligencia a los alcaldes ordinarios de la villa, del hallazgo de un cuerpo que presentaba graves signos de violencia.

Pedro Alonso Castilla y Julián Cornejo, que ostentaban el deber municipal en aquel año, tenían las competencias civiles y penales ajustadas a su cargo, para iniciar el proceso de esclarecimiento de aquel luctuoso asunto. Debían ejecutar las primeras diligencias de justificación de la causa, y si fuera necesario, conducir a prisión al sospechoso o sospechosos, y embargar sus bienes.

A las 15 horas de ese día, el improvisado séquito se encontraba alrededor del muerto. A los alcaldes les acompañaban Antonio Ramallo, cirujano del pueblo, para que determinara con su informe inicial, qué le había podido ocurrir a aquel cuerpo ya difunto; el alguacil mayor, Juan Serafín Salvador, como autoridad policial y responsable de la cárcel, y sus subalternos Francisco y José Ramos; José Pichardo y Ramón Ruiz presentes como testigos de aquel trance;  …y demás personas que sean necesarias para la práctica de las diligencias, que en semejantes lances suelen ocurrir; y reconocido el cadáver, heridas, armas y alaxas que se encuentren […] se le remueva y conduzca a esta villa. Con ello se procedió al levantamiento del cadáver. 

Los presentes no podían dar crédito de lo allí ocurrido, sobre todo observando la extrema violencia con la que el asesino había provocado la muerte a su víctima. El cuerpo se encontraba totalmente desfigurado, y parecía llevar en aquel lugar varios días. Los pájaros habían acabado de destrozar la figura de lo que parecía ser un muchacho de corta edad, pues su ojo izquierdo y el pómulo ya habían servido de festín para éstos.

Sánchez Bejarano comenzó a tomar nota según los dictados de las autoridades, que ya actuaban como jueces. Éstas servirían como diligencias para abrir el proceso penal en la localidad, y para posteriormente elevarlas a instancias judiciales superiores. 

La descripción recoge la presencia sin vida de un muchacho de unos doce o catorce años, con pelo corto y color castaño oscuro. De estatura mediana, se le presumía un chaval delgado y enjuto, a pesar de presentar ya su vientre hinchado. Esto, junto a la extrema palidez de su piel y la nariz delgada que se dejaba entrever en un rostro ensangrentado y desfigurado, hacía prever que su muerte se había producido hacía algunos días. Aquel desgraciado se hallaba vestido…con chaleco azul, con golpe de portañuela encarnada, camisa de lienzo casero, calzones y botines negros de frisa, y zapatos nuebos de baca, todo ello al estilo de la villa de Valverde del Camino.

A la espera del detallado informe del cirujano, el primer reconocimiento indicaba que aquel chiquillo presentaba una herida muy grande en la cabeza, donde se apreciaba roto el casco y casi aplastado, lo que sin duda le habría causado la muerte. Al lado del mismo, a pesar del tiempo trascurrido desde su fallecimiento, aún se observaba un charco de sangre. 

Según las pesquisas de los expertos, la herida se había realizado con un instrumento contundente,… y como a distancia de vara y media de dicho cadáver se encontró una piedra larga, que por una extremidad hacía figura angular, y por la otra triangular imperfectos. Además, la inspección ocular de aquella sobremesa añadió nuevas pistas al asunto: a unos trece pasos del cuerpo encontraron una casaca negra con las mangas atadas, y junto a ella, una porción de bellotas y un sombrero. Registradas las faldriqueras de los calzones del cadáver, no hallaron nada.

Una vez realizado el reconocimiento y practicadas las diligencias iniciales, levantaron el cadáver y lo condujeron a Zalamea, donde seguiría el proceso judicial para intentar esclarecer lo que allí había ocurrido. El escribano público se llevó además, la piedra, la casaca y el sombrero, como pruebas del delito.


EL INICIO DE LAS PESQUISAS

Una vez recorrida la legua que separaba el Membrillo Alto de Zalamea, los alcaldes ordenaron que el cuerpo fuese llevado a la iglesia del Hospital de la Santa Vera Cruz y Caridad, situado en la plaza pública (importante reseñar, por el dato, que a finales del XVIII la titularidad de dicho hospital lo ostentan, pues, esas dos hermandades). Allí se depositó al muchacho para su reconocimiento. Pero nadie lo identificó.

Pasado el trago de aquella macabra revista para vecinos y transeúntes, el turno fue para Antonio Ramallo, el cirujano titular de Zalamea. El galeno, una vez encomendado a Dios, procedió al análisis forense del cuerpo. En el recuerdo, la misma operación realizada a María Sánchez en 1792, mientras ésta yacía inerte en el suelo de la casa anexa a la ermita de San Vicente. En esta ocasión, también haría la inspección en suelo consagrado. 

El finado presentaba…una herida transversal de longitud más de una cuarta con la que hallaba fracturado totalmente el hueso parietal del lado hizquierdo, y la maior parte del coronal que forma la frente, hallándose interesado el hosipital y hundidas las láminas superiores de los tres dichos huesos, sobre las meninges y substancias del cerebro y cerebelo… El informe concluía diciendo que la herida de muerte había sido provocada por un objeto contundente, ya fuera un palo de gran tamaño, o una piedra de similares características. Y que la piedra que habían recogido al lado del cadáver en el lugar del siniestro fue, con toda probabilidad, el arma homicida. Ramallo cerró su declaración aclarando que el golpe fue mortal de necesidad…y se advirtió no bastarían los auxilios del arte, aun cuando hubiera sido llamado inmediatamente que fue herido, porque se hallaban destruidas las alterias seneticas, basos del cerebro y substancia medular…, y que dada la inflamación de su vientre, y el resto de señales sobre su cuerpo, aquel joven llevaba fallecido unos tres días. Y el cirujano no se equivocó ni un ápice. El chico había expirado en la mañana del jueves 22 de octubre de 1795.

Juan Serafín Salvador, alguacil mayor, y los vecinos José Pichardo y Ramón Ruiz, que habían estado en la Cañada Temerosa con la justicia, confirmaron todo lo anterior.

Una vez cerradas las diligencias oportunas sobre esta primera fase del esclarecimiento del asunto, los jueces, dadas las circunstancias de los restos, esto es, el cadáver no había sido reconocido por nadie y, sobre todo, porque ya presentaba, después de tres días muerto, un lamentable estado de conservación, decidieron darle cristiana sepultura. 

El cura semanero de turno para aquellos últimos días de octubre era don Manuel Álvaro Prieto y Lobo, que una vez informado por el Concejo, procedió a enterrar el cadáver del muchacho. A las seis y media…de la noche… aquel pobre niño entregó su cuerpo a la tierra, decidiendo el sacerdote que sus restos quedaran inhumados para la eternidad bajo una losa …en la primera sepultura inmediata a la puerta principal de la Iglesia de la villa, junto al umbral.

El domingo, ya entrado en la profunda oscuridad de las tardes de octubre, pospuso las averiguaciones para el día siguiente.


EL INTERROGATORIO

Pero, ¿quién era aquel muchacho que había aparecido asesinado en medio del campo, y que nadie había reconocido? Y lo más importante ¿quién le había arrebatado la vida de esa forma tan cruel?

Al día siguiente del sepelio, los jueces de la causa hicieron llamar uno a uno a varios habitantes del Membrillo Alto, con el objetivo de esclarecer cuanto antes aquel homicidio. Un asesino andaba suelto y la extraña sensación de calma entre los moradores de la aldea hizo sospechar a la autoridad sobre la cercanía del culpable. Durante tres jornadas, entre el 26 y el 28 de aquel mes,  se llevó a cabo el interrogatorio.

Los hermanos Díaz, Ana y José, fueron los primeros. Al ser menores de edad, no se les tomó juramento al uso habitual de los mayores, aunque se les advirtió del cumplimiento que debían ejercer ante Dios y ante la Justicia.

La niña dijo a los jueces no conocer al muerto, y menos el asesino. Pero afirmó haber estado presente durante el levantamiento del cadáver realizado el día anterior, y ahí sí que reconoció al sujeto, señalando que era un forastero que había llegado a la aldea unos días antes.  

La tarde del día 21 de octubre, una hora antes de ponerse el sol,  mientras Ana y su hermano José jugaban al “hoyuelo”, arribó en el Membrillo Alto un muchacho. Dijo llamarse Diego, como su padre, y contó que llevaba varios días de trasiego desde la villa de Aznalcollar, donde su progenitor trabajaba, hasta su pueblo natal, Valverde del Camino. Por mandato de su padre realizaba aquella travesía con la intención de entregar a su madre parte del dinero que éste había ganado en las labores llevadas a cabo en aquella localidad sevillana. Su hermano José corroboró la información, señalando que Diego  … le manifestó doce duros que sacó de una bolsa azul hecha como para guardar trastos de candela, y observó el testigo, que entre ellos había uno negro. José indicó a los jueces que había reconocido la casaca y el sombrero que se encontraron junto al cadáver en la Cañada Temerosa, y dijo que le pertenecían al tal Diego, puesto que el muchacho les había dicho que aquellas prendas se las había dado su padre …para que se tapase… durante el trayecto.

El escribano, Sánchez Bejarano, tomaba nota de todo aquello, mientras los jueces seguían con las indagaciones. Y entonces los hermanos ofrecieron un dato muy llamativo al respecto: mientras hablaban con aquel chico, llegó otro vecino de la aldea, Antonio de León, que se incorporó a la conversación. Éste invitó a Diego, antes de que anocheciera, a ir hasta El Pozuelo para pasar allí la noche. Pero el chiquillo le manifestó que en aquella aldea no conocía a nadie, y que si en el Membrillo había quién le admitiese en su casa, allí se quedaría. Antonio de León, en un gesto de solidaridad, le indicó que podía quedarse con él y con su hermano Simeón aquella noche.

A la mañana siguiente, José coincidió de nuevo con Antonio, y le preguntó por su huésped. Éste señaló que habían cenado la noche anterior en su casa, y también habían almorzado juntos esa misma mañana antes de que el chico partiera. Además, Antonio especificó que antes de la marcha de Diego, habían jugado al hoyuelo, y ahí le había ganado …tres cuartos y medio… al muchacho. 

La actitud de José inquietaba a los jueces ante la necesidad que presentaba éste de buscar información sobre el paradero de Diego, como si el niño temiera por la integridad de aquel forastero. Tanto es así, que también señaló en su comparecencia que había oído decir a Martín García, otro de los vecinos del Membrillo, que aquella mañana había visto a un muchacho a quién no conocía, cogiendo bellotas en el sitio de Las Lagunillas. José identificó a aquel desconocido con el joven de Valverde, con lo que quedó satisfecha su curiosidad sobre su paradero.

Los jueces no dudaron entonces en buscar a aquellos vecinos cuyos nombres salieron a la luz en la comparecencia de Ana y José. 

Martín García fue el siguiente. El aldeano, bajo juramento, señaló que en la mañana del 22, mientras araba junto a Florencio García Barrera en Las Lagunillas, vieron a un muchacho al que no logró reconocer. Pero el tal Florencio le dijo que aquel era el hijo de Diego Domínguez de la Gangosa, que estaba criando cerdos por aquellos campos. 

El escribano, por mandato de los jueces, mandó llamar para comparecer a Florencio García, para que corroborara lo indicado por Martín. Así, el labrador dijo que sobre las 11 del día 22 de octubre estaba arando junto a Martín García en Las Lagunillas, lugar no muy distante de la Cañada Temerosa. Allí vio llegar a Antonio León, sobrino de Martín, desde la zona de la cañada.  Entonces el tío preguntó al  sobrino que a dónde iba, a lo que le respondió que se dirigía a recoger unas …carguillas de leña…, pero como no las encontró, pues se volvía de vacío. Martín le dijo que fuera a su casa y dijera a su esposa, María, que le hiciera un ajo y se lo llevara para comer. Al volver con la comida, Antonio enseñó a  su tío …una bolsa azul de frisa a modo como para guardar trastos de encender candela y sacó de ella siete u ocho pesos duros de plata, tres o cuatro pesetas de a cinco reales y algunos quartillos.

El cerco sobre el asesino se iba cerrando. Y parecía tener un cómplice: Martín García había obviado la presencia de su sobrino en el lugar del crimen, e intentó desviar la atención sobre la identidad del muchacho, poniendo en boca de Florencio la idea de que era aquel criador de cerdos. Aquello hizo sospechar sobremanera a Pedro Alonso Castilla y Julián Cornejo. Así que sin dilación mandaron llamar a las últimas personas que habían visto con vida a Diego aquella mañana: los hermanos Antonio y Simeón de León.

El mayor, Antonio, de 15 años, confirmó todo lo que habían señalado Ana y José. Afirmó que estando junto a la víctima en la noche del 21, vio a través de una rotura de la casaca, que el visitante traía algo de pan, señalando a Diego que traía poca cantidad de ese alimento, a lo que el muchacho respondió que no traía más pan, pero sí dinero para comprarlo. Parece ser que el hospedaje iba a tener un precio. 

Aquella noche, como ya indicó José Díaz,  la pasó con el joven de Valverde y su hermano Simeón, en su casa, donde cenaron y almorzaron a la mañana siguiente. Aquella misma noche,  Antonio había ido un rato a casa de su tío Martín García, a contarle lo de los doce duros en la talega azul. Acabó el interrogatorio confirmando que la última vez que vio a Diego fue el día 22 sobre las 8 de la mañana, cuando partió del Membrillo hacia su localidad natal. Desde entonces no supo nada más de él. 

Su hermano Simeón, tres años menor que él, corroboró lo concerniente a la visita y pernoctación de Diego en su hogar. Además de decir que Antonio salió a casa de su tío, y que debió tardar el volver, puesto que cuando lo hizo, ya estaban dormidos. También aclaró que no se había enterado del asunto del muerto en la Cañadas Temerosa puesto que había estado guardando cerdos durante todo el domingo, hasta llegar a casa por la noche.


LA DETENCIÓN DEL PRESUNTO ASESINO

A los jueces de la causa les bastaron las declaraciones de estos 6 vecinos para llegar a una conclusión definitiva sobre la identidad del asesino. El testimonio de Florencio García señalando cómo Antonio de León había mostrado a su tío una bolsa azul de frisa llena de monedas fue el indicio definitivo. 

El día 28 de octubre, tres días después de hallarse el cuerpo de Diego y 6 después de su muerte, el alcalde y juez Julián Cornejo; el alguacil mayor, Juan Serafín Salvador, junto con su ayudante José Ramos; y el escribano, Manuel Sánchez Bejarano, se dirigieron al Membrillo Alto a prender al presunto asesino. Al llegar a la aldea, comprobaron que éste  no se encontraba allí, así que fueron a buscarlo a la Huerta de los Manzanos, de su propiedad, donde lograron detenerlo. Con él ya reo, volvieron a su domicilio para iniciar un registro, y allí encontraron un arca donde había una bolsa corta de lienzo, algo sucia, que se cerraba con una guita. Contenía siete pesos fuertes de plata, uno  de ellos muy negro, tal como había descrito por José Díaz.

Antonio de León fue conducido reo a la cárcel del Concejo, anexa al Hospital de la Vera Cruz, donde se había expuesto el cuerpo de su víctima. Allí quedó incomunicado hasta nueva orden. Además, se le embargaron la cuarta parte de la Huerta de los Manzanos; un cercado de pan sembrar…que está en el pago que llaman de abajo…; una vaca y una becerra añoja; una mesa con un cajón, un caldero de azófar, y una sartén. Se nombró depositario de todo al vecino de Zalamea, Juan García Barrera, a la espera de lo que dictase el juez.

Todas las diligencias se trasladaron a los gobernadores y alcaldes del crimen de la Real Audiencia de Sevilla.


LA CONFESIÓN

La justicia comenzó entonces a preparar el enjuiciamiento de aquel lamentable caso.

Al ser el reo menor de 25 años, mandaron se le notificara un procurador que lo asistiera en el caso, con lo que se nombró para ello al vecino Rodrigo Alonso Cornejo. Éste juró defender al menor en la causa haciendo las diligencias judiciales y extrajudiciales necesarias,…y lo que no alcanzare consultará con personas de ciencia y conciencia para que le encaminen en el maior acierto en la defensa del menor.

Presente su defensor, Antonio comenzó diciendo que realmente no sabía por qué estaba preso, aunque imaginaba que era por aquella muerte en la Cañada Temerosa. Se le preguntó sobre qué hizo aquella mañana del jueves 22 de octubre, y si conocía al reo, puesto que algunos vecinos habían afirmado que había pasado la noche en su casa. Y entonces comenzó su confesión inculpatoria: dijo que sabía que Diego tenía doce pesos duros, y que …pensó quitárselos engañado por el demonio, y salió a esperarlo al sitio de la Cañada Temerosa […] le dixo vamos a coger aquí unos mortinillos, con la intención de apartarlo del camino, quitarle el dinero y matarlo.  Señaló que una vez allí, y al ver que estaban lo suficiente retirados del camino que le conducía a Valverde, lanzó una piedra a aquel niño, por lo que el crío comenzó a llorar al recibir el impacto.

Pero parece que a su asesino no le bastó con ello,  que acto seguido le lanzó una segunda piedra cuyo golpe le hizo caer al suelo.  Mientras aquel chico yacía moribundo, Antonio…cogió la casaca que traía aquel y entró la mano en una manga que estaba atada con un hilo de acarreto, y sacó de ella una bolsa azul hecha a manera de yesquero en que hayó doce pesos duros de plata. La mala suerte del pobre chaval se completó cuando su matador comprobó que aún seguía con vida, aunque ya sin habla, por lo que le …arrojó en la cabeza una piedra gruesa, con la que la rompió y quedó muerto.

Una vez consumado el asesinato, mientras volvía a la aldea, encontró en Las Lagunillas a su tío Martín y a Florencio. Al primero mostró la bolsa del dinero de Diego.

Antonio reconoció la piedra con la que había quitado la vida al chico, e hizo lo propio con la bolsa que los justicias habían encontrado en el arca de su casa, aunque reconoció que no era la original que había robado, porque recelaba que alguien la identificara.

Señaló que pronto hizo buena cuenta de los 12 pesos duros que había mangado: gastó 51 reales en una fanega de trigo que compró a Pablo Delgado; 20 reales que le cambió a Bibiana García, del Membrillo Bajo, para para pagar 18 cuartos que debía a Rosa Cornejo por la compra de fruta y verduras de su huerta.;  otros 20 en el puesto público del aceite y jabón de esta villa, que está a cargo de José Delgado, donde compró media libra de jabón; otros 20 en la huerta de Alonso Romero, del Montesorromero, a quién compró “…siete libras de higos y dos de tomates y le pagó con un peso fuerte de plata.”; y 55 reales que pagó a Pablo Delgado por una fanega de trigo.

Pero la confesión del reo no satisfizo por completo a los jueces. Antes de enviar toda la documentación a la Real Audiencia de Sevilla, estos querían cerciorarse de que Antonio había actuado solo en su crimen. Y para ello dirigieron sus miradas hacia su tío Martín, cuya actuación en el interrogatorio, y dada la posterior confidencia del culpable, dejaba algunas dudas sobre su intencionalidad en este asunto.

Llamado de nuevo a declarar, Martín García quiso justificar su silencio ante los hechos acaecidos aquel domingo 25 de octubre. Ante la presión de las autoridades, confesó que en la anterior declaración no manifestó la verdad sobre lo que fue preguntado …porque creyó que le era lícito ocultarla a fin de que no se procediese en esta causa contra Antonio León su sobrino, y además no sabe las penas humanas en que incurren los que faltan a la verdad siendo preguntado bajo juramento. Pero que ahora, tras la confesión de Antonio, no le quedaba más remedio que ofrecer la verdadera versión de lo ocurrido: 

A primera hora de la noche del miércoles 21, llegó a su casa su sobrino Antonio. Éste le comentó que tenía recogido a un muchacho que se dirigía a Valverde a entregar el dinero de su padre. Y ahí quedó la conversación, hasta que lo volvió a ver al día siguiente en Las Lagunillas. Allí, mientras araba, y cerca del mediodía, vio a su sobrino que volvía de la Cañada Temerosa,…y no sabía de qué puesto que es una zona quebrada. Al preguntar, Antonio dijo venía de arrancar una carguilla de jaras, pero que éstas no le agradaron y volvía de vacío. Entonces le mandó a por la comida, y cuando dejara de llover, le dijo también que llevara algo de heno. Al volver con su esposa y la pitanza, el muchacho les enseñó la bolsa con las monedas. Nunca se preguntó cómo las había adquirido, pero al enterarse de la muerte del muchacho, comenzó a sospechar de él,…que además tenía interés en comprarse dos cerdos pequeños. Así que directamente le preguntó si él había asesinado a aquel muchacho, porque la justicia lo había llamado como testigo. Pero no obtuvo respuesta.

Tras su declaración, se llamó a María Domínguez, su esposa, que corroboró todo lo dicho, añadiendo que el propio Antonio, ya con la bolsa de dinero en la mano, dijo…que le había de comprar una mantilla a la niña, y ella le recriminó que eso llevaba diciéndole todo el año y no la compraba.

El asunto poco a poco se iba haciendo más complejo, por lo que el Concejo de Zalamea tuvo que solicitar asesoramiento legal para el caso, nombrando para ello al licenciado don Francisco González de Haro, abogado de los Reales Consejos y vecino de Sevilla, quién prestó su asistencia.

Lo primero que hizo fue solicitar al Concejo de la villa de Aznalcollar que remitiera al padre de la víctima una misiva donde se narraban los hechos y donde se solicitaba que se personase en Zalamea como acusador. Juan Rodríguez (y no Diego como le habían bautizado los testigos)  andaba en aquella villa…arrancando cepas para carbón de humo. Una vez localizado, y puesto en conocimiento de la desgracia, inició su camino hacia Zalamea, donde compareció el 14 de noviembre. Tras llegar y tomar hospedaje, se le llamó a declarar y se le preguntó si iba a ser parte acusadora contra Antonio de León, a lo que respondió que…no tenía que pedir nada porque la justicia obrará como hallare, pero que se le devuelva el dinero requisado, la casaca y el sombrero.

Ante la negativa (o la indolencia) de Juan Rodríguez, las diligencias para iniciar el litigio estaban listas.


EL JUICIO

El proceso se desarrolló en la sala de audiencias de la cárcel del Concejo, situada en la calle de La Plaza. El Cabildo (ante la apatía de Juan Rodríguez) actuó como acusación particular; Rodrigo Alonso Cornejo como curador o defensor del reo; y se nombró al vecino Nicolás Serrano, como Promotor Fiscal.

El 24 de noviembre, el acusado lo confesó de nuevo todo en presencia de su defensor. Y añadió que no solo había enseñado el dinero a los hermanos Díaz y a sus tíos, sino que en un acto de alarde, se lo había mostrado a media aldea del Membrillo Alto, y parte del Membrillo Bajo: a Paula Romero, mujer de Diego León, a quién se lo dio junto a la bolsa azul de frisa cuando volvía de comprar de la huerta de Alonso Romero, por si se lo podía guardar porque tenía la faldriquera rota; también a Diego Díaz y a María León, hija de Juan León, …que estando con José Díaz en la era de “allá atrás” llegó Antonio León echó en el suelo unos pesos, entre los cuales había uno negro; también mostró el dinero a Eulogio Delgado, hijo de Cipriano, aunque éste lo negó; a Josefa Delgado, hija de Ambrosio, que dijo en su declaración que el acusado fue a su casa después de la muerte del muchacho, a hablar con su padre para comprarle unos lechones, y señaló que Antonio León …saco una bolsa de pellejo pero el dinero se le cayó porque tenía rota la faldriquera del pantalón. Y le dijo a Josefa que traía mucho dinero y le había costado mucho ganarlo; y a Florencia García, hija de Lucas, que dijo que estando en la era de allá atrás con José Díaz y María León, llegó el reo y echó al suelo unos 5 pesos duros de plata, con los cuales estuvo jugando a modo de contarlos. Además de a la viuda de Juan Barrera, María Antonia Pérez y a Vicenta Martín; y a María Alonso Romero y María Rodríguez, quién le vendió una cuartilla de miel; y por último, a María Vázquez, que indicó que Antonio … fue a su casa un viernes a preguntar si allí estaba María Antonia, viuda de Juan Barrera, porque le quería pagar la hilanza de una libreta de lana, y oyó cómo se le caía dinero al suelo.

Si en algún momento el asesino quiso conformar alguna coartada, realmente no fue muy sutil generando el crimen perfecto. Así Rodrigo Alonso Cornejo encontró una línea de defensa con cierta consideración: la corta inteligencia del reo.

Ante su doble confesión, el promotor fiscal acusó grave y criminalmente a Antonio de León. El auto era ilustrativo: …hace servir imponer las mayores y más graves penas en que ha incurrido, con aplicación de las personales a su persona y pecuniarias a sus bienes, atendiendo a que se halla convicto y confeso en el homicidio más atroz, premeditado y punible que puede darse, no bastándole para su exculpación la menor edad en que se halla, porque el hecho ha sido con tales circunstancias que acreditan la malicia de su autor, el cual confesó que el Diego Rodríguez llegó a la población y con la propia sencillez de su edad manifestó a dónde iba y lo que llevaba, que desde luego premeditó el quitarle el dinero y para ello matarlo, que se lo llevó a casa aquella noche, salió a la mañana siguiente con él, trató de sacarlo del camino divirtiéndolo con que iban a coger unos mortinillos, y después le tiró las piedras con que le hirió y derribó en el suelo, le quitó el dinero, y pareciéndole que aún vivía, le acabó de rematar, haciéndole pedazos la cabeza.

Tras el auto, el juicio tomó un largo receso que duró poco más de dos meses. Así el 11 de febrero de 1796 el abogado defensor retomó la palabra. Rodrigo Alonso Cornejo estipuló en su auto que la acusación no procedía …y que se ha de servir absolver y dar por libre al dicho menor…, indicando que en el caso de los delitos de dolo ..no son acreedores los inocentes, mentecatos, infantes y otros […] por más que se crean vencidos o confesos. Cornejo tenía muy claro, y así lo expuso ante el tribunal, que la declaración y posterior confesión del acusado era la mejor prueba de la ignorancia e incapacidad de éste, y que mostrarle el dinero robado a todo el mundo era la mejor prueba de que el muchacho era incapaz de sufrir pena alguna,  …porque si ha cometido el delito que ha confesado sin que pudiese haber testigos que le vieren o convenciesen apenas es preguntado parece da a entender su falta de juicio y simplicidad.

Los defensa llamó a declarar a una serie de testigos que asintieron sobe la incapacidad intelectual del chico, y cuyas conclusiones quedaron reflejadas en el informe de la defensa: …es un individuo que desde su corta edad ha estado siempre en la sierra y en el monte sin trato y comunicación de gente ni venía a poblado.  Vino muy rara vez algún día de fiesta por lo que es sabido y reputado por simple y casi mentecato, por tales términos que se burlaba la gente de él por su ignorancia y sencillez. […] ha sido siempre de buen proceder, sin hacer daño a nadie y muy aplicado en el trabajo en el monte, y no ha cometido nunca excesos ni delitos […] por lo que por la ley no son reos de pena alguna los próximos a la infancia, los mentecatos ebrios y otros […] debiéndose reputar por persona no apta para que se le pueda imponer pena alguna.

Insistió, antes de cerrar su intervención, que la ley indicaba que a los mayores de 10 años, pero menores de 17 y medio, la justicia debía menguar y aminorar la pena ofrecida.

Pero Nicolás Serrano no dejó en su empeño por condenar al imputado, señalando que nada acreditaba que fuera mentecato o inocente, volviendo a confirmar la refinada malicia del reo, premeditando el asesinato con antelación, e indicando que en la primera declaración que realizó el presunto asesino, había ocultado la verdad.

Una vez marcadas las posiciones de la defensa y la acusación, la intervención de Juan Rodríguez, padre del niño asesinado, estampó un  punto de inflexión en el desarrollo del juicio. Juan, que ya había mostrado cierta desidia en su anterior intervención, señaló en la sala de audiencias que habían …intervenido varias personas timoratas para que le perdone (al reo), a lo que condesciendo […] otorgo que por lo que a mí me toca, perdono al dicho Antonio de León del delito que contra mí ha cometido y pena en la que por él ha incurrido, y desde ahora para siempre desisto y aparto la acción civil y criminal que tengo y puedo intentar […] y confieso y declaro que hago este perdón por amor a Dios de mi libre voluntad, y no por temor a que no se hará justicia.

Todo quedó listo para sentencia.


LA SENTENCIA

A inicios del mes de abril de 1796, transcurridos casi 6 meses después del asesinato de Diego Rodríguez, el alcalde ordinario de ese año, y juez de la causa, Manuel Carvajal, dictó sentencia según las competencias adquiridas a su cargo. Condenaba a Antonio de León a 8 años de presidio, a pesar de la estrategia llevada a cabo por la defensa, y del perdón ofrecido por el padre de la víctima. Todo ello “…sin quebrantarlo bajo pena de cumplirlos doblados […] y que de incurrir en otro exceso igual se le impondrá la pena ordinaria de muerte”. A su tío, Martín García lo exculpaba de cualquier culpa.

La sentencia fue elevada a los señores regentes y alcaldes del Crimen de la Real Audiencia de Sevilla, donde, una vez leía el acta, tomaron la decisión de modificar el fallo de la justicia ordinaria, y aumentar la pena hasta los 10 años de presidio.  

Antonio de León, según los datos recogidos en el Libro de Bautismo número 14 (1775-1785), fol. 105, proporcionados por don Álvaro Manuel Prieto y Lobo, cura tercero y beneficiado de la iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción, ingresó en la cárcel de Sevilla el 20 de mayo de 1796, apenas cumplidos los 16 años, por el asesinato del valverdeño Diego Rodríguez, …y que no pueda salir de ella sin la licencia de la Sala.

A Martín García, su tío, por  ocultar la verdad,  se le impuso una multa aplicada a las penas de cámara de 10 ducados (que abonó el 10 de mayo de dicho año), y un mes de presidio en la cárcel de Zalamea.


Además de todo ello, el tribunal señaló que las costas del juicio, que ascendían a 1.747 reales, debían ser abonadas por el reo. Y para ello se hizo frente con los bienes embargados al mismo. El aprecio lo harían Francisco Ruiz Márquez y Manuel Domínguez, prácticos e inteligentes, y todo se llevaría a pública subasta el 11 de septiembre: una casa en el Membrillo Alto, valorada en 1.000 reales y vendida a Juan Ambrosio Delgado por 750; un cuarto de la Huerta de Los Manzanos, valorada en 200 reales, y un cercado de pan sembrar al sitio Pago de abajo, en 300 reales, ambas propiedades vendidas a Félix Domínguez, del Membrillo Bajo, por 200 y 150 reales respectivamente. Pedro Alonso de Castilla, anterior juez en la causa, ya había vendido anteriormente la vaca añoja por encontrarse muy flaca, para que alguien la pudiera alimentar al animal por estar el reo encarcelado. Lo hizo en 400 reales, que pasaron a los propios del Concejo, y que después de otros gastos, quedaron en 275, que se usaron para remediar las costas. La suma de todo supuso 1.375 reales, que hubieron de ser repartidos en gastos, y que no cubrieron el total de los mismos.

Estimamos que Pedro Rodríguez volvió a Aznalcollar o a Valverde con la casaca, el sombrero y el dinero que quedó tras el robo y asesinato, pero sin su hijo. A su asesino, se le perdió la pista entre rejas desde ese mismo 20 de mayo de 1796. Y a Simeón de León, a pesar de la intercesión del alcalde Manuel Carvajal para que no se le despojara de todos los bienes embargados a su hermano, puesto que también eran de su propiedad y por ello, su sustento, quedó en la calle, pobre de solemnidad, y sin más recursos que la mendicidad y la solidaridad de sus vecinos. y

Fuente: AMZ. Leg. 865. Auto de Oficio nº 5. EP. Manuel Sánchez Bejarano. Año 1795.


José Manuel Vázquez Lazo.

Revista de Feria  de Zalamea la Real, 2021.

viernes, 23 de agosto de 2019

Un cadáver en San Vicente, dos morcillas, y los soldados que hablaban catalán.

Al filo de las 8 de la noche del domingo 22 de abril de 1792, Alonso García, santero de la Ermita de San Vicente, se presentaba extasiado y sin aliento ante los alcaldes ordinarios de Zalamea, a saber, José Martín Zarza y José Sánchez Bejarano. Los dos regidores, siguiendo el protocolo propio de la justica local, buscaron con diligencia al escribano público Miguel Bernal de Contreras, para abrir con premura el auto de oficio que aclarase de alguna manera lo que el ermitaño había venido a señalar con su profundo sofoco.

El cuidador de la  Ermita de San Vicente,…distante de esta población como a dos tiros de bala a corta diferencia y en el campo…, contó a los alcaldes y al escribano cómo estando en su casa aneja a la propia ermita, mientras cenaba con su mujer, la pobre María Sánchez, se presentaron dos individuos, escopetas en mano, y sin mediar palabra alguna, comenzaron a disparar sus armas contra los propios ermitaños. María cayó al suelo, de espaldas, por el impacto del proyectil, causándole la muerte. Su marido, aprovechando la mala puntería (para con él) de los dos escopeteros, pudo huir de la minúscula salita, escapar campo a través hasta llegar al pueblo, y denunciar los hechos ante las autoridades locales.

Abiertas las diligencias del luctuoso caso, allá que bajaron hasta la ermita, con el interés de sacar alguna conclusión que pudiera dar con los asesinos de la ermitaña, los citados alcaldes, como administradores de justicia; un confesor, por si había tiempo aún de salvar el alma de María; el cirujano Don Antonio Ramallo, que se encargaría de completar el informe con el análisis forense del cuerpo de la víctima; y gente de auxilio que fueron prevenidas de armas… por lo que allí se pudieran encontrar. Junto a ellos, Bernal de Contreras con sus bártulos para tomar nota de todo lo que allí aconteciera, y una serie de vecinos que sin armas para su defensa, sin capacidad para administrar la extremaunción, sin conocimientos médicos para valorar las causas de la muerte, sin bártulos para escribir, y sin ser cargos electos del Concejo, llegaron para alcahuetear como buen hijo de vecino.

Allí estaba la desdichada María,…en el cuarto de la habitación del santero, cuia puerta sale al campo, caída en el suelo de espaldas, vestida según que diariamente lo estaba. Presentaba, según el reconocimiento de Ramallo, un tiro a quemarropa, a la altura del estómago…pues todo este lo tenía negro de la pólvora…, con una enorme boca provocada por la entrada de la bala,…que le causó tanto estrago como el haberle quitado la vida….El cadáver, postrado en el solar en la casa del ermitaño, aún seguía caliente, con la boca abierta y una pequeña mancha de sangre a su vera,  mientras los allí convocados llevaban a cabo sus diferentes quehaceres. La luz del habitáculo aún seguía encendida, y todo en su sitio, señal que indicaba que los asaltantes no habían ampliado su lista de delitos más allá del asesinato.

Los alcaldes, mientras el cirujano hacía su trabajo,  mandaron con diligencia a los armados entrar en la propia ermita, para comprobar si había alguien allí, y hacer extensivo el peinado de reconocimiento por los campos colindantes: el ruedo del propio edificio, las paredes de los pagos y cercados de la zona, o la calleja que iba a la Huerta de Santiago. Pero a pesar de la diligencia con la que se realizó la batida, no se encontró a nadie.

El informe que Don Antonio Ramallo, cirujano Titular de Zalamea hizo bajo juramento a Dios Nuestro Señor y por la Señal de la Santa Cruz, indicaba que María ya se encontraba cadáver cuando llegaron al lugar, y no era de extrañar teniendo en cuenta las características de la herida de bala…que se hallaba ocupando la boca superior del estómago, contigua a la ternilla mucronata, hecha al parecer con escopeta arcabuz. La marca de la herida, la ropa abrasada y los fragmentos de pólvora sobre la circunferencia de la propia herida no dejaban lugar a dudas. El socorro de la medicina, en este caso, hubiera sido en balde.

Pero el galeno hubo de poner en práctica con celeridad sus dotes profesionales por una causa aún mayor. María Sánchez se encontraba embarazada de cinco meses en el momento de su asesinato, y Ramallo no dudó en ejercer la cirugía para hacerle una cesárea al cadáver de la extinta madre,…extraer el embrión y ver si podía alcanzar agua. Y en efecto, vivo estaba, aunque con una herida cuya magnitud era comparable a …una peseta de cinco reale. Entonces  la celeridad se expandió al confesor, que en casos extremos era el que, cuando no se podía salvar ya el cuerpo, estaba en la obligación de salvar el alma. El clérigo…echó promptamente el agua con las ceremonias que en los casos de necesidad están prevenidas y mandadas… y aquella esperpéntica estampa propia de las extremidades del siglo XVIII llegó a su fin.

Aquella noche del 22 de abril de 1792 el cuerpo inerte de María, al ser notoria su suma pobreza…y por razón de ella vivía con su marido en este despoblado… se llevó al pueblo para ser velado …en el Hospital de la Santa Misericordia, donde estuvo acompañado toda la noche por la mayoría de los vecinos del lugar, que desfilaron por la capilla ardiente atraídos por la pena, el dolor, el morbo y la curiosidad.

El cuerpo vivo de Alonso García, el santero de San Vicente, dio con sus huesos en la cárcel del Concejo, al convertirse en el principal sospechoso ante la ausencia de otros culpables. Allí, mientras velaban a su esposa, los alcaldes ordinarios, administradores de justicia, comenzaron el interrogatorio: que dijera realmente cómo sucedió la muerte, los posibles motivos y antecedentes que pudieran haber llevado a aquel desenlace; cuántos eran los delincuentes y si los había reconocido; si sabía sus nombres y vecindad.; y todo aquello que pudiera esclarecer los hechos.
El santero, bajo juramento, comenzó a describir lo ocurrido aquella noche, mientras cenaba junto a su esposa. La declaración habría nuevos detalles. Alonso había mandado a su mujer levantarse de la mesa para ir a cerrar la puerta de la calle, puesto que ya era tarde y vivir en aquel descampado no era del todo seguro. Desde el exterior llegaron los disparos, el impacto sobre el cuerpo de María, el desvanecimiento de ésta, y el intento de huida del aterrado santero. El ermitaño se levantó para cerrar la puerta, viendo a dos hombres que lo encañonaban mientras uno gritaba al otro,…acábalo de matar. Pero asiendo uno de los cañones de los escopeteros, lo pudo esquivar y salir corriendo. Uno de aquellos dos delincuentes le siguió hasta la…Capilla del Santo Sepulcro, que está a la mediación del camino, mientras el otro le gritaba al compañero que lo siguiera en su huida.

Alonso García  indicó que aquellos dos escopeteros no llevaban caballerías ni capas,…pero sus vestidos eran de paño y pardos, y que ambos portaban sombrero. Además de ello, se aventuró a decir que los delincuentes eran desertores,…pues sus ropas se parecían a las de los portugueses.Y que no podían ser de Zalamea pues nunca había tenido quimera con ningún otro vecino.

Pero sí recordó un detalle que su mujer le había contado días antes. El mismo viernes día 20, dos días antes de la muerte de María, aprovechando que el mismo declarante estaba ausente,…se dejó ver en los poios del portal de la hermita un señor envuelto en una capa. María corrió a cerrar la puerta del hogar, a lo que el individuo se le acercó y comenzó a insultarla por el tiempo de dos horas, tratándola de indignan…y diciéndole que los demonios se la habían de llevar aquella misma noche. La ermitaña no reconoció al asaltante, que no llevó su irá más allá del insulto.

Los interrogadores no quedaron satisfechos con la declaración, pues mantuvieron a Alonso García aquella noche en la cárcel,…sin haver tocado antes en sitio sagrado ni lugar inmune, bajo vigilancia del Alguacil Mayor Manuel González Luis. Antes, el ermitaño hubo de entregar a las autoridades las llaves de la ermita y del cuarto habitación contigua.

La actividad pesquisidora de aquella noche se completó con una intensa ronda por la localidad llevada a cabo por las autoridades del Concejo y aquellos vecinos que desde hacía horas se habían unido a la empresa para dilucidar los hechos. La falta de indicios en el lugar llevó a los alcaldes ordinarios a enviar requisitorias a los pueblos que eran raya con Portugal, con la descripción de los presuntos asesinos. Y dada la magnitud del caso,  con la elevación al Gobernador y Alcalde del Crimen de la Real Audiencia de Sevilla de lo allí acontecido.

El día 23 de abril, se llevó a cabo la sepultura de María Sánchez. El cura semanero, Juan Domingo López, celebró el sepelio en la iglesia de la villa, a donde mismo se enterró, amortajado con el mismo vestido con el que cenaba la noche anterior,…en una sepultura que está en la segunda padronera entrando por la puerta principal al lado de la mano derecha, de manera que la dicha puerta al abrirla y al cerrarla corre por encima de la dicha sepultura.

La noticia del asesinato corrió como la pólvora entre los moradores del término zalameño, y con ella, el temor ante la evasión de los dos presuntos asesinos de la ermitaña. A poco que los cometarios comenzaron a extenderse, algunos vecinos de la comarca llegaron ante los jueces para dar testimonio de lo oído. El primero, el día 24, fue Gonzalo Linares. Este joven mozo dijo que tras haber ido a comprar leche a la cabreriza  de Blas Vázquez, en el Monte del Campillo, frente a la Huerta del Padre Zarza, encontró un gran revuelo de personas hablando de lo ocurrido. Al poco de estar allí llegó, Constanza Vázquez,  la hija del mismo Blas Rodríguez, desde el Monte del Campillo diciendo que sus moradores estaban muy alterados, puesto que la tarde del domingo 22 de abril, dos hombres …moradores en el Monte que llaman de Las Ventas…, de la jurisdicción de Campofrío, llegaron diciendo que les dieren dos escopetas, puesto que iban a matar a Alonso García, santero de la Ermita de San Vicente. Éste se había presentado el día 21 en la casa de uno de ellos a pedir limosna para el santo, como era costumbre,  mientras se celebraba el sepelio de un párvulo, y mientras se velaba al niño pequeño, aprovechó para robar 280 reales en pesos duros de plata y alguna que otra morcilla. Y aquello, dada las circunstancias, hizo entrar en cólera a los campurrianos.

Otro testigo, Rosa Sevillano, en la misma cabreriza, dijo que había escuchado a una tal Josefa Rodríguez, del Monte del Campillo, decir que aquellos hombres armados habían vuelto a pasar por la aldea, diciendo que habían dado muerte a la mujer del santero, y que habían seguido a éste hasta la capilla del Santa Sepulcro de Zalamea.

Pero la declaración más definitoria la dio Manuela Vázquez, mujer de Juan Alberto, vecinos del Monte del Campillo. Indicó que estando enferma el mismo domingo de autos, su hermana Juana le había ido a visitar. Allí le contó que dos hombres habían estado en la aldea: uno llamado Vicente Martín, morador en el Monte de la Majada o Ventas de Abajo, próximo a Las Ventas, natural del mismo Monte del Campillo; que vino acompañado de otro, de la misma Venta, armado y con la intención de buscar a Alonso García para solventar un robo de dinero. Allí fueron a casa de Juan Domínguez a solicitar le entregaran otra escopeta.

Otros vecinos vieron como el tal Vicente, al que reconocieron sin dudarlo puesto que era natural de la propia aldea, salía de ella…por el callejón que nombran del Pozo, acompañado de otro hombre con una manta al hombro, al que algunos declararon conocer como Santiago Martín, uno de los regidores del Concejo de Campofrío. Ambos iban armados. Y los testigos, inocentes, pensaron que iban a correr jabatos con otros vecinos del Monte de Traslasierra por el lugar de Las Cañadas. La justicia los declaró en busca y captura y ordenó que se le embargasen todos sus bienes. La descripción de alguno de los testigos fue detallada.

Ni en el Cerro, ni en Calañas, ni en Cabezas Rubias, ni en Santa Bárbara, ni en Cortegana, ni en Almonaster, ni en Jabugo, ni en Galaroza, ni en  ni en todo el término de Zalamea se halló ninguna pista sobre los presuntos criminales. Pero identificados éstos, las autoridades no tardaron en comenzar el embargo de todas sus propiedades, hasta que se esclarecieran los hechos. Las siguientes damnificadas por este proceso, las esposas de Vicente y Santiago, es decir, Antonia Charneco y Gregoria Miguel, respectivamente. Ninguna de las dos supo (o quiso) decir dónde se encontraban sus maridos desde el día 22 de abril. Y eso afianzó las sospechas sobre los dos acusados.

Mientras tanto, el santero, cuyas sospechas iniciales de asesinato había conseguido solventar, se encontró con un nuevo escollo judicial. El Concejo de Campofrío requería al de Zalamea con la orden de entregar al mismo Alonso García por el robo del dinero y las morcillas en casa de Santiago Martín. La Real Audiencia de Sevilla decretó que a los autos sobre el asesinato de María Sánchez se uniera el robo perpetrado por Alonso García.

Éste fue llamado a declarar sobre lo ocurrido. Y dijo que sí era verdad que había salido a pedir limosna para el Santo días antes del asesinato (y el robo), pero que había ido a Alájar, y que de vuelta por Aracena, en la tarde del día 20 de abril, se encontró con dos pastores cerca de Campofrío, con quienes pasó la noche. A la mañana siguiente, y tras las indicaciones de los cabreros, tomó el camino más corto hacia Zalamea. En el camino dijo encontrarse con…dos soldados al parecer desertores pues tenían vestido del Rey encarnado y su capotillo azul, bayoneta y cartuchera, pero ningún fusil, quienes con la vista del declarante comenzaron a hablar en catalán. Éstos le invitaron a acercarse con ellos a las Casas de la Majada. Allí, en una calleja, los soldados indicaron alermitaño que se quedara vigilando las puertas de una de las casas, que por allí ya habían entrado el año pasado y no habría problemas, mientras le amenazaban con buscarle más tarde y darle su merecido si no accedía a lo que le solicitaban.  Poco después, los milicianos salieron por el tejado de una de las casas con una bolsa de dinero, varias piezas de chacina, alguna hogaza de pan,  y unos zapatos de mujer totalmente nuevos. Ellos continuaron su camino hacia el norte, y él hacia Zalamea, cargado con algunas piezas ofrecidas por los soldados ladrones, además de los citados zapatos.

La cuestión es que como no hallaron rastro de aquellos soldados desertores que hablaban en catalán, sobre Alonso García cayeron todas las sospechas del hurto y a él le endilgaron la larga lista de efectos sustraídos en casa de Santiago Martín, a saber: los 280 reales en pesos duros de plata, más medio peso duro y una moneda de dos reales; dos panes, dos ciegos de entrañas, algunos chorizos, dos morcillas, un poco de tocino en pedazos unos zapatos de mujer nuevos y estampados, un peine blanco de hueso nuevo al que le faltaba una púa, un bollo de chocolate, un cordón de color blanco, verde, amarillo y encarnado.

La vía del hurto abrió una nueva investigación, y tras una profunda inspección de la pequeña casa de los ermitaños se hallaron los dos zapatos, dos ciegos de entrañas y algunas piezas de tocino, pero ni rastro del dinero. Así el Concejo de Zalamea hubo de solicitar al Priorato de Ermitas del Arzobispado sevillano el permiso para buscar en la Ermita de San Vicente los elementos robados. Los alcaldes, como jueces ordinarios de la causa, el vicario de la villa, José Felipe Serrano (recordemos fue el que respondió al cuestionario del geógrafo Tomás López), y el mayordomo de San Vicente Mártir, Felipe Sánchez Bejarano, fueron los encargados del registro de la propia ermita. Pero allí no se halló nada.

Y para colmo de males, después de más de mes y medio recluido en la cárcel mientras se dilucidaba el auto criminal, el médico titular de Zalamea, Lázaro José Vázquez, llamó la atención a las autoridades cuando detectó disentería en el reo debido a las condiciones de humedad del presidio, además de melancolía (o lo que es lo mismo, un cuadro depresivo agudo). El galeno indicaba que Alonso presentaba… un color pálido cetrino, cutix frío, pulso anacroto y obstruidas quasi todas las entradas del vientre inferior, lo que se ha seguido de malas digestiones y corrupción de los jugos mal cocidos. Entre lavativa y lavativa, el médico alertó a las autoridades de las malas condiciones de salud del santero.

El día 10 de junio de 1792, Don Lázaro José Vázquez visitó a eso de las 6 de la mañana al reo, donde lo halló con calentura muy alta y la lengua inflamada. A las 10 volvió y encontró a Alonso fuera de sentido, convulsionando, los ojos blancos y el semblante propio de un cadáver. Acto seguido indicó a las autoridades que administraran al desdichado ermitaño un caldo, y de paso, los sacramentos.

Con la parca en el umbral de la cárcel, Alonso García solicito mandar llamar a una parienta de su difunta mujer, la vecina María Sánchez, esposa de Juan Fernando Linares, para contarle sus desdichas antes de emprender su último viaje. Y ello dio pie a que las mismas autoridades, acabada la confesión del moribundo, llamara a declarar a la propia María. Ésta informó que Alonso había confesado que en la ermita tenía escondida una bolsa con dinero, pero no más de seis pesos. Pero no le indicó el lugar exacto del escondite. Dicho esto, las autoridades, el vicario y la parienta de la difunta bajaron de nuevo a la ermita para realizar una segunda inspección. Miraron con detenimiento la zona baja del retablo, donde había varios huecos, para lo que usaron de las habilidades de un muchacho dado que solo a alguien de corta edad le cabía el brazo en aquellas oquedades; y a falta de éxito, subieron a lo alto del retablo para seguir con la búsqueda, pero con el mismo resultado. Nada.
A las 3 de la tarde del 13 de junio,  Alonso García, ermitaño de la Ermita de San Vicente Mártir, fallecía en la cárcel de Zalamea después de dos meses de penurias, de haber enviudado violentamente, haber perdido a su hijo nonato,  y de haber sido acusado de robo por el Concejo de Campofrío. Fue sepultado con la mortaja de su propio vestido,…en una sepultura que es la que está en la pared de dicha iglesia y la única que hay sin padronera entre la puerta principal y el altar de la Virgen Santísima de los Dolores, por encima de la qual sepultura se acostumbra poner en dicha pared el Simpecado del Rosario de noche. Al entierro asistieron muchos vecinos.

El auto abierto por el escribano público de Campofrío, Antonio Arcadio, para clarificar el tema del robo contenía la declaración de varios vecinos de las Casas de la Majada (Ventas de Abajo) y de aquellos pastores con los que Alonso García había pasado la noche. Éstos habían descrito los rasgos físicos del ermitaño, así como la ropa que llevaba puesta mientras les acompañó aquella noche. Y la descripción coincidió plenamente con algunos declarantes que decían haber visto a un hombre en el tejado de la casas de Santiago Martín.

La confesión de Gregoria Miguel, mujer de éste último, ofrecía una nueva versión de los hechos: parece ser que en la mañana del día 22 de abril, Santiago,  su marido, acompañado de Vicente Martín, emprendió camino a Zalamea a denunciar ante sus Justicias los hechos del hurto. Pero en la noche de ese mismo día, su marido volvió alterado a casa,…tan asustado que parecía difunto. Contó que camino de Zalamea decidieron no dar parte a la justicia y sí tomársela por su cuenta intentando asustar al presunto ladrón, y con ello recuperar los enseres robados.  Al llegar a la ermita, la vieron cerrada, y esperaron a los santeros escondidos en un cercado. Llegados Alonso García y María Sánchez, entraron en su casa, momento en el que los justicieros se acercaron a la puerta, con las escopetas bajo el brazo, y saludaron a los del interior. Los ermitaños salieron y cada uno asió el cañón la escopeta de su oponente, con la mala fortuna de que con la que forcejeaba María se disparó fortuitamente. Alonso huyó, y los escopeteros, en vez de perseguirlo huyeron despavoridos a las Casas de la Majada. Una vez allí, contaron a sus familias lo ocurrido y decidieron huir a Portugal.
                                                      
A final del mismo mes de junio, cuando se habían realizado varios llamamientos a entregarse por parte de los pregoneros de las villas de Zalamea y Campofrío, Vicente y Santiago Martín fueron declarados en rebeldía, y con ello, fueron sentenciados a 8 años de presidio y al pago de las costas del proceso: 1.248 reales por parte de Santiago Martín, y 220 por Vicente Martín. El dinero fue abonado por sus esposas.

Poco después, unos nuevos ermitaños se harían cargo de los cuidados de la ermita y del Santo. La bolsa con el dinero quedó escondida entre sus muros.

José Manuel Vázquez Lazo.

lunes, 3 de junio de 2019

Francisco Castellano Rodríguez


El 26 de noviembre de 1937, después de que enfermara de gravedad el día 12 del mismo mes, fallecía en Zalamea el sacerdote Francisco Castellano Rodríguez. Por su lecho de la casa parroquial de la calle Castillo desfilaron, según algunas crónicas, la mayoría de los hombres de la localidad. Parece ser que éstos, aunque generalmente no muy dados a cumplir con los servicios religiosos, sí que quisieron manifestar su último adiós al sacerdote, que en palabras de muchos, quisieron agradecer “su gran amor a Zalamea”.
Natural de Sanlúcar de Barrameda, había cumplido con su ministerio en la localidad durante 50 años, casi la totalidad de su vida eclesiástica. La longevidad en el cargo había creado un vínculo necesario entre el propio sacerdote y su feligresía, convirtiéndose en un vecino de derecho más, y completando así esa estrecha relación entre vecinos propia de los que conviven el día a día.
Pero sus últimos años hubo de sufrir los delirios de la ambición de otro miembro de la Santa Iglesia. Pocos años antes de su fallecimiento, José María Arroyo Cera había sido nombrado párroco de la aldea de El Villar y coadjutor de la de Zalamea. Muy beligerante hacia las autoridades civiles durante la etapa republicana, José María Arroyo no dudó en extender su beligerancia hacia el párroco titular de la localidad. Así, Francisco Castellano fue denunciado en varias ocasiones ante el mismo Arzobispado por Arroyo, y por varios motivos.
Un ejemplo, de los muchos que tenemos documentados, lo desarrollamos a continuación: “con gran pena tomo la pluma para comunicar a  Vuestra Excelencia Reverendísima el último desacato grave de las leyes de la Iglesia del Sr. Párroco de esta, D. Francisco Castellano…” Arroyo Cera realizaba un informe pormenorizado sobre lo que él consideraba un nuevo atropello de Castellano a la Iglesia: el viejo sacerdote había querido dar una sepultura cristiana a un señor que días antes se había suicidado arrojándose a un pozo (mantenemos el anonimato del finado por respeto). Francisco Castellanos, que como decimos ya había consolidado una estrecha vecindad con los zalameños después de cinco décadas en la villa, había querido dar una digna sepultura religiosa al fallecido, al que conocía como vecino de la villa que era. Pero a José María Arroyo este hecho le había soliviantado hasta tal punto que no dudó en interrogar al médico forense y a parte de la familia de aquel señor para comprobar si éste padecía algún tipo de enajenación mental que excusara el entierro católico.
El informe, no exento de rabia por parte del coadjutor, indicaba que el fenecido tenía una hija sin bautizar y estaba separado de su mujer, lo que unido al suicidio voluntario (y sin mediar ninguna enfermedad mental) le hacía indigno de ser enterrado en lugar sagrado.  Acusaba además de al sacerdote titular, al Medico Manuel Molina Lancha (nuestro anterior personaje de esta “Historia a Color”) de no tener conciencia científica en su empleo y de emitir los informes que el propio Castellano le solicitaba. Molina Lancha sí había determinado la enajenación mental de aquel hombre, lo que dejaba vía libre al enterramiento católico del pobre fallecido. Arroyo acusaba que la gran amistad que mantenían  Francisco Castellanos y Molina Lancha había hecho que el doctor emitiera un informe favorable para excusar al sacerdote. Con ello,  Molina Lancha también se había ganado un gran enemigo en la localidad que condicionaría su futuro (como ya hemos comprobado).
Otras muchas fueron las denuncias (no tener el archivo parroquial al día, obviar ciertos quehaceres en el rito,…) que fueron enviadas una y otra vez a la sede arzobispal hispalense, hasta el fallecimiento del sacerdote sanluqueño.
A los 75 años fallecía Francisco Castellano (según el certificado de defunción, por una insuficiencia cardiaca), a las 6 de la mañana de ese 26 de noviembre de 1937. “El entierro fue solemnísimo, presidido por el Sr. Arcipreste D. Jesús Mora y por todos los sacerdotes de los pueblos limítrofes. Cerró el comercio, establecimientos, escuelas y talleres” indican las crónicas.
José María Arroyo, su coadjutor, pasaba a sacerdote titular de la villa de Zalamea, después de haber intentado terminar con la carrera de su predecesor desde que llegó al lugar. José María Arroyo Cera fue conocido como “El Breva”, de doloroso recuerdo para muchos zalameños.

José Manuel Vázquez Lazo

jueves, 25 de abril de 2019

LA FIESTA DEL ÁRBOL


No hay nada nuevo bajo el sol, eso ya lo sabemos. El Día Mundial del Medio Ambiente ya fue una reclamación decimonónica en esta España nuestra que había pasado de aquella que describía la anécdota de Estrabón, y que decía que en la esplendorosa etapa romana en suelo patrio, una ardilla iba de rama en rama desde Algeciras a los Pirineos;  a la deforestación de amplias zonas del estado debido al aumento demográfico e industrial. Y aunque la quimera de la ardilla funambulista es más que debatible, pues Estrabón ni era romano, sino griego, ni historiador, sino geógrafo, y nunca había tenido el placer de venir por estos lares, la pérdida de arboleda sí que era evidente en algunos lugares. Así, ciertos sectores concienciados con la depauperación medioambiental no dudaron en buscar una solución a dicho problema, esto es, reforestar pequeñas zonas municipales. Y para hacer de esta actividad un episodio lúdico anual, envolverlo en un aura festiva. Así tenemos lo que se conoció como “Fiesta del Árbol”.

Decía el regeneracionista Joaquín Costa (este sí era historiador), que ya antes de la propia Guerra de Independencia había encontrado indicios de que este ímpetu lúdico-reforestador  se había desarrollado con cierto lustre en determinadas zonas de España. Hagamos pues un hueco en la Historia al señor cura de la cacereña villa de Villanueva de la Sierra, Don Ramón Vacas, que desde 1805, además de repartir los Santos Sacramentos, cogió a maestros y alumnos de la escuela local, y cada martes de carnaval iba a plantar árboles a los ejidos del pueblo. Y tanto fue el cántaro a la fuente que apenas hace un año, se declaró BIC a dicha festividad en dicha localidad.
Pero como somos muy desidiosos con lo nuestro, y tendemos siempre a admirar lo ajeno, más fama tomó, aunque ya iba casi con un siglo de retraso, lo que hicieron los norteamericanos, que venía a ser lo mismo, pero en inglés, que gusta más.

En los Estados Unidos, el Arbor Day y la Arborday Society se instauraron en los 70 del XIX. Y como somos grandes esnobs, pues mejor copiar aquello del Arbor Day de las barras y estrellas, en vez de las buenas maneras de Don Ramón Vacas. Por ello, cruzando el charco fue España el primer país europeo en coger la pala y el azadón y pinchar plantones de especies varias en el suelo propio a imagen y semejanza de las gentes de Omaha.

Autores como Moreno Castro nos indican cómo personajes como el ingeniero valenciano Rafael Puig y Vals (hubo otros) fueron precursores en asentar esta noble actividad en estos lares. Tanto fue su interés que en 1898 creó la Asociación de los Amigos del Árbol, para enfatizar su empeño e involucrar a la clase política nacional. Pero ya desde mediados de esa misma década la festividad se había extendido por la piel de toro, destacando las celebradas en nuestra Andalucía.

Fue tal el auge (por suerte para nuestro entorno natural) que el 11 de marzo de 1904 se firmaba el Real decreto dictando reglas para la propagación y eficacia en los resultados de la “Fiesta del Árbol”, donde se determinaban todos los entresijos para desarrollar el ecológico evento. El ministro de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas,  Manuel Allendesalazar y Muñoz de Salazar informaba al barbilampiño Alfonso XIII que…la conveniencia, cada día más notoria, de repoblar la zona forestal española aconseja despertar en el pueblo el amor a los árboles y el respeto a los montes.

A nosotros, que habíamos muerto bajo las herraduras y las bayonetas del Regimiento de Húsares de Pavía pocos años antes, en 1888, por pedir respeto por nuestra salud y nuestros montes, nos querían dar lecciones medioambientales desde la Corte de Madrid, a pesar que la Corona permitió tener encendidas las teleras hasta 1907. Pero siendo prestos con la ley, la Zalamea de inicios del XX no dudó en llevar a cabo su propia “Fiesta del Árbol”.

A tenor con lo dictado en la R.O. citada, en Zalamea se constituiría la Junta de la que formarían parte todas las personalidades de la localidad, independientemente de cuál fuera sus ideas políticas, sociales o religiosas. Esta junta sería la responsable de organizar el acto, adornando con follaje, gallardetes y banderas el lugar de la plantación,…e impresionar la imaginación de los niños. Porque serían los escolares, acompañados de sus mentores, los que llevarían a cabo la repoblación arbórea. El acto incluso tenía su himno oficial. Uno de ellos, pues fueron muchos los autores que quisieron contribuir con su arte a engrandecer con letra y música esta lúdica empresa medioambiental. La letra canturreada en Zalamea era la que por acuerdo de los Amigos de la Fiesta del Árbol de Barcelona, con letra de Manuel Marinello y música del maestro José Sancho Marraco, había sido declarada himno oficial de la fiesta en 1901. Éste decia así:

Cantemos a Ceres que dora las mieses
y llena las cubas de rojo licor,
y al par que alabemos al noble labriego
que el suelo fecunda con ruda labor;
que ésta es una fiesta de paz y de amor

Bien hayan las flores que adornan la tierra,
los frutos que ofrecen sabroso manjar;
mil veces bendita la Fiesta del Árbol
que a la agricultura nos hace cantar.

Cantemos a Ceres, etc.

Bien hayan los bosques que atraen la lluvia
y al hombre le brindan maderas sin par;
los prados que nutren inmensos rebaños
los ríos que abonan el suelo feraz.

Cantemos a Ceres, etc.

Los agujeros para los plantones estarían ya hechos en la tierra previos al acto infantil, para evitar lesiones y para que se meteorizara la tierra; y los alumnos no se irían de vacío, pues mientras plantaban, en grupos de cuatro para evitar competencias innecesarias, recibirían una instructiva clase de arboricultura. Al acabar, de nuevo todos dispuestos a cantar.

Si bien la pieza de Marinello y Marraco había sido declarada, como hemos indicado, himno oficial, ni mucho menos fue la única trova que acompañó a tan singular evento. Muchos fueron los autores que quisieron contribuir con su arte a engrandecer la plantación de especies arbóreas. Y como suele ocurrir, al margen del oficial surgió una pieza musical que a la postre se hizo más famosa que la primera. Es el caso de la canción letrada por Ezequiel Solana y cuya partitura pertenecía al maestro José López y Ahijado. Quizás la fama no vino tanto por ser premio de un importante certamen musical a nivel nacional, sino porque la editorial Magisterio Español editó y difundió la pieza entre los maestros de Primera Enseñanza del país. Y fue en la escuela donde se aprendía este tipo de canciones, por lo que el éxito estaba garantizado. La letra  alababa al árbol de esta guisa:
 
Es el árbol el símbolo augusto
de la industria el progreso y la paz;
restauremos los montes talados
si a la patria queremos honrar.

Ved los montes cubiertos de fronda
cual detienen la nube al pasar,
como arrancan del suelo las raíces
de agua fresca y copioso raudal;
fertilízanse cerros y valles,
los ganados se ven prosperar,
y el país, antes árido y pobre,
 se hace luego abundante y feraz.

Es el árbol el símbolo augusto, etc.

¿Queréis sombra? Buscadla en el árbol.
¿Queréis frutas? El árbol las da.
¿Queréis agua? Los bosques la traen.
¿Aires puros? Los hace el pinar.
Son los campos de fronda vestidos
de riqueza y salud manantial:
Sin el árbol no hay vida posible,
 no hay industria ni habrá bienestar.

Es el árbol el símbolo augusto, etc.

Restaurar hoy los bosques talados,
recubrir de verdor el erial,
detener en los montes la tierra
que ahora arrastra cualquier temporal,
es hacer de los montes vergeles,
leche y miel es hacerlos manar,
hacer sanos y ricos los pueblos
y crear allí vida industrial.

Es el árbol el símbolo augusto, etc.

Vea el niño en el árbol su amigo,
vea el hombre en el árbol su afán,
 vea el pueblo riquezas y bienes
y la Patria el progreso y la paz:
Repoblemos los montes que el árbol
doquier luzca en fronda eternal,
y así haremos que España sea grande,
noble, rica y hermosa sin par.

Es el árbol el símbolo augusto, etc.


Al margen de los dos anteriores, que según nos determina la documentación consultada, se usaban en Zalamea para alegrar las labores de reforestación durante la fiesta, fueron muchas las canciones que se publicaron para amenizar el acto. Unas con más difusión, y otras con menos, según el lugar donde se desarrollaron.

Acompaña a este artículo una serie de hojas manuscritas con una serie de letras alusivas a la Fiesta del Árbol en Zalamea, cuyos versos bien pudiero ser canturreados o recitados mientras se estercolaba la tierra. No hemos encontrado ninguna parecida en las celebraciones realizadas en el resto de España. Y han sido muchas las consultadas. Por ello entendemos que dichas estrofas debieron ser producto de la lírica zalameña de algún escolar de la tierra, o de alguno de los maestros de Primeras Letras de la localidad, que se afanó en enfatizar esta fiesta del medio ambiente entre su alumnado.

Al margen de tan singular documento, conservado en el Archivo Municipal de Zalamea la Real, no tenemos referencia sobre la comisión municipal que debía ser creada a tal efecto, según determinaba la ley. Tampoco tenemos referencias directas sobre el hecho en sí, ni descripciones sobre su desarrollo (probablemente nuestros mayores puedan recordar alguna referencia sobre ésta rescatada del recuerdo de sus padres), pero curiosamente, y si nos acercamos a los libros de Presupuestos Municipales, decir que el ayuntamiento comenzó a contemplar una partida para la plantación de árboles en los caminos y paseos públicos de la localidad a partir de 1904, que pasó de las 200 ptas iniciales ese mismo año, a las 2500 apenas cuatro años después. Cifra que seguiría creciendo en años posteriores.

En torno a la fiesta, en los años siguientes fueron surgiendo una serie de Reales Decretos que la fueron apuntalando poco a poco. O al menos esa era la intención de los Gobiernos de turno. Por su interés destacamos la Real Orden de 1915, donde se disponía la obligatoriedad de celebrar la “Fiesta del Árbol” en cada uno de los municipios del territorio nacional, indicando que ésta podría ser también la  “Fiesta del Árbol Frutal”, y así aprovechar la coyuntura para sembrar especies que posteriormente pudieran ofrecer algún que otro beneficio culinario.

Más tarde, en 1926, otra Real Orden instaba a que, en mayor medida, durante la fiesta,  la plantación fuera de moreras, a fin de abastecer a la cría de gusanos de seda en las Escuelas Nacionales (quién no ha criado gusanos de seda en una caja de zapatos en su infancia gracias al anual abastecimiento de bombyx mori en el ámbito escolar).

A partir de 1936, como el agujero negro que lo engulle todo en la Historia Contemporánea de España, desaparecen de los presupuestos municipales las partidas para este asunto.

Quizás, gran parte de la arboleda que disfrutamos hoy en nuestro entorno más cercano sea fruto de esa gran fiesta de la naturaleza que fue la “Fiesta del Árbol” en Zalamea la Real.

JOSÉ MANUEL VÁZQUEZ LAZO