lunes, 3 de junio de 2019

Francisco Castellano Rodríguez


El 26 de noviembre de 1937, después de que enfermara de gravedad el día 12 del mismo mes, fallecía en Zalamea el sacerdote Francisco Castellano Rodríguez. Por su lecho de la casa parroquial de la calle Castillo desfilaron, según algunas crónicas, la mayoría de los hombres de la localidad. Parece ser que éstos, aunque generalmente no muy dados a cumplir con los servicios religiosos, sí que quisieron manifestar su último adiós al sacerdote, que en palabras de muchos, quisieron agradecer “su gran amor a Zalamea”.
Natural de Sanlúcar de Barrameda, había cumplido con su ministerio en la localidad durante 50 años, casi la totalidad de su vida eclesiástica. La longevidad en el cargo había creado un vínculo necesario entre el propio sacerdote y su feligresía, convirtiéndose en un vecino de derecho más, y completando así esa estrecha relación entre vecinos propia de los que conviven el día a día.
Pero sus últimos años hubo de sufrir los delirios de la ambición de otro miembro de la Santa Iglesia. Pocos años antes de su fallecimiento, José María Arroyo Cera había sido nombrado párroco de la aldea de El Villar y coadjutor de la de Zalamea. Muy beligerante hacia las autoridades civiles durante la etapa republicana, José María Arroyo no dudó en extender su beligerancia hacia el párroco titular de la localidad. Así, Francisco Castellano fue denunciado en varias ocasiones ante el mismo Arzobispado por Arroyo, y por varios motivos.
Un ejemplo, de los muchos que tenemos documentados, lo desarrollamos a continuación: “con gran pena tomo la pluma para comunicar a  Vuestra Excelencia Reverendísima el último desacato grave de las leyes de la Iglesia del Sr. Párroco de esta, D. Francisco Castellano…” Arroyo Cera realizaba un informe pormenorizado sobre lo que él consideraba un nuevo atropello de Castellano a la Iglesia: el viejo sacerdote había querido dar una sepultura cristiana a un señor que días antes se había suicidado arrojándose a un pozo (mantenemos el anonimato del finado por respeto). Francisco Castellanos, que como decimos ya había consolidado una estrecha vecindad con los zalameños después de cinco décadas en la villa, había querido dar una digna sepultura religiosa al fallecido, al que conocía como vecino de la villa que era. Pero a José María Arroyo este hecho le había soliviantado hasta tal punto que no dudó en interrogar al médico forense y a parte de la familia de aquel señor para comprobar si éste padecía algún tipo de enajenación mental que excusara el entierro católico.
El informe, no exento de rabia por parte del coadjutor, indicaba que el fenecido tenía una hija sin bautizar y estaba separado de su mujer, lo que unido al suicidio voluntario (y sin mediar ninguna enfermedad mental) le hacía indigno de ser enterrado en lugar sagrado.  Acusaba además de al sacerdote titular, al Medico Manuel Molina Lancha (nuestro anterior personaje de esta “Historia a Color”) de no tener conciencia científica en su empleo y de emitir los informes que el propio Castellano le solicitaba. Molina Lancha sí había determinado la enajenación mental de aquel hombre, lo que dejaba vía libre al enterramiento católico del pobre fallecido. Arroyo acusaba que la gran amistad que mantenían  Francisco Castellanos y Molina Lancha había hecho que el doctor emitiera un informe favorable para excusar al sacerdote. Con ello,  Molina Lancha también se había ganado un gran enemigo en la localidad que condicionaría su futuro (como ya hemos comprobado).
Otras muchas fueron las denuncias (no tener el archivo parroquial al día, obviar ciertos quehaceres en el rito,…) que fueron enviadas una y otra vez a la sede arzobispal hispalense, hasta el fallecimiento del sacerdote sanluqueño.
A los 75 años fallecía Francisco Castellano (según el certificado de defunción, por una insuficiencia cardiaca), a las 6 de la mañana de ese 26 de noviembre de 1937. “El entierro fue solemnísimo, presidido por el Sr. Arcipreste D. Jesús Mora y por todos los sacerdotes de los pueblos limítrofes. Cerró el comercio, establecimientos, escuelas y talleres” indican las crónicas.
José María Arroyo, su coadjutor, pasaba a sacerdote titular de la villa de Zalamea, después de haber intentado terminar con la carrera de su predecesor desde que llegó al lugar. José María Arroyo Cera fue conocido como “El Breva”, de doloroso recuerdo para muchos zalameños.

José Manuel Vázquez Lazo

jueves, 25 de abril de 2019

LA FIESTA DEL ÁRBOL


No hay nada nuevo bajo el sol, eso ya lo sabemos. El Día Mundial del Medio Ambiente ya fue una reclamación decimonónica en esta España nuestra que había pasado de aquella que describía la anécdota de Estrabón, y que decía que en la esplendorosa etapa romana en suelo patrio, una ardilla iba de rama en rama desde Algeciras a los Pirineos;  a la deforestación de amplias zonas del estado debido al aumento demográfico e industrial. Y aunque la quimera de la ardilla funambulista es más que debatible, pues Estrabón ni era romano, sino griego, ni historiador, sino geógrafo, y nunca había tenido el placer de venir por estos lares, la pérdida de arboleda sí que era evidente en algunos lugares. Así, ciertos sectores concienciados con la depauperación medioambiental no dudaron en buscar una solución a dicho problema, esto es, reforestar pequeñas zonas municipales. Y para hacer de esta actividad un episodio lúdico anual, envolverlo en un aura festiva. Así tenemos lo que se conoció como “Fiesta del Árbol”.

Decía el regeneracionista Joaquín Costa (este sí era historiador), que ya antes de la propia Guerra de Independencia había encontrado indicios de que este ímpetu lúdico-reforestador  se había desarrollado con cierto lustre en determinadas zonas de España. Hagamos pues un hueco en la Historia al señor cura de la cacereña villa de Villanueva de la Sierra, Don Ramón Vacas, que desde 1805, además de repartir los Santos Sacramentos, cogió a maestros y alumnos de la escuela local, y cada martes de carnaval iba a plantar árboles a los ejidos del pueblo. Y tanto fue el cántaro a la fuente que apenas hace un año, se declaró BIC a dicha festividad en dicha localidad.
Pero como somos muy desidiosos con lo nuestro, y tendemos siempre a admirar lo ajeno, más fama tomó, aunque ya iba casi con un siglo de retraso, lo que hicieron los norteamericanos, que venía a ser lo mismo, pero en inglés, que gusta más.

En los Estados Unidos, el Arbor Day y la Arborday Society se instauraron en los 70 del XIX. Y como somos grandes esnobs, pues mejor copiar aquello del Arbor Day de las barras y estrellas, en vez de las buenas maneras de Don Ramón Vacas. Por ello, cruzando el charco fue España el primer país europeo en coger la pala y el azadón y pinchar plantones de especies varias en el suelo propio a imagen y semejanza de las gentes de Omaha.

Autores como Moreno Castro nos indican cómo personajes como el ingeniero valenciano Rafael Puig y Vals (hubo otros) fueron precursores en asentar esta noble actividad en estos lares. Tanto fue su interés que en 1898 creó la Asociación de los Amigos del Árbol, para enfatizar su empeño e involucrar a la clase política nacional. Pero ya desde mediados de esa misma década la festividad se había extendido por la piel de toro, destacando las celebradas en nuestra Andalucía.

Fue tal el auge (por suerte para nuestro entorno natural) que el 11 de marzo de 1904 se firmaba el Real decreto dictando reglas para la propagación y eficacia en los resultados de la “Fiesta del Árbol”, donde se determinaban todos los entresijos para desarrollar el ecológico evento. El ministro de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas,  Manuel Allendesalazar y Muñoz de Salazar informaba al barbilampiño Alfonso XIII que…la conveniencia, cada día más notoria, de repoblar la zona forestal española aconseja despertar en el pueblo el amor a los árboles y el respeto a los montes.

A nosotros, que habíamos muerto bajo las herraduras y las bayonetas del Regimiento de Húsares de Pavía pocos años antes, en 1888, por pedir respeto por nuestra salud y nuestros montes, nos querían dar lecciones medioambientales desde la Corte de Madrid, a pesar que la Corona permitió tener encendidas las teleras hasta 1907. Pero siendo prestos con la ley, la Zalamea de inicios del XX no dudó en llevar a cabo su propia “Fiesta del Árbol”.

A tenor con lo dictado en la R.O. citada, en Zalamea se constituiría la Junta de la que formarían parte todas las personalidades de la localidad, independientemente de cuál fuera sus ideas políticas, sociales o religiosas. Esta junta sería la responsable de organizar el acto, adornando con follaje, gallardetes y banderas el lugar de la plantación,…e impresionar la imaginación de los niños. Porque serían los escolares, acompañados de sus mentores, los que llevarían a cabo la repoblación arbórea. El acto incluso tenía su himno oficial. Uno de ellos, pues fueron muchos los autores que quisieron contribuir con su arte a engrandecer con letra y música esta lúdica empresa medioambiental. La letra canturreada en Zalamea era la que por acuerdo de los Amigos de la Fiesta del Árbol de Barcelona, con letra de Manuel Marinello y música del maestro José Sancho Marraco, había sido declarada himno oficial de la fiesta en 1901. Éste decia así:

Cantemos a Ceres que dora las mieses
y llena las cubas de rojo licor,
y al par que alabemos al noble labriego
que el suelo fecunda con ruda labor;
que ésta es una fiesta de paz y de amor

Bien hayan las flores que adornan la tierra,
los frutos que ofrecen sabroso manjar;
mil veces bendita la Fiesta del Árbol
que a la agricultura nos hace cantar.

Cantemos a Ceres, etc.

Bien hayan los bosques que atraen la lluvia
y al hombre le brindan maderas sin par;
los prados que nutren inmensos rebaños
los ríos que abonan el suelo feraz.

Cantemos a Ceres, etc.

Los agujeros para los plantones estarían ya hechos en la tierra previos al acto infantil, para evitar lesiones y para que se meteorizara la tierra; y los alumnos no se irían de vacío, pues mientras plantaban, en grupos de cuatro para evitar competencias innecesarias, recibirían una instructiva clase de arboricultura. Al acabar, de nuevo todos dispuestos a cantar.

Si bien la pieza de Marinello y Marraco había sido declarada, como hemos indicado, himno oficial, ni mucho menos fue la única trova que acompañó a tan singular evento. Muchos fueron los autores que quisieron contribuir con su arte a engrandecer la plantación de especies arbóreas. Y como suele ocurrir, al margen del oficial surgió una pieza musical que a la postre se hizo más famosa que la primera. Es el caso de la canción letrada por Ezequiel Solana y cuya partitura pertenecía al maestro José López y Ahijado. Quizás la fama no vino tanto por ser premio de un importante certamen musical a nivel nacional, sino porque la editorial Magisterio Español editó y difundió la pieza entre los maestros de Primera Enseñanza del país. Y fue en la escuela donde se aprendía este tipo de canciones, por lo que el éxito estaba garantizado. La letra  alababa al árbol de esta guisa:
 
Es el árbol el símbolo augusto
de la industria el progreso y la paz;
restauremos los montes talados
si a la patria queremos honrar.

Ved los montes cubiertos de fronda
cual detienen la nube al pasar,
como arrancan del suelo las raíces
de agua fresca y copioso raudal;
fertilízanse cerros y valles,
los ganados se ven prosperar,
y el país, antes árido y pobre,
 se hace luego abundante y feraz.

Es el árbol el símbolo augusto, etc.

¿Queréis sombra? Buscadla en el árbol.
¿Queréis frutas? El árbol las da.
¿Queréis agua? Los bosques la traen.
¿Aires puros? Los hace el pinar.
Son los campos de fronda vestidos
de riqueza y salud manantial:
Sin el árbol no hay vida posible,
 no hay industria ni habrá bienestar.

Es el árbol el símbolo augusto, etc.

Restaurar hoy los bosques talados,
recubrir de verdor el erial,
detener en los montes la tierra
que ahora arrastra cualquier temporal,
es hacer de los montes vergeles,
leche y miel es hacerlos manar,
hacer sanos y ricos los pueblos
y crear allí vida industrial.

Es el árbol el símbolo augusto, etc.

Vea el niño en el árbol su amigo,
vea el hombre en el árbol su afán,
 vea el pueblo riquezas y bienes
y la Patria el progreso y la paz:
Repoblemos los montes que el árbol
doquier luzca en fronda eternal,
y así haremos que España sea grande,
noble, rica y hermosa sin par.

Es el árbol el símbolo augusto, etc.


Al margen de los dos anteriores, que según nos determina la documentación consultada, se usaban en Zalamea para alegrar las labores de reforestación durante la fiesta, fueron muchas las canciones que se publicaron para amenizar el acto. Unas con más difusión, y otras con menos, según el lugar donde se desarrollaron.

Acompaña a este artículo una serie de hojas manuscritas con una serie de letras alusivas a la Fiesta del Árbol en Zalamea, cuyos versos bien pudiero ser canturreados o recitados mientras se estercolaba la tierra. No hemos encontrado ninguna parecida en las celebraciones realizadas en el resto de España. Y han sido muchas las consultadas. Por ello entendemos que dichas estrofas debieron ser producto de la lírica zalameña de algún escolar de la tierra, o de alguno de los maestros de Primeras Letras de la localidad, que se afanó en enfatizar esta fiesta del medio ambiente entre su alumnado.

Al margen de tan singular documento, conservado en el Archivo Municipal de Zalamea la Real, no tenemos referencia sobre la comisión municipal que debía ser creada a tal efecto, según determinaba la ley. Tampoco tenemos referencias directas sobre el hecho en sí, ni descripciones sobre su desarrollo (probablemente nuestros mayores puedan recordar alguna referencia sobre ésta rescatada del recuerdo de sus padres), pero curiosamente, y si nos acercamos a los libros de Presupuestos Municipales, decir que el ayuntamiento comenzó a contemplar una partida para la plantación de árboles en los caminos y paseos públicos de la localidad a partir de 1904, que pasó de las 200 ptas iniciales ese mismo año, a las 2500 apenas cuatro años después. Cifra que seguiría creciendo en años posteriores.

En torno a la fiesta, en los años siguientes fueron surgiendo una serie de Reales Decretos que la fueron apuntalando poco a poco. O al menos esa era la intención de los Gobiernos de turno. Por su interés destacamos la Real Orden de 1915, donde se disponía la obligatoriedad de celebrar la “Fiesta del Árbol” en cada uno de los municipios del territorio nacional, indicando que ésta podría ser también la  “Fiesta del Árbol Frutal”, y así aprovechar la coyuntura para sembrar especies que posteriormente pudieran ofrecer algún que otro beneficio culinario.

Más tarde, en 1926, otra Real Orden instaba a que, en mayor medida, durante la fiesta,  la plantación fuera de moreras, a fin de abastecer a la cría de gusanos de seda en las Escuelas Nacionales (quién no ha criado gusanos de seda en una caja de zapatos en su infancia gracias al anual abastecimiento de bombyx mori en el ámbito escolar).

A partir de 1936, como el agujero negro que lo engulle todo en la Historia Contemporánea de España, desaparecen de los presupuestos municipales las partidas para este asunto.

Quizás, gran parte de la arboleda que disfrutamos hoy en nuestro entorno más cercano sea fruto de esa gran fiesta de la naturaleza que fue la “Fiesta del Árbol” en Zalamea la Real.

JOSÉ MANUEL VÁZQUEZ LAZO

jueves, 13 de abril de 2017

PEQUEÑO ANECDOTARIO COFRADE

Documento 1
El 1 de julio de 1937 se publicaba la "Carta colectiva del Episcopado español al mundo entero con motivo de la Guerra de España” (les recomiendo una detenida lectura), donde se plasmaba sin tapujos el apoyo de la jerarquía eclesiástica al golpe de Estado perpetrado un año antes y su apoyo moral a lo que se denominó en los círculos clericales como “Cruzada Nacional”. En este ambiente de fervor religioso e ideológico, nacieron o se promovieron, en lo que nos conciernen, muchas de las Cofradías de Semana Santa que hoy día se mantienen en la nómina cofrade de nuestros pueblos y ciudades.
Documento 2
Documento 1: Tras el incendio en julio de 1936 de la Iglesia de San Gil  de Sevilla, donde tenía su sede la  Virgen de la Esperanza (Macarena), la Cofradía (presidida por el militar Francisco Bohórquez Vecina) y el mayor valedor de ésta, el General Gonzalo Queipo de Llano, decidieron erigir una nueva capilla para la imagen. En una de sus tristemente reconocidas alocuciones radiofónicas en Unión Radio Sevilla, el 30 de junio de 1938, Queipo, tras hacer efusiva profesión de Fe a la Esperanza Macarena, solicitaba una cuestación popular para la edificación del nuevo templo macareno: “La Virgen de la Esperanza, la Macarena hermosa, se quedó sin casa porque fue destruida por el furor de la canalla marxista. Lleva dos años errante, alojada en la Universidad [...] pero alejada de los macarenos que la adoran, que anhelan tenerla entre ellos para contarles sus cuitas...”. En agosto de 1938 la “Junta Recaudadora de las Suscripción Queipo de Llano para la Virgen de la Macarena” se ponía en contacto con el Ayuntamiento de Zalamea para hacerles llegar la propuesta del general: “Para todos los españoles, pero especialmente para los que radicamos en el territorio del Ejercito del Sur, encomendado a su autoridad, a la que debemos la libertad y la vida, ha de bastarnos que sea una noble aspiración suya, para que por gratitud, por patriotismo y por adhesión inquebrantable nos aprestemos a darle la ayuda que tan rendidamente nos ha pedido”. Se solicitaba que se constituyera una junta similar en la localidad, y que se les remitiera un listado de donantes con las cuantías aportadas por cada uno. El registro pasaría al futuro Libro de Oro de la Virgen Macarena.
Documento 3
No tenemos constancia documental de la creación de esta junta local, ni de los posibles colaboradores. Pero sí tenemos dos cifras al respecto que se destinaron a la edificación del templo. Una primera, con fecha de enero de 1939, de 146,50 ptas, y una posterior de 186,75. La cantidad es relevante teniendo en cuenta las pésimas condiciones de la Zalamea de Posguerra.
En 1941 se iniciaron las obras sobre los cimientos de “Casa Cornelio”, una antigua taberna donde usualmente se reunía en anarquismo sevillano y que fue reducido a cenizas, junto con gran parte del Barrio de la Macarena, por la aviación nacional bajo las órdenes expresas del propio Queipo de Llano.
Documento 4
Documento 2: Curioso cuanto menos es el siguiente documento. El doctor Rafael Gironés enviaba desde Játiva (Valencia), en julio de 1939, una misiva donde narraba cómo la imagen del “Cristo de Zalamea” que se veneraba en la Calle San Francisco de esa ciudad” había desaparecido durante la contienda. Indicaba que los vecinos deseaban restaurar dicha imagen pero, al carecer de fotografías o estampas de la misma, suplicaba al Consistorio de Zalamea se le remitiese “una estampa de la imagen de Cristo que presumiblemente se venera en dicha ciudad”. Extraño es cuanto menos solicitar este asunto al ayuntamiento de Zalamea la Real, teniendo en cuenta que a escasos 180 km, en la misma región, se veneraba al archiconocido “Cristo de Zalamea” de Orihuela; quizás fue parte de un error habitual al confundir la localidad pacense con la onubense, puesto que en Zalamea de la Serena se venera al Cristo de la Quinta Angustia o Cristo de Zalamea. O quizás el doctor Rafael Gironés, que no debía desconocer la realidad de la geografía española, envió cartas a los diferentes lugares para asegurarse la remisión de algún boceto. A pesar de que en 1938, según confirma el propio sacerdote José María Arroyo, la parroquia contaba con la imagen de Cristo Crucificado, no sabemos si de alguna manera se atendió la petición del médico setabense.
Documento 3: si hay una ciudad donde el auge de las cofradías de Semana Santa llegó con la posguerra, es Málaga. La unión entre hermandades y militares fue (y es) más que evidente. En esta paradójica dualidad entre ejército y cristianismo se reorganizó a finales de los años 30 la Hermandad del Cautivo y María santísima de la Trinidad que, como nexo de unión al nuevo régimen, adoptó algunas iniciativas: nombrar hermana honoraria a la Hermandad de Cautivos de España; y nombrar gran mayordomo de honor al General Franco. El dictador, agradecido, cedió a la hermandad la prerrogativa de usar el escudo de su casa civil junto a la cruz trinitaria, como emblema de la cofradía (la podemos observar en la imagen), y que actualmente aún conserva.
Respecto a este tema, en 1953, la Junta de Gobierno de la Hermandad del Cautivo de Málaga nombraba Hermano de Honor al alcalde de Zalamea la Real, acreditándose este hecho con un ornado diploma que aún hoy día se conserva en los fondos del Archivo Municipal. No podemos concretar la motivación de tal distinción, aunque generalmente, la cesión de algún donativo de relevancia para sufragar algún gasto puntual era suficiente aliciente para ello.
Documento 5
Documentos 4 y 5: De forma más generalizada se llevó a cabo la fundación de numerosas hermandades promovidas por los colectivos de mutilados y ex combatientes del bando nacional. Bajo las advocaciones de Cristo de la Victoria y Nuestra Señora de la Paz, fueron profusas las cofradías que quisieron rendir tributo a ambas alegorías. Y como era de prever, las nuevas hermandades necesitaban del apoyo económico de hermanos, devotos y simpatizantes para configurar su patrimonio. Esa quizás fue una de las motivaciones para que, por ejemplo, la Hermandad del Cristo de la Victoria, Nuestro Padre Jesús de la Pasión y María santísima de la Paz (Cofradía de Excombatientes) de Ayamonte nombrara en abril de 1965, y con motivo de sus bodas de plata, Hermano Predilecto al alcalde de Zalamea la Real.
Y para terminar, y en esta línea, la Hermandad de Penitencia de los Caballeros Mutilados y Excombatientes bajo la advocación del Santísimo Cristo de la Victoria y Nuestra Señora de la Paz de Huelva, enviaba al ayuntamiento (en un documento sin fecha) 300 papeletas de su lotería anual, al precio de una peseta el boleto, para sufragar los gastos de su estación de penitencia en la noche del Domingo de Ramos, y para  la “adquisición gradual de elementos más precisos, como insignias, palio, pasos,...” Se indicaba se remitieran los boletos no vendidos antes del sorteo, así como el abono de las ventas realizadas en la cuenta que la hermandad tenía en la sucursal del Banco Hispano-Americano de la ciudad. La “recompensa” por la venta de las 300 papeletas sería el nombramiento al alcalde de Hermano de Honor Perpetuo de la misma (aunque no podemos determinar si la venta íntegra llegó a buen puerto).

Son varios los documentos que hablan de la relación entre hermandades y cofradías exógenas y Zalamea la Real. Pero para no extendernos más, dejamos aquí este breve botón de muestra.

José Manuel Vázquez Lazo
Boletín Hermandad de Penitencia 2017





domingo, 1 de enero de 2017

425 ANIVERSARIO DE LA ADHESIÓN DE ZALAMEA LA REAL A LA CORONA DE CASTILLA

 2017 nos recuerda a los zalameños que hace 425 años, siguiendo el guion predeterminado por las élites políticas, religiosas y comerciales del Reino de Castilla, se consolidó la separación entre la villa de Çalamea y el Arzobispado de Sevilla, que había ostentado su jurisdicción desde 1279, pasando nuestra localidad y su amplio término a la Corona de Castilla bajo la monarquía de Felipe II.
Para desentrañar todo este proceso llevando a cabo un minucioso estudio del documento más importante a este efecto, el Libro de Privilegios de exención e incorporación  en la Corona Real de S.M. de la villa de Zalamea que se desmembró de la Dignidad Arzobispal de Sevilla con su jurisdicción y rentas jurisdiccionales, o como generalmente conocemos, el Libro de los Privilegios.
El Libro de los Privilegios de Zalamea la Real es sin ningún género de dudas, el documento más relevante para la Historia de esta villa onubense. Custodiado en el Archivo Municipal de la localidad, bajo estrictas normas de seguridad, podemos indicar que es el documento más importante, junto con el Libro de Ordenanzas Municipales de 1535, conservado en nuestros fondos.
El manuscrito, que se atesora como un documento único, escrito en pergamino y encuadernado en un solo pliego, recoge lo que en origen fue la documentación que se generó en el proceso de desmembración y enajenación de la villa de Zalamea (del Arzobispo entonces) y todo su término, de la jurisdicción eclesiástica que desde 1279 había ostentado el Arzobispado de Sevilla; para, a través de este dicho proceso, pasar a convertirse en villa de realengo, con todos sus derechos y privilegios, bajo el reinado de Felipe II. Es por ello que nos encontramos con un archivo de documentos con un intervalo temporal que va desde la copia del Breve Pontificio del Papa Gregorio XIII, en 1574, hasta la concesión por parte del Rey Felipe II del nuevo estatus de villa de por sí y sobre sí, […] …incorporando a nuestra Corona y patrimonio real las villas de Almonaster y Çalamea y sus aldeas, con sus vasallos términos y jurisdicción civil y criminal alta y vaxa mero mixto imperio con las ventas jurisdiccionales[…] y de la dicha villa de Çalamea y sus aldeas las rentas de pena de cámara y de sangre legales y arbitrarias y presente de gallinas y perdices que le paga en el reconocimiento de señorío y las escribanías publicas y del concejo…[…] excepto lo que toca a los diezmos eclesiásticos de pan y vino azeyte y ganado y otros frutos que en las dichas villas y en sus aldeas y sus términos se cogieren y criasen[…] en el año 1592.
No podemos entender la historia de la villa de Zalamea la Real sin este documento que, a la postre, determinó en gran medida el devenir jurídico de la villa y su amplio término municipal (entendamos éste la actual Cuenca Minera de Riotinto) en los siglos sucesivos.
Indicar además que todo el proceso de separación de la jurisdicción ostentada hasta entonces por la Dignidad Arzobispal de Sevilla lo hicieron de forma conjunta tanto la villa de Zalamea la Real como la de Almonaster la Real, por lo que el Libro de los Privilegios contiene una información de suma relevancia para el conocimiento de la Historia Moderna de Almonaster la Real y el desarrollo de su propio proceso de desmembración del señorío eclesiástico hispalense
Como hemos indicado al inicio de este pequeño artículo, en el año 2017 se conmemora el 425 aniversario de la adhesión a la Corona de la Villa de Zalamea la Real, y su desmembración de la jurisdicción señorial ejercida por el Arzobispado de Sevilla durante  300 años. Es ésta pues una fecha relevante para la historia y la cultura del municipio onubense de Zalamea la Real, y una oportunidad para difundir entre sus habitantes, sus aldeas y la comarca, este hecho de gran relevancia para la Historia de la localidad. En el año 1992, Zalamea la Real celebró el IV centenario de este evento, realizando un importante número de actividades inmersas en el proyecto denominado IV Centenario de la Adhesión a la Corona. Zalamea la Real, 1592-1992. Los zalameños se volcaron en el desarrollo del programa cultural que acompañó al centenario, lográndose así el objetivo marcado por la organización.
Nos encontramos con un libro encuadernado con solapa de piel sobre guardas de cartón, cuyas medidas son 25 x 36,5 cm y 4 x 36,5 cm de lomo. Presenta a su vez un pequeño cordón de color blanco que entendemos actuó como cierre del propio libro, aunque actualmente aparece totalmente inservible.
Su interior conserva 128 hojas de pergamino, cosidas en pliego con hilo y rematadas con un cordel central en colores blanco, amarillo, rojo y azul (muy descoloridos con el paso del tiempo). Todas ellas están escritas por ambas caras, a excepción de la última, donde se presentan las rúbricas manuscritas de los representantes del proceso, entre ellas las del Rey Felipe II y la de su Secretario, Juan López de Velasco.
Las páginas, cuyas medidas son 25 x 35 cm, presentan un marco de texto a modo de guías donde se intercala el propio texto escrito en una cuidada letra gótica redonda de apacible transcripción y acompañada por la firma de Juan López de Velasco en cada una de ellas.
La hoja 1r. presenta además una cuidada iluminación con el busto de Jesucristo, que rellena el interior de la letra “D” capital que da inicio al texto. Ésta presenta ornamentación vegetal. Para dar realce a esta primera hoja se hace uso de tintas rojas, azules y doradas.
Además, esta primera hoja presenta un marco de color rojo, ornamentado con motivos vegetales, que encuadra al texto. Las tres primeras líneas aparecen con letra capital, ornamentada con decoración vegetal. La última línea, en letra capital, presenta ornamentación vegetal en la letra inicial.
Tal como hemos indicado, el libro se compone de todos aquellos documentos que justifican el proceso de desmembración de la villa de Zalamea respecto a la Mitra Hispalense (Breve Pontificio de Gregorio XIII, de 1574; Mandamiento y confirmación de la desmembración, Carta de Privilegio, Carta de desmembración, Real Provisión de Felipe II, Carta de venta de don Francisco de Guzmán, Marqués de la Algaba, etc...) cuyo contenido se va a desarrollar con sumo cuidado para el conocimiento de todos.
A la espera de concluir con los resultados de este apasionante estudio, haciendo uso de la documentación existente en los Archivos Municipales de Zalamea la Real y Almonaster la Real, el Archivo Histórico Nacional, el Archivo General de Simancas o el Archivo de la Real Chancillería de Granada, entre otros, no queremos dejar pasar la simbólica felicitación a todos los zalameños por un acontecimiento que, aunque ocurrió ya hace 425 años, determinó el desarrollo de nuestra localidad desde finales del siglo XVI.


José Manuel Vázquez Lazo

lunes, 25 de julio de 2016

LA BOTICA DE FRANCISCO BORREGO: UNA FARMACIA DEL SIGLO XVIII EN ZALAMEA LA REAL

 La historia de la medicina, o en este caso, el de la farmacología, es tan apasionante como la de otros ámbitos de nuestra sociedad. Más aún si entre sus postulados iniciales, al método científico unimos ciertos elementos esotéricos y fantásticos, propios de la alquimia o la nigromancia. Y es que algunos de elementos de la quintaesencia alquímica perduraron en el tiempo, al menos hasta bien entrado el siglo XIX.
Sabemos que desde el siglo XVI a lo que hoy conocemos como Farmacia, ya se denominaba Botica. Aunque no es menos cierto que esa denominación (también botiga) se usaba de forma general para otro tipo de negocios. No obstante, centrándonos en el tipo de productos que ahora nos conciernen, las boticas aglutinaban en sus estanterías hierbas medicinales, remedios naturales y productos químicos para hacer frente a todo tipo de enfermedades, para la elaboración de productos cosméticos, para embalsamar, para curtir el cuero (proceso muy arraigado en la Zalamea de antaño), para teñir, e incluso mercadeaban con elementos de aderezo para la cocina del momento. De ahí el dicho popular “haber de todo como en botica”.
Acerquémonos pues a una de las boticas asentadas en Zalamea en el siglo XVIII para observar qué había de puertas para adentro. La distribución habitual contaba con tres habitaciones: la primera, con los vistosos anaqueles cargados de botes de vidrio opaco o traslucido, tarros y frascos,  era donde se atendía al público. De ahí se pasaba a la rebotica, donde se almacenaban los productos que más adelante veremos; y por último el obrador, donde Pedro Borrego, boticario del lugar, realizaba sus preparados haciendo uso de las redomas, tamices, escofinas, granatarios, pesos de onzas, morteros de mármol, espátulas, almireces, alambiques, martillo y balanzas, mezclando los ingredientes y creando útiles (y no tan útiles) preparados para preservar la salud de sus vecinos. Un mundo entre la ciencia farmacéutica y ciertos resquicios de los antiguos usos de los alquimistas.
Francisco Borrego, consiguió su titulación realizando un examen ante un médico, protomédico u otra autoridad versada en la materia. Para acceder a la prueba ya debía llevar a sus espaldas cuatro años de experiencia laboral junto a un boticario titulado como mozo de botica, y tener más de 25 años. En la oposición se examinaría de latinidad y teoría, y posteriormente debería realizar una prueba práctica en una botica donde se aprobaría su conocimiento sobre las drogas,  yerbas, la preparación de compuestos y su aplicación.
En 1784, tras su muerte, el Escribano Público de la villa, Miguel Bernal de Contreras, procedía a realizar el inventario de los bienes de la Botica, a petición de las herederas del boticario (sus dos hijas, María e Isidora Borrego, fruto del matrimonio en segundas nupcias con  Thomasa Gallardo), con la finalidad de proceder al aprecio de los enseres y, presumiblemente, derivar a la venta a un nuevo boticario. Al frente de la tasación, además de los integrantes legales del proceso, estuvo otro de los boticarios de la localidad, Pedro Clavero, que dado sus conocimientos en la materia, era el más indicado para llevar a cabo la valoración de todos los elementos. A partir de dicho inventario, podemos apreciar cuáles eran los remedios utilizados en una botica del siglo XVIII en Zalamea la Real (y por supuesto, en todo el Reino). Muchos de ellos, más cercanos a la herboristería tradicional, aún se conservan en nuestras casas como remedios caseros. Otros, por su elaboración y uso de elementos químicos, cayeron en el olvido. El resto, fueron evolucionando hasta el día de hoy.
Para no hacer extremadamente soporífero el análisis de los productos del inventario (más de quinientos elementos de relevancia) haremos una selección de los mismos para presentarlos al lector. Sí es verdad que la mayor parte de los productos se usaron como remedio frente a diferentes afecciones, por lo que, al margen de realizar algún apunte, no vamos a describir sus usos teniendo en cuenta la extensión del artículo para esta revista.
Comencemos con las aguas. Fueron muchas las preparaciones realizados mediante la cocción de plantas medicinales. La infusión de las mismas dio paso a una serie de productos que mucho o poco, actuaron contra ciertas enfermedades. En los vidrios de Francisco Borrego se conservaban las siguientes: Agua de borrajas Agua de culantrillo, Agua de Llantén Agua de Toronjil (para los entuertos que vienen después del parto), Agua de escarola), Agua de cerezas dulces, Agua de malvas, Agua rosada, Agua de cal, Agua de canela,  el Agua de Sal y el Agua de suero destilado, para preparaciones; y la famosa Agua de la Reina, considerado el primer perfume (romero, lavanda y alcohol).Junto a ellas, jarabes y ungüentos constituían otro de los bloques medicinales más destacados. De los primeros conservaba en sus estantes el de adormideras blancas, el jarabe de agar o melaza, y el de arrayán. Respecto a los segundos, ya encontramos una nutrida variedad: ungüento opilativo, de plomo, de dátiles, de la condesa, de calabaza, blanco, caustico, de arthanta, de cinabrio, egipciaco, de álamo, de hisopo, de gripo, de poligonato, y de Zacarías.
También se apreciaron un suculento grupo de botes llenos de aceites y bálsamos. Para aliviar dolores musculares y otros padecimientos, aplicados sobre las zonas afectadas, o como purgantes o neutralizantes de otras dolencias, administrados por vía oral (lo cual debía ser harto desagradable) estos mejunjes constituían uno de los elementos más demandados por la población doliente. Así encontramos aceites de tusilago, de trementina, de lombrices, de azucenas, de manzanilla, de zorro, de verbena, de eneldo, aceite dulce con fuego, de alacranes, de hipérico, de aceitunas verdes, de almendras, aceite común, aceite esencial de salvia, esencia alhucema, de mejorana, de ladrillo o filosofal, de anís esencial, de romero, de Kermes, y de almendras dulces. Junto a los aceites, los bálsamos: bálsamo peruviano sólido, de cachorros, de calabaza, bálsamo negro, de copaiba, bálsamo anodino, bálsamo cathólico, bálsamo diavotano, bálsamo alcedo, de María, y estoraque. Haciendo uso de su dilatado conocimiento y de los manuales de farmacia que recogían las recetas precisas para la elaboración de los medicamentos (los recetarios también se incluían en su inventario) Francisco Borrego, en el obrador, realizaba este tipo de elaboraciones, además de otras como las píldoras de Cinoglosa, Protusi, de ruibarbo o marciales; o los emplastos de aquilón menor y mayor, agomado, confortativo, negro, meliloto, de cicuta, opiáceo, manus dei, de ranas con mercurio, de almaciga, carminativo y matricial.
Pero para llevar a cabo su cometido, el boticario debía contar con una importante reserva de ingredientes que hicieran posible completar las preparaciones que se indicaban, por ejemplo, en la Palestra Pharmaceútica Chymico-Galenica de Félix Palacios. Así, los anaqueles de la rebotica estaban repletos de todo tipo de semillas, raíces y hierbas aromáticas y medicinales, así como de elementos derivados de animales y un profuso grupo de elementos químicos. En primer lugar citaremos a los polvos, donde podemos apreciar analizando su nomenclatura, cierto arraigo de las antiguas artes galénicas: polvos contra aborto, polvos del papa Benedicto, de guteta, tres sándalos, polvos diamargariton, de rosa, de jalapa, de ojo de cangrejos, restrictivos, de sándalo rubio, de aro, y polvos de Marte. Además de estos productos ya preparados, el boticario almacenaba los elementos químicos, sales y minerales necesarios para llevar a cabo sus amalgamas: espíritu de vino, azufre, vitriolo rubio o colcota, albayalde, regulo de antimonio, alumbre, harina resolutiva, tintura laca espirituosa, piedra hematite, almártaga, ojimiel, areno, piedra medicamentosa, plomo quemado, sal coagulada, vitriolo blanco, espíritu de hollín, arsénico amarillo, cardenillo, cristal montano, limaduras de fierro, piedra magnética, sal de Saturno, extracto católico, sal amoniaco, piedra lipis, piedra pómez, sal prunela, sal de Inglaterra, extracto de oro, arcano duplicado, sal de nitro, crémor tártaro, tucía preparada, minio, kermes, antimonio marcial, hígado antimonio, tintura de mirra, leche virgínea, tierra sellada, filonio romano, láudano opiado urinario, tártaro violado, espíritu de succino, precipitado blanco,  tintura de succino, azoque, elixir propietatis, tintura antitética, concepción de kermes, gentil cordial, láudano líquido, azafrán de los metales, elixir vites, antiséptico de potasio, diascordio, mercurio dulce, sal polieresta, trementina de Venecia, espíritus torácicos de minio, oro entero, libro de plata, sen menudo y entero, guillen cerben, contrarotura, manteca de azahar, unción fuerte, manteca de cacao, triaca, manteca de camuesas, manteca de baca, manteca de Saturno, electuario diacatolicón, vinagre de Saturno, solimán malo y agua fuerte.
El grupo más nutrido en la rebotica era el de las plantas naturales. Usadas por sus propiedades medicinales, en su amplio espectro Francisco Borrego las mantenía secas o recién cortadas (muchas de ellas formaban y forman parte de nuestro entorno natural), en semillas o raíces. Éstas eran: borrajas, escorzonera, cubeba, visco porcino, hermodátiles, díctamo blanco, flor de azufre, mirabolanos, pimienta, agallas de levante, alorbas, zaragatona, mostaza, cártamo, alquitira, eléboro negro, sándalo, jalapa, nuez moscada, clavos, agnocasto, cebadilla española, lechuga (ponzoñosa), aristoloquia, díctamo de creta, ipepacuana, peonía, aloes socrotinum, cardo santo, santónicos de Alejandría, escamonea de Esmirna, incienso, opio, mirra, bedelio, asafétida, euforbio, sagapeno, succino amarillo, opopónaco, argento, almáciga, extracto de tormentilla, tamarindo, ládano, tila, estoraque, alcanfor, eléboro blanco, linaza, caraña, tintura de azafrán, margaritas, pulpa de caña fistula, lirios de Florencia, mortiños, adormideras, anacardos, sauco, alcaparras, mirra, azofaifas, yerbabuena, violetas, cidra, hipérico, manzanilla, doradilla, yedra, amapolas, zarzaparrilla real, cantueso, altamisa, ruibarbo, flor de terreno, cortezas de naranja, gálbano, centaura, betónica, quina, resina de levante, pez rubia, escordio, polipodio, palo dulce, balaustria, tusilago, calaguala, achicoria, consuelda, ásaro, galanga, ésula, bistorta, Sangre de Drago, Goma de junípero, goma yedra, copal en pasta, goma arábiga, goma laca, goma de palo santo, resina de jalapa y goma armoniaca, entre muchos otros.
Pero quizás los elementos que más acercaban el trabajo de boticario a la alquimia de la antigüedad eran aquellos productos de origen animal: cantárida, rasura de marfil, cuerno de ciervo, madreperla preparada, castóreo, antifebril de conchas, cuerno de ciervo filosófico tinturado, carne momia, carne anima, esponjas, cochinillas, mandíbula de pez lucio, espíritu de cuerno de ciervo, uña de la gran bestia, espíritu de almizcle, cráneos, mandíbulas, y dientes de jabalí.
Generalmente, el médico de la localidad recetaba al enfermo el medicamento que necesitaba para aliviar su dolencia, y como hoy en día, el paciente se acercaba a la botica para que el droguero le elaborase la preparación. A través de la cédula (receta), el boticario elaboraba la medicación estipulada por el médico. No obstante, la experiencia de éste le permitía recetar si hacer una consulta previa al médico, acto que la mayor parte de los enfermos agradecían, puesto que así se ahorraban el pago de la consulta médica.
El aprecio del material de la botica ascendió a 1999 reales, que junto a los 2672 reales de la tasación del resto de posesiones del boticario Francisco Borrego, dejaron a cada heredera la no poco estimable cifra de 2335,5 reales.

José Manuel Vázquez Lazo

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viernes, 25 de septiembre de 2015

1800. LA FIEBRE AMARILLA Y EL CADÁVER DEL LLANO DE SAN BLAS

La epidemia

El siglo XIX abrió sus puertas en Andalucía con una de las series epidémicas más desoladoras de cuantas habían devastado estos lares. Y eso que desde el siglo XV hay datadas pestes que periódicamente mermaron los índices demográficos de la zona. Así, el verano trajo al puerto de Cádiz, que ostentaba el monopolio comercial con el Nuevo Mundo, no sólo mercaderías procedentes de las Américas, sino la enfermedad tropical conocida como Fiebre Amarilla o Vómito negro. Ejemplo de ello fue el arribo el mes de julio de la corbeta Delfín, que procedente de los astilleros de Baltimore, y tras hacer escala en La Habana, dejó a los estibadores del puerto las mercancías propias del comercio y algunos cadáveres y moribundos con agudas señales de ictericia. El contagio apenas tardó un mes es extenderse por la ciudad, y poco después, a Sevilla.
A efectos sanitarios, ésta era (y es) una enfermedad vírica transmitida por la hembra del mosquito de la especie Aedes aegypti cuyos síntomas más acuciantes eran fuertes dolores de cabeza, fiebre elevada, palidez, escalofríos, pigmentación amarilla en la piel y en los ojos, hemorragia nasal difusa, dolores de hueso y vómitos verdes que llegaban a ser negros debido a las hemorragias digestivas. Llegados a este último estado, la muerte acaecía a los tres días. O lo que es lo mismo, la descripción que hacía de la epidemia un facultativo de la época: “… consistía en grabazón de cabeza, en sienes y ojos, dolor en las caderas y lomos, a lo que seguía calentura moderada con signos de plétora y postración de fuerza y pulso pequeño, indicio no dudoso de su malignidad. Los vómitos atrabiliarios, las hemorragias por nariz y por encías manifestaban la disolución, así como las ansiedades, delirios y otros síntomas nerviosos los atribuían a la debilidad de los pacientes. Al fin, siendo teñidos de pajizos los vómitos y los excrementos de algunos enfermos, y ellos mismos antes y después de muertos cubiertos del mismo color convinieron que era la fiebre amarilla o de América o typhus icterodes”.
Las noticias, por suerte para muchas localidades de la periferia de dichas ciudades, fueron más diligentes que el tedioso vuelo del mosquito transmisor del mal amarillo, y de los muchos afectados que, desconociendo la condena que corría por sus venas, se movían a duras penas de un lugar a otro mientras su piel se teñía de limonado color.

La Junta de Sanidad de Zalamea la Real.

Adelantándose a las órdenes que se oficiaron desde Madrid para todo el reino con fecha 17 y 30 de septiembre, a expensas de cubrir la necesidad de detener la epidemia, el cabildo zalameño, unos días antes, el 14 del mismo mes, ya formalizó la creación de la Junta de Sanidad  “…siendo notorias las enfermedades contagiosas que de algunos días a esta parte se están experimentando en las ciudades de Cádiz y Sevilla de las cuales temerosos muchos de sus vecinos  se salen de ellas a otros pueblos, y a ellos consiguientemente vienen otras distintas personas sueltas que deben sujetarse y contenerles la entrada para evitar que se introduzca el contagio que en sentir de muchas es inflama de peste para lo cual este ayuntamiento ha dado las providencias que ha tenido por oportunas y entre ellas las de poner centinelas a las entradas del pueblo. Pero siendo indispensables aún mayores providencias que todas no pueden estar al cuidado de sus mercedes por sus muchas ocupaciones de la villa y del Real Servicio, deseando liberarla en cuanto sea posible han acordado nombrar una Junta de Sanidad compuesta por seis individuos de los más principales de esta república….”. Sus miembros, los de costumbre para estos menesteres: Leandro Martín Serrano y Pedro Rodríguez (Alcaldes Ordinarios y Presidentes de la misma); José Martín Lancha, Cura Propio Beneficiado y Vicario; el Ldo. Álvaro Manuel Prieto y Lobo, cura; los vecinos Manuel Martín Lancha, Rodrigo Alonso Cornejo, Juan Beato Romero, Manuel López Romero, José Sánchez Bejarano y Andrés Gil. Dos meses más tarde, se nombraban a los médicos titulares de la villa, D. Lázaro José Baquero y D. Manuel González de Bolaños, y al Cirujano Titular, D. Antonio Ramallo, miembros con voz y voto en la Junta de Sanidad. Y no solo en cuestiones médicas, sino también gubernativas.

Las medidas de profilaxis.

El desconocimiento absoluto sobre la enfermedad, su contagio y su tratamiento y cura llevó a la Junta a tomar medidas de profilaxis para evitar el propio contagio. Así, en primera instancia se obligó entrar y salir de la villa tan solo  por  los cuatro caminos públicos,es decir, los que se dirigían a Valverde del Camino, Minas de Riotinto, el del Monte de Traslasierra y el Lugar de Calañas, obligando a los transehuntes a indicar de dónde venían. El incumplimiento del mandato iría multado con dos ducados y tres días de cárcel. Así mismo se instó a los dueños de los cerdos…” que los tienen en el pueblo y andan por las calles los retirarán de él, por lo nocivos que son a la salud público, y no lo habiendo en el término de tres días que se le asignen para que lo ejecuten se les corregirán con cuatro reales de vellón  por cada un cerdo que se encontrase en el pueblo”. Además de ello, se decidió demoler todos los estanques que existían en las inmediaciones del pueblo “…en los cuales con las lluvias y avenidas se recogen arrolladuras, estiércol y otras inmundicias, quedando la mayor parte con agua, que corrompida y fermentando otras materias, acaso sus vapores y hálitos produjeran muy malos efectos contra la salud, que tanto interesa su conservación[…]”. Y como medida estrella en esta deriva profiláctica se prohibió la entrada de aquellos ciudadanos que venían de la ciudad de Cádiz y Sevilla, que, aunque estuvieran sanos, debían hacer cuarentena de 15 días, previo reconocimiento médico, los primeros en el sitio de La Alberquilla, y los segundos en el Valle Sevilla, “…y que si no obstante de lo que se manda en este capítulo otros vecinos admitieren y ocultaren en sus casas a las expresadas personas sufrirán lo que contravinieren a este mandato 15 días de cárcel y además se les exigirán 10 ducados de multa…”La orden se haría pública inmediatamente por voz del pregonero del Concejo. Gregorio Rodríguez. A su vez se  determinó que para salir o entrar en la villa por los caminos determinados, haría falta un salvoconducto llamado Fe de Sanidad, que, a su vez, debían renovar en aquellas localidades que iban a visitar corroborar que volvían sanos a Zalamea.
En cada uno de los cuatro caminos citados se colocarían guardas para velar por las disposiciones emitidas por la Junta de Sanidad. Y por la salud de los mismos, vigilarían día y noche los miembros de la Junta, a saber: D. José Lancha, Vicario, y Andrés Gil a los de la Cruz de las Eras; D. Álvaro Manuel Prieto y Lobo cura beneficiado, y D. Juan Beato, a los del Pilarete; José Sánchez Bejarano a los del Camino de San Vicente; y Manuel Martín Lancha a los de la Fuente del Fresno.
Todas estas medidas, por supuesto, se aplicaban a las aldeas del término, que entonces eran 15. Los principales informantes en éstas y sobre éstas serían los curas de las mismas. El Vicario se encargaría de la correspondencia con los curas de Riotinto y Las Delgadas y al Prieto y Lobo con el Pozuelo y El Villar.
El 1 de octubre se emitía un bando donde se especificaban todas las nuevas medidas a tener en cuenta. Firmado por los Alcaldes Ordinarios y Presidentes de la Junta Leandro Martín Serrano y Pedro Rodríguez, estas decían:
1º. Se cierra esta villa y su término durante el actual contagio.
2º. No se admitan ningunas mercaderías que vengan de los pueblos contagiados […]
3º. No se admitirá durante el contagio personas ni familias que no sean vecinas y naturales de esta […] se prohíbe a todo vecino admitir ningún huésped forastero, sin que en el mismo momento de su venida se presente a la Junta con una relación jurada que exprese el nombre, apellido, lugar de nacimiento y última residencia, tiempo en esta y su destino a esta villa, para que la Junta determine.
4º. Los vecinos que vengan de los pueblos contagiados harán precisa cuarentena en la forma siguiente: los de Cádiz de 40 días desde que salieron de ella; y los de Sevilla y demás pueblos 20 días contados igualmente desde su salida. Y hecha la cuarentena no entrarán en la villa sin que proceda el reconocimiento de uno de los dos médicos titulares y la declaración de perfecta sanidad, reservándose la Junta la ampliación de los 20 días si fuese necesario.
5º. Ningún vecino ni persona de este pueblo podrá salir de él sin la fe de sanidad  […].se prohíbe a todo vecino el salir ni entrar sino por los cuatro caminos siguientes: Cruz de las Eras, Fuente del Fresno, San Vicente y Pilarete.
6º. Los arrieros […] no podrán entrar ni hacer noche dentro de esta villa, sin que detenidos por los guardas entreguen a uno de estos la fe de sanidad […] Y hallando que no han estado en los pueblos contagiados, les permitirá la entrada, intimándoles que salgan el día siguiente de la villa […]
7º. Se creará la Policía de los Lazaretos.
8º, 9º y 10º. Habrá dos Lazaretos, que serán Valle de Sevilla, Alberquilla y San Blas. El primero servirá para los que vengan sanos y el de San Blas para los que caigan o vengan enfermos. […] En ambos estarán los que hagan cuarentena, sin comer, tratar de mezclarse los unos con los otros, y solo podrán hacer esto los que hagan venida de un mismo pueblo, y en un mismo día, bajo la pena de que si uno en cuarentena trata con otro que ha venido posteriormente deberá seguir la cuarentena con el último.
11º y 12º. Si en el Lazareto de los sanos cayese alguno enfermo, precedido el reconocimiento del médico, será trasladado al Lazareto de los enfermos, si la enfermedad es el contagio.
12º y 13º. En cada Lazareto se pondrán dos guardas, a costa de los que lo ocupan a prorrata según los días. […] éstos se situarán  en los sitios que se les señalará, y no tratar ellos mismo, ni permitir, que ninguna persona de ninguna clase y condición que sea, trate con los que están en cuarentena, bajo la pena de 10 ducados y dos meses precisos de cárcel, y en caso de reincidencia de proceder según derecho.
14º. Se prohíbe a todo vecino ir a los lazaretos bajo la pena de 20 ducados de multa y 20 días de cárcel que se le harán pasar después de sufrir la cuarentena a que se le obligará.
15º. Los padres, madres, mujeres o cualesquiera interesado que envíen comida a los del Lazareto, se presentará a la Junta y señalará la persona que quiere la lleve, y la llevará ésta, y no otra, y la entregará al guarda, el que la pondrá en el sitio que se le señalará.
16º. Si alguna persona quisiese escribir a los del Lazareto, podrá hacerlo libremente, y recibir respuesta, pero las cartas las recibirán los guardas y las respuestas que recojan las mojarán en vinagre antes de entregarlas a los interesados.
17º. Antes de entrar los del Lazareto uno de los médicos titulares examinará las ropas que traigan y se obrará según su declaración.
18º y 19º. Se prohíbe a todo vecino llevar víveres o cualquier otro socorro a los pueblos contagiados o sospechosos […] Si éstos pidiesen víveres o cualquier otro socorro se les suministrará con toda prontitud, y haciéndose las compras y ventas fuera de esta villa, y con presencia e intervención de dos diputados de la Junta para evitar todo tipo de contagio.

Los insensatos.

A pesar de las devastadoras noticias que venían desde Sevilla, Cádiz y Málaga, hacia donde se había extendido la epidemia, y las medidas  preventivas y sobre todo, sancionadoras que había impuesto la Junta de Sanidad, no fueron pocos los vecinos que hicieron oídos sordos a lo que acontecía. Y los casos más flagrantes fueron los de los propios miembros del Cabildo o de la Junta de Sanidad.
En este sentido, el diputado José Santana de Bolaños incurriría en varios quebrantamientos: El 18 de septiembre, la Junta se hacía eco de una anomalía en el protocolo. El vecino Ramón Sevillano, mozo José Santana de Bolaños se había sacado la pertinente Fe de sanidad para trasladarse a la villa de Santa Bárbara. Pero en su lugar fue a la de Castilleja de la Cuesta, que a la postre, estando a las puertas de Sevilla, era uno de los lugares presuntamente más afectados por el contagio. A la vuelta, se le envió directamente al Lazareto del Valle Sevilla. Y al mismo José Santana se le prohibió la fe de sanidad para desplazarse a la villa de Aznalcollar debido a las noticias de que allí, en Salteras, Umbrete, Guillena y Cantillana se ha extendido la epidemia. Días más tarde, volvería a infringir las disposiciones indicándose que hacía días había salido sin permiso con sus gañanes a la Dehesa del Rincón, cerca del Castillo de las Guardas. Se instó a su mujer, María Sevillano, que no lo acogiera en su casa hasta saber si había estado pueblos sospechosos de contagio. Se le impuso una multa de 10 ducados y 15 días de cárcel, además de hacer cuarentena al volver.
Pero más flagrante fue la actuación de Pedro Rodríguez, Alcalde Ordinario y Presidente de la Junta de Sanidad. Así, el vecino Juan Lorenzo Rodríguez había solicitado una fe de sanidad para que Pedro Mojedas, hijo de Pedro Rodríguez, pudiera desplazarse a Sanlúcar la Mayor a entregar una carta y recoger cierta cantidad de maravedíes. Al mismo Juan Lorenzo Rodríguez se le había denegado el pasaporte por las sospechas de que en dicho lugar la epidemia estaba afectando al vecindario. Ante la insistencia de Juan Lorenzo Rodríguez y la negativa del E.P. de la Junta, intervino directamente el Alcalde Pedro Rodríguez, para que se le entregara dicha licencia. Enterados el resto de integrantes de la Junta, ordenaron impidieran la entrada de Mojedas a la villa “…ni los efectos que trajese hasta que con seria reflexión se determinase lo más conveniente a precaver se comunicase dicho contagio; y quedó muy informado el expresado señor Pedro Rodríguez de esta determinación, y que instruyese al citado su hijo…”.
Pero Pedro Rodríguez, aún ostentando el cargo que tenía, hizo caso omiso de las indicaciones de la junta que él mismo presidía: “Y quando esperaba la junta se cumpliese puntualmente ese mandato maiormente por quien debe por su distinción y carácter dar ejemplo a este vecindario, se ha dado noticia que luego que llegó a las inmediaciones del pueblo el nominado Joseph Moxedas, y detenido por los guardas que están en el camino de la Cruz de las Eras, y como a los veinte pasos que les está mandado reciban a las personas que vengan con destino a esta villa traigan o no pasaporte hasta que se determine por uno de los diputados de la Junta….”
El aviso se pasó al mismo Pedro Rodríguez, que se presentó en el lugar con otro hijo, Dionisio. Y a pesar de las advertencias que reiteradamente le hicieron los guardas para que siguiera el protocolo que él mismo había determinado en la junta, Pedro Rodríguez se acercó a su hijo y recogió una carta destinada a Juan Lorenzo. Al mismo tiempo llegó el citado Juan Rodríguez, “…que habló muy de cerca con el expresado Joseph Moxedas tanto que recibió de su mano trescientos maravedíes y posteriormente la citada carta…”. Además, a requerimiento de los guardas, José Mojedas no entregó ninguna fe de sanidad que indicara que el lugar que había visitado estuviera fuera del contagio. La Junta obligó a Pedro Rodríguez a hacer cuarentena durante 8 días en las casas de su morada; a Juan Lorenzo Rodríguez otros 8 días en el Lazareto de la Fuente de la Alberquilla y al pago de una multa de 4 ducados. A José Mojedas otros 8 días en el mismo lugar. Todos ellos sin tratar ni comunicar con persona alguna, para lo que se les pondría un guarda que ellos mismo deberían pagar.El propio Pedro Rodríguez, que quebrantó su propia cuarentena, , no asistió nunca más a las sesiones de la junta, e intentó en varias ocasiones disolver a la junta, pero los medios legales se lo impidieron.
Además de ellos, la documentación cita las penas impuestas varios vecinos: a  José Sixto de Bolaños, presbítero, que salió a dar misa a la aldea de Riotinto. A la vuelta se encontró las vías de comunicación cortadas por las muestras de contagio existentes en las Reales Minas de Riotinto, que había producido la muerte de José Infiesto y dos soldados. Tuvo que pasar 8 días de cuarentena en la Ermita de San Blas; al vecino Manuel Palmar, al no traer fe de sanidad tras su regreso de Alosno, también debió pasar 8 días en el Lazareto de la Fuente de la Alberquilla; a Francisco y José García, molineros en el Río Tinto, por quebrantar la cuarentena de la Aldea de Riotinto, 10 ducados de multa y 15 días de cárcel; A Manuel Gómez de los Reyes, molinero, por no haberse presentado en la villa por orden del alcalde de la aldea de Riotinto, Vicente López, por tardar un día, 4 ducados de multa; o a Diego Lorenzo Serrano y Pedro Vázquez de Antonio, que sufrieron cuarentena en la Fuente de la Alberquilla por no acreditar de dónde vienen ni cuánto tiempo habían estado fuera de la villa¸ se multó también a los vecinos de la Aldea de Riotinto, el hijo de Ramón Lancha, el de José Rodríguez y Vicente Porrón con 15 ducados por ir a la villa de Gerena, contagiada, sin permiso. Además de hacer la cuarentena estipulada; y para terminar decir que se multó a Antonio y Manuel Domínguez y a Pablo Ruiz con 4 ducados por entrar en la villa por un lugar distinto de los 4 caminos indicados, a pesar de las voces que le dieron los guardas.

 Los muertos

No existen datos oficiales sobre el número de multados ni penados a hacer cuarentenas en Zalamea y en su término, al margen de las citadas anteriormente. Y no podemos aventurarnos a decir si fueron más o menos, si los lazaretos estuvieron a llenos o cuántos fueron los que presentaron síntomas de la epidemia. Los estudios indican que se produjeron 7.387 víctimas en Cádiz, unas 10.000 en Jerez o 6.884 en Málaga. Además, casi el 70% de la población de cada ciudad cayó enferma. Para más referencia, y los datos son extrapolables al resto de las ciudades citadas, de una población de 80.500 habitantes en la Sevilla de 1800, fallecieron  14.685 vecinos, además de caer enfermos más de 76.000 de ellos y huir más de un millar. Aquí, afortunadamente las cifras fueron menos devastadoras.
Destacar el caso del vecino de las Reales Minas de Riotinto, Juan Infiesto, y de dos soldados afincados en el lugar. Los tres habían ido a Sevilla y se habían contagiado de la enfermedad. Fueron las dos primeras víctimas contabilizadas para la zona. Sus muertes provocaron el cierre total del tránsito por las minas y la creación de lazaretos en las mismas, que, dicho sea de paso, se llenaron de personas cumpliendo cuarentena. Es el caso de Francisco Martín de Los Canos, que a pesar de las muertes de Infiesto y los soldados, de estar en cuarentena la Aldea de Riotinto y de estar cerrados al tránsito las Reales Minas de Riotinto, estuvo en Las Delgadas tratando con José Delgado del Pozuelo, morador de ella. Se le ordenó volviera e hiciera cuarentena en el sitio de La Morita, donde ya la cumplían varios operarios de las Reales Minas de Riotinto. Además, se le multaría con 10 ducados por su desobediencia y 15 días de cárcel.
Todo aquel que tuvo contacto con los difuntos fueron apartados del resto del vecindario. El caso extremo ocurrió con Ramón González vecino de El Villar, que facilitó a los soldados fallecidos en las minas, un dornillo y cucharas en que comieron. Su mujer e hijo debieron hacer cuarentena de 8 días en La Alberquilla. Y se cerró la comunicación con la aldea durante este tiempo. Además, los sepultureros hicieron cuarentena en la Fábrica de Fundición. Los vecinos que habían tenido contacto con ellos en el Lazareto de Quebrantahuesos; y a la viuda de José Infiesto, su compañera María del Carmen y el Interino Correo José Mayo en el Lazareto de Los Planes. Vicente Letona, Administrador de las Reales Minas de Riotinto, enviaría una carta (firmada también por Atanasio José Rodríguez)  donde indicaba que tras la muerte de Infiesto, el cobertor blanco y las demás ropas de cama se sumergieron en uno de los silos de los pozos amargos; los zapatos, una capa que llevó el difunto en su último viaje a Sevilla, una chupa, las ropas y los bancos de cama fueron quemados en presencia de tres diputados para mayor seguridad.

Un cadáver en San Blas.

En la villa de Zalamea sólo tenemos un caso de fallecimiento. El 24 de noviembre de 1800 llegaba la noticia a la Junta de Sanidad de la venida por el Arroyo de Beas del vecino José Caballero. Regresaba de la ciudad de Cádiz, donde desafortunadamente se había contagiado. Ese mismo día entró en la villa por la zona de los pocitos, moribundo sobre una bestia, y acompañado de su hijo José Caballero. Una vez examinado por los médicos,  lo declararon gravemente enfermo Enviaron al padre, al hijo, a la caballería y  todas sus pertenencias al Lazareto de San Blas. Y se prohibó a sus mujeres e hijos ir a visitarles.
Pero José no pudo con la enfermedad y murió poco después de su retorno a Zalamea. La Junta de Sanidad emitió entonces una diligencia sobre el caso, donde se mandaba a  “…Agustín Bernal, guarda de José Caballero, difunto, hiciese a espaldas de la ermita del Señor San Blas, a una buena distancia,  una hoya o fosa de dos varas de profundidad la que concluida rogaron y suplicaron a Joseph Caballero menor, asistente o enfermero del difunto llevase por Dios y en caridad el cadáver del dicho su padre a enterrar. Hízolo al fin, y lo dejó perfectamente cubierto y a satisfacción nuestra en términos que ningún daño pueda sobrevenir al cadáver. Después teniendo anticipadamente una porción de leña, le hicimos al dicho Joseph quemase la ropa de su uso, el de su padre y el burro y también los muebles y cachos todos sin perdonar lo más mínimo. Después le hicimos abriese el techo del cuarto donde murió su padre y estando despejado hizo dentro de él una grande hoguera de romero y ruda para con sus perfumes purificarlos, y también todo aquel recinto….”A José menor le hicieron desnudarse y lavarse todo el cuerpo con un mejunje de romero y ruda cocido en vinagre. A la hoguera tiró la ropa,  el cabo y la azada con que enterró a su padre. Después se le trasladó al Lazareto del Valle de Sevilla, desde donde a iniciaos de 1801, una vez pasada la cuarentena, inspeccionado por los médicos, y lavado reiteradamente con vinagre, romero y ruda, pudo volver a hacer vida normal. En la caballería que trasporto el cuerpo enfermo de José Caballero, que tras pasar varios días al raso no presentó ninguna anomalía, trasladar a la viuda a visitar la tumba del llano de San Blas.


                                                                                                                     José Manuel Vázquez Lazo