miércoles, 8 de mayo de 2013

Advocaciones históricas en la Ermita de San Sebastián o de la Pastora de Zalamea la Real.

Ermita de la Divina Pastora
Como hemos comentado en múltiples ocasiones, la profunda religiosidad acuñada bajo el patronazgo arzobispal hispalense en Zalamea la Real, fue dejando variadas representaciones culturales en la localidad. Haremos un breve recorrido sobre las diferentes advocaciones establecidas en la antigua Ermita de san Sebastián, hoy de la Divina Pastora. La primera referencia sobre dicha ermita, originariamente denominada Ermita de San Sebastián, la tenemos en el Libro de los Privilegios aprobados en 1535 por el Arzobispo de Sevilla, Don Alonso Manrique de Lara. En el proceso de amojonamiento del término de indica que…el mismo día fue al rollo de piedra que está en el camino del señor san Sebastián… haciendo honor a la imagen que originariamente se veneraba en su interior. Junto a él había una talla de San Juan que debía tener un elevado número de devotos, pues incluso en algún documento hallado en el proceso de investigación de nuestro pasado se llama al edificio Ermita de San Juan Bautista. Un ejemplo destacado de ello son las últimas voluntades del presbítero Juan Lorenzo de Bolaños, que en 1776 indicaba en su testamento que…el día de mi fallecimiento, o en el siguiente, se cante una misa de vestuario en el altar del Sr. San Miguel que está en la Hermita de Sr. San Juan Bautista de esta villa....
San Sebastián
Siguiendo las numerosas advocaciones veneradas en el pequeño santuario, a mediados de siglo XVIII se había colocado una imagen de la Divina Pastora a expensas de Miguel de León Bolaños, fraile capuchino más conocido como Fray Miguel de Zalamea, misionario apostólico y guardián del convento de Marchena. Muy devoto de la Divina Pastora, como ya lo puso de manifiesto en su Sermon funebre de honras, que en las solemnes exequias, que la venerable hermandad de la Divina Pastora Maria Santissima Señora Nuestra, sita en la iglesia parroquial de Señora a Santa Marina, de la ciudad de Sevilla, consagró a la buena memoria de su fundador el M.R.V.P. Fray Isidoro de Sevilla, trae el culto a la villa de Zalamea.
San Miguel
Por esas fechas, según nos indica la documentación, ...en la villa de Zalamea la Real ay una hermita cuios titulares son San Juan Baptista y San Sebastián Martyr, y esta hermita no tiene ni un maravedid de renta... En estas fechas, debido a la situación del edificio, se necesitó reparar dos pedazos de pared que amenazaban ruina. Para ello se precisaba que el Prior de las Ermitas del Arzobispado de Sevilla expidiera un decreto al Vicario de la villa mandando hacer venir a su presencia a Juan Lorenzo Serrano ... y que este jure y declare que limosnas tiene en su poder que ha recojido pertenecientes al Sr. San Juan y estas limosnas las deposite en poder dicho vicario para que con ellas se proceda a la obra que se pretende hacer…”. Sin dudarlo, Fray Miguel de Zalamea tomó a su cargo las obras de restauración del edificio…que es el mismo que a exmeros de su cuidado y de su continuada predicación ha podido renovar esta hermita desde los cimientos hasta la techumbre, que a no ser así ya no hubiera memoria de tal hermita....
San Juan Bautista
Además del culto reverenciado a las imágenes de San Sebastián, San Juan Bautista, San Miguel y la Divina Pastora, en la ermita recibieron culto de forma destacada otra imagen singular cuya veneración no trascendió en el tiempo. Tenemos documentada la intención de Joseph Maria Lorenzo de traer una reliquia de Santa Margarita, cuya efigie se veneraba en la ermita, desde la Catedral de Valladolid. Éste, gran devoto de dicha santa a causa de unas curaciones milagrosas que le atribuía, había desarrollado un enorme fervor hacia esta advocación, hasta el punto de desplazarse hacia Valladolid, donde sabía existían restos de la santa, para solicitar una reliquia. En una carta fechada el 28 de febrero de 1662 y enviada desde Méjico se dictaban las instrucciones para recibir los restos milagrosos y la forma en que debía bendecirse el agua que se aplicarían los enfermos –contra las calenturas-. En ella se indica que …se servirán vuestras mercedes de mandar publicar el día que se hubiese de colocar para que con eso los vecinos de la comarca se junten y traygan danças para regocijar mas la fiesta. El día que se tuviere señalado tendrán vuestras mercedes la reliquia en la hermita del Señor San Sebastián desde adonde la llevaran en procesión a la parroquia, que es adonde se ha de colocar, para que la lleven en la procesión los días de San Sebastián, Santa Margarita, San Vicente y San Blas...
Hemos de entender que la reliquia nunca llegó a Zalamea, teniendo en cuenta la falta de noticias al respecto y documentación que así lo acredite; y sobre todo la intrascendencia del culto de dicha santa en la villa.
Con el paso del tiempo, la veneración de la talla de la Divina Pastora se impuso sobre el resto de cultos desarrollados en el lugar, probablemente por el impulso otorgado a la advocación mariana por Fray Miguel de Zalamea. 
Hoy día dicha imagen ,titular de la Ermita que lleva su nombre obra del escultor de Higuera de la Sierra, Sebastián Santos Rojas, , canaliza, junto a la veneración de la Santa Cruz, la parte religiosa de la romeria zalameña del mes de mayo: El Romerito.

José Manuel Vázquez Lazo.

martes, 26 de marzo de 2013

San José, la campana del Santo Sepulcro.


“En honor de San José, que la paz sea contigo de ahora en adelante, querida campana”.

Esta pudo ser una de las fórmulas, entre varias asentadas en el ritual tridentino, usada por parte del celebrante para bendecir la campana que coronó la obra promocionada por Gabriel Alejandro Sanz en nuestro pueblo: la ermita del Santo Sepulcro.
La campana, como elemento singular, la podríamos incluir dentro del patrimonio cultural de los pueblos. Sus sonoridad en el silencio de cada localidad, los diferentes toques llamando a los feligreses a los encuentros de la liturgia (misas,  bautizos, entierros, ángelus, ánimas, oficios, …); como uso horario, marcando el paso de las horas acorde al reloj de la torre; su labor de servicio, cuando se convocaba a los vecinos con el “toque a rebato”, generalmente por un incendio, o cuando se llamaba a “niño perdido”, o cuando el cabildo quería convocar a la población para anunciar uno de los numerosos cambios políticos en la historia  de cada país (cambios en el trono, en el gobierno,…), forma parte inseparable de la idiosincrasia de los pueblos del occidente cristiano.
Su orígen, si atendemos a las indicaciones de San Isidoro de Sevilla, lo encontramos en la ciudad de Nola, en la región italiana de la Campania (de donde tomaría su nombre). La Iglesia las usaría, de forma generalizada, a partir del siglo VII. Entre los años 604 y 606, el Papado ordenó colocarlas en todas las iglesias de la Cristiandad para llamar a los feligreses a los Divinos Oficios, las Misas Solemnes y las Festividades.
La reciente (y más que acertada) restauración de la techumbre de la ermita del Santo Sepulcro ha logrado, además de devolver la cubierta original elevada en los inicios de la construcción del edificio, la limpieza de la campana que completa la espadaña del mismo. Un elemento forjado en el noble y sonoro bronce que el propio Gabriel Alejandro Sanz, Director de las Minas de Riotinto y esposo de la beatísima zalameña, Feliciana García Beato, usó para perpetuar su nombre en tan singular inmueble. Ya desde antiguo, las propias campanas solían llevar en su superficie exterior ciertas inscripciones en relieve, realizadas por el artesano que la fundía. Su temática era variada. En el caso de la campana del Santo Sepulcro de Zalamea la Real encontramos la siguiente inscripción:

En el anillo superior de la campana: àSR.  SN. JOCEPH SEHIZO A ESPENSAS DE DN.
En el anillo inferior de la campana: àGAbRIEL ALEXANDRO SANZ Ã DE 1776à

El cuerpo central de la misma posee una gran cruz en relieve, que separa ambas inscripciones. De este modo aparece el nombre de la persona que financió su fundición (una donación piadosa); la fecha de su creación y, el nombre que se le atribuyó a la propia campana: San José.
La documentación estudiada indica que el día 27 de septiembre de 1776 Gabriel Alejandro Sanz y el Síndico Personero del Concejo zalameño, Juan Santos Pérez, se presentaron ante el mismo Prior de Ermitas del Arzobispado de Sevilla para darle cuenta de la finalización de la ermita y de su bendición por parte del Padre Francisco Tomás Chaparro, franciscano del convento de San Benito de la villa pacense de Segura de León: “...deseosos los vecinos de este pueblo de perfeccionar a toda decencia y costa una vía sacra en el campo, que con las correspondientes licencias se ha construido y bendecido por un Religioso Sacerdote de San Francisco para estos casos como todo consta de las certificaciones y licencias de este cabildo...”. El Prior daba su visto bueno a lo acontecido, pero era solicitado para algo más:“...permita su piedad que la dicha obra de la vía sacra finalice en la dicha hermita [...] que se intitulara del Santo Sepulcro y que se pueda construir en ella campanario con campana, altar para que se pueda celebrar el santo sacrificio de la misa, y en colocar la imagen del Christo Sepultado en su urna, todo con la maior dezencia, custodia y perfección, a fin de que estos vecinos tengan en este nuevo santuario y consuelo espiritual en que exercitar sus afectos diariamente, pues no se pase día alguno sin que se ande la vía sacra y si para el maior culto y permanencia de el fuese nezesario hipotecar o afianzar nuestras haciendas estamos promptos a escriturarlas en los términos que usted tenga por convenientes...”.
Tras la finalización de la ermita, el Prior daba los permisos pertinentes a las peticiones de Gabriel Alejandro Sanz. Entre ellas la edificación del campanario (en este caso una espadaña) junto con la colocación de una campana. Aunque no tenemos datos fehacientes que describan el acto, y siguiendo la tradición de la época, podemos decir que el bautismo de la campana lo hacía el obispo. Dudamos de la visita directa del Arzobispo de Sevilla a Zalamea para bautizar la campana del Santo Sepulcro, así que posiblemente lo hiciera algún delegado del mismo (el Visitador o el propio Prior de Ermitas). El rito indica que, ante la atenta mirada de los fieles, la campana suspendida sobre suelo unos metros, la presencia del celebrante vestido con traje pontifical, y el padrino de la misma (en nuestro caso Gabriel Alejandro Sanz), se procedía al bautizo con los elementos de rigor: el agua, la sal, los santos óleos, el incienso, la mirra y el turíbulo encendido. Tras el canto de los salmos, el oficiante bendecía el agua y rociaba con ella la campana “dándole el poder y la misión de ahu­yentar, en todos los lugares a donde llegara su eco, las potencias enemigas del hombre y de sus bienes: los de­monios, el relámpago, el granizo, los animales dañinos, las tempestades y todos los espíritus de destrucción.”  Los diáconos, a continuación, la lavaban por dentro y por fuera con el mismo agua bendecida. La ceremonia terminaba aplicándole a la misma las “unciones tra­zadas en forma de cruz con los óleos sagrados: siete por el exterior de la campana con el óleo de los enfermos, como símbolo de los dolores y la muerte del Salvador; y cuatro en el interior con el óleo de la confirmación, para significar la re­surrección de Cristo y las cuatro cua­lidades de los cuerpos resucitados: la agilidad, la claridad, la sutileza y la impasibilidad.”
El padrino elegía el nombre de la misma de entre los santos de la letanía. Gabriel Alejandro Sanz decidió que su campana, la del Santo Sepulcro de Zalamea la Real llevara el nombre de San José.



José Manuel Vázquez Lazo.

domingo, 3 de marzo de 2013

La leyenda del Rey Salomón ¿origen etimológico de Zalamea la Real?


El Rey Salomón
Los orígenes históricos de muchas localidades españolas quedan supeditados, como es lógico, a la documentación arqueológica o a las posibles referencias que se tengan de ellas en documentos ajenos a su propia historia. El origen de la ocupación humana del término de Zalamea la Real lo hemos encontrado en los numerosos yacimientos que cubren gran parte del territorio administrativo zalameño. Pero si buscamos el origen histórico del actual núcleo de población, la tarea se vuelve más compleja. No son pocas las teorías basadas en leyendas o fábulas que han ido pasando de generación en generación a lo largo del tiempo hasta llegar a nuestros días, ofreciendo una génesis más bien romántica, más propia de los cuentos que de la cientificidad histórica, sobre los primeros pobladores del pueblo. La búsqueda de similitudes toponímicas entre la literatura y la realidad han ido enfatizando, a lo largo de los años, ciertas teorías, banales todas ellas, sobre los primeros asentamientos estables en Zalamea. Y culpa de ello la han tenido malas interpretaciones de autores de la antigüedad, revisadas durante el Medievo o la Edad Moderna, y retomadas en los tiempos contemporáneos por la poética popular, hasta desembocar en las susodichas invenciones, que peligrosas ellas, acaban en muchos casos por dar respuestas a cuestiones difícilmente contestables y a pasar a ocupar el espacio de la Historia.
La Leyenda de Salomón es claro ejemplo de ello. La idea de la fundación salomónica de Zalamea la Real imperó por mucho tiempo en muchos manuales de “pseudohistoria”, hasta calar en lo más profundo del ideario popular. Contaba el mito que la mismísima hija de Salomón, en su periplo por estas tierras en busca de minerales con que abastecer sus barcos, se asentó en una meseta, que actualmente se correspondería con la Plaza de Talero, donde estableció a sus mesnadas disfrutando de uno de los frutos más ansiados y profusos de la zona: el agua. De esta manera, Salomea, beneficiándose de las aguas medicinales y saludables que brotaban de diferentes puntos de esta tierra, pudo crear un asentamiento permanente que bien pudo ser la génesis del núcleo poblacional de la actual Zalamea. Tal como indican algunos autores, la leyenda bien podría tener algún atisbo de veracidad si nos hacemos eco de las citas bíblicas que hablan de las expediciones de Salomón a Tharsis en busca de metales preciosos. En concreto del primer Libro de los Reyes (I Re 10, 21-22) de cuyo texto se han nutrido muchos historiadores de la antigüedad para dar una respuesta concreta a la ubicación de Tartessos. Pero este no es el caso. Asimismo, muchos otros investigadores, a lo largo de la historia, han querido acercar el mito a la realidad y dar veracidad al relato de la fundación salomónica de la localidad.
Salomea, hija del Rey Salomón
Parece ser que la tradición venía de antiguo, y posiblemente la leyenda surgió en la Edad Media. La gran riqueza minero-metalúrgica de la zona y la vinculación comercial de la provincia de Huelva con algunos pueblos orientales que desarrollaron un comercio más o menos estable con los indígenas, pudo ser la génesis de esta tradición. Ya en el siglo XVI esta historia debió de estar asentada en el ideario popular de Zalamea, ya que unos años más tarde el famoso cronista Rodrigo Méndez Silva, en su “Población General de España” se hacía eco de ella comentando “...que la mando fundar el Sapientísimo Rey de Israel Salomón a las gentes que embiava a nuestra Española Península, como a opulentísimas Indias [...] y quiso la nombrasen Salamea, en memoria suya hasta hoy perpetuada corriendo años 1024...”  Pero como decimos, la tradición sería anterior al XVI, y como ejemplo de ello, otro de los autores relevantes de la época, el jesuita Padre Juan de Pineda (¿1513?-¿1593?), en su obra “Salomon praevius id est de rebus Salomonis regis” hablaba de este romance como historia real. La idea fue posteriormente recogida por Juan Antonio de Estrada, a mediados del siglo XVIII, en su “Población General de España”, manteniendo la idea original, indicando “... que su fundación fue por este sapientísimo Rey [...]; y quiso la nombrasen Zalamea en memoria suya, como hasta hoy se conserva, corriendo los años 1024 antes de la Redención; [...] Es tradición de sus moradores, y permanezca aun cerca de aquí un castillo de aquel tiempo llamado Salomón” . Con toda probabilidad, el autor hacía referencia a la fortaleza situada en el llamado Cerro Salomón (hoy desmochado por completo a fuerza de barrenos en los trabajos mineros) y de cuya nomenclatura también se harían eco los autores para corroborar la presencia salomónica por estos lares. Obras importantes del XVII también enfatizan la leyenda salomónica como cierta. Así, Rodrigo Caro, en su obra “Antigüedades y principado de la Ilustrísima ciudad de Sevilla”, haciendo balance de su labor de Visitador del Arzobispo hispalense, decía que “...los moradores de allí tienen tradición (assi lo dizen) que las gentes que el Rey Salomón embiava por oro, y plata a  aquella tierra, la edificaron, y la llamaron del nombre de Salomón, Salamea. En prueva desto alegan, que un castillo muy antiguo, que cerca de allí esta, desde aquel tiempo hasta el presente, le llaman el castillo viejo de Salomón, y una de las aldeas, que este lugar tiene, le llama Abiud, y un rió no lexos de aquí, Odiel, y que todos ellos son nombres hebreos, impuestos de aquellas gentes, esto es lo que hoy dezir a los Clérigos y hombres ancianos...”.

El célebre juicio del Rey Salomón
El siglo XVIII, a excepción de la obra citada de Juan Antonio de Estrada que recogía testimonios antiguos, nos ofrece también documentos relativos a la fundación salomónica de Zalamea. En concreto hablamos del cuestionario enviado por el geógrafo real Tomás López a las diferentes parroquias de la actual provincia de Huelva para responder acerca de diferentes cuestiones para elaborar su trabajo de recopilación. En esta línea encontramos la respuesta del párroco de Zalamea José Felipe Serrano, diciendo que “...esta villa es antiquísima, de cuyo principio y fundación no hay memoria. Se llamó Salomea, esto es, Pacífica, cuya denominación es hebrea por el rey Salomón. Y después de su conquista se llamó Zalamea, manteniendo la misma etimología en idioma arábigo. Está situada en la región que se llamó Beturia, que hoy es parte de la Bética, entre los ríos Guadalquivir y Guadiana. Dista trece leguas comunes al occidente de Sevilla, entre los ríos Tinto y Odiel, cuya región se llamó Iberia o Tinto. También Tartesia por el Társis de la Sagrada Escritura y también Turdetania...” Y debemos decir que el conocimiento del mito se había extendido más allá de las gentes de Zalamea, a tenor de la respuesta dada por el párroco de Paterna del Campo, Juan Aurioles y Galván, indicando que “...el cerro que llaman de Salomón, y la analogía que tiene el nombre de la villa de Zalamea, la que dicen haberse llamado antiguamente Salomea, cuyas circunstancias unidas a la opinión bien común de que la Társis mencionada en la Escritura era este país, hacen creer que las flotas de Salomón cruzaban estos mares para conducir de estas sierras el mucho oro y plata que se empleó en la construcción del templo....”
La existencia de nombres hebreos en la toponímia del lugar también ha favorecido la asimilación de la leyenda como real. Y es cierto que el pequeño poblado medieval de Abiud, al que haremos referencia más adelante, posee un nombre hebraico, cuya referencia más próxima la encontramos en la lectura del Nuevo Testamento al comentarse la genealogía de Jesús (Mt 1, 13). A este respecto, el mismo Juan de Pineda también citaba a Abiud como prueba de la presencia de Salomón en la zona. La investigadora Vidal Teruel, siguiendo a Campos Carrasco, ofrece para la aldea de Abuid el nombre de Abejú, y le otorga una datación cronológica romana indeterminada. Rodrigo Amador de los Ríos en su obra “Huelva” indica, al hablar de la aldea de Abiud, que “…alude a la que se encuentra en la sierra que hoy llaman de Abejú, con lo que se confirma el supuesto de que su nombre primitivo arábigo fue el de Aben-hud, haciendo referencia ya al famoso Seîf-ud-Dolah de los días de Alfonso VII, y a al no menos célebre Aben-Hud del siglo XIII....”
Plaza de Talero
A mediados del XIX, la literatura científica aún mantenía en pie la teoría de la fundación de la localidad por Salomón. Así, Joaquín Ezquerra del Bayo, en sus “Memorias sobre las Minas nacionales de Río-Tinto” se hacía eco de una información que había sido encontrada por un albañil en 1816, cuando en su labor de recorrer el tejado del salón alto del edificio de las Casas Capitulares, encontró en el desván una lata con esos papeles y con otros muchos, escondida años antes por el escribano del cabildo para ocultarla de los franceses. Ezquerra dice que “…el dicho escrito está estendido en una cuartilla de papel de letra de buena forma y clara, aunque la tinta está sumamente blanca como si fuera su compostura de puro vinagre”. En ella se indicaba, al hablar de Zalamea la Real que “...el sapientísimo Rey Salomón, que floreció 992 años antes de Jesuchirsto, habiendo sus naves venido a España, penetrando sus gentes estas montañas, encontraron las ruinas de Betulia y Escoriales, trabajaron poderosamente en sacar metales, y en lo eminente de la montaña formaron un castillo, que hoy se ven sus cimientos,, y se nombra Castillo de Salomón, que a la falda del monte nace el río Ibero (oy Tinto); y legua y media hacia el Poniente fundaron una ciudad llamada Solomea, oy día Zalamea la Real, y en los mapas generales de España, Zalamea del Arzobispo”.
El romanista y arabista Álvaro Galmés de Fuentes, en sus investigaciones, ya en el siglo XX, tachaba de “disparatadas” la leyenda y origen etimológico que la cultura popular había dado al origen del topónimo de la localidad.


José Manuel Vázquez Lazo.

domingo, 3 de febrero de 2013

Leovigildo Ruiz Tatay. Del teatro local en Zalamea la Real a figura del Teatro Español.


Entre los muchos personajes ilustres de la villa de Zalamea la Real, traemos en esta ocasión unas pinceladas sobre un zalameño que engrandeció durante décadas la escena teatral del país : el dramaturgo Leovigildo Ruiz Tatay.
Nació Leovigildo en el mes de julio de 1871, “...en el seno de una familia modesta, pero en la que se conservaban por tradición las prendas más acrisoladas del alma castellana”. Por avatares de la vida, quedó huérfano de padre desde muy joven, lo que suponía un verdadero lastre para la economía familiar. Por ello, y al ser el primogénito de la familia, debió hacerse con la responsabilidad de ésta, junto con su madre, Aurora Tatay Gil, desde horas muy tempranas. Ya desde muy joven comenzó a actuar como actor amateur en un pequeño grupo de teatro local. El antiguo local del Pósito, lugar donde se sitúa el actual Ayuntamiento de la localidad, se adecuó en 1890 para hacer las veces de pequeño teatro donde esta compañía de aficionados al arte dramático desarrollaba su afición y donde representaban al público sus obras. Parece ser que Leovigildo, además de destacar entre sus compañeros, mostraba verdaderas dotes interpretativas, lo que le alentó a seguir trabajando en el mundo del teatro. De este modo, en 1894, con unos 23 años de edad, viajó a Madrid para abrirse camino en el panorama dramático nacional. Y pronto lo conseguiría, pues tan solo un año después, entró en la compañía del actor Emilio Mario, para trabajar en el madrileño Teatro de la Comedia. Allí debutó en la obra de Joaquín Dicenta, Juan José, con el papel de Cano, un personaje de última fila.
En virtud a su ingenio interpretativo, en 1896, fue contratado por una nueva compañía, la de Carmen Cobeña, para realizar una gira por Andalucía. De este modo, en Sevilla, en la obra de Don Juan Tenorio hizo el papel de Don Gonzalo de Ulloa, “...personaje del que años más tarde habría de demostrar ser intérprete admirable y en el que tal vez no sea superado por nadie...”, lo que hace suponer que fue adquiriendo una gran fama dentro de los círculos teatrales del país. Desde entonces, Leovigildo trabajó en las mejores compañías de arte dramático del panorama nacional del momento: María Guerrero, Margarita Xirgú, Francisco Morano... También actuó con la empresa Madrazo, en el Teatro Español, llevando a escena el Edipo de Sófocles; y en la compañía de Enrique Borrás actuó con el papel de Sófocles junto al propio Borrás, que ejercía de Critón.
           Enrique Borrás y Leovigildo Ruiz Tatay “El alcalde de Zalamea”
Pero al margen de todos estos papeles de mayor o menor importancia, destacó en el papel de Don Lope de Figueroa, en El Alcalde de Zalamea. De este aspecto se extraen las palabras de José Ruiz en su discurso de inauguración de la lápida que daba nombre a la calle, donde decía que “tan difícil ha sido superarle que más de un crítico ha afirmado que al morir nuestro eximio actor, ha muerto también Don Lope de Figueroa”.
El deseo de colocar su nombre a una de las calles de Zalamea la Real vino de los propios vecinos del pueblo. En agosto de 1931 un nutrido grupo de personas de la villa envió un escrito al Ayuntamiento donde se rogaba este hecho, para perpetuar la memoria del ilustre actor, “una de las más legítimas glorias del teatro español”, ofreciéndose los propios firmantes a abonar el precio de la placa que llevaría su nombre. El Consistorio, aceptando por unanimidad la petición de los vecinos, decidió otorgar el honor de llevar el nombre del actor a la calle Almirante Pinzón (que ya había sido designada como José Nakens, pero que tras la resolución este último nombre pasaría a la antigua calle Conde de Gomar). A finales de este mes llegó una carta al propio Ayuntamiento remitida por Emilio Ruiz Tatay, hermano de Leovigildo, donde agradecía a la Corporación todas las atenciones prestadas tras la muerte de su hermano. La Alcaldía aprobaría la idea de suscripción popular para la compra de la lápida que llevaría su nombre y que se colocaría en la antigua calle Almirante Pinzón. El homenaje y el descubrimiento de la placa se llevarían a cabo el día 22 de noviembre de 1931 (a las 11 de la mañana), acto al que asistiría el pleno del Ayuntamiento. Este acontecimiento se completaría con las palabras del Comandante de infantería José Ruiz Serrano.
Leovigildo murió el sábado 1 de agosto de 1931, debido a una rápida enfermedad. Tal como indican los obituarios sobre el acontecimiento, “…la infausta nueva llegó rápidamente a los Círculos teatrales y literarios, donde el finado gozaba de unánimes simpatías y fervorosa admiración por su atrayente simpatía, su talento artístico y dotes de caballerosidad, produciendo en todos, amigos y admiradores, un profundo pesar. Con la muerte de Leovigildo Ruiz Tatay pierde la escena española uno de sus más valores positivos. El teatro clasico tuvo en él un intérprete de la más depurada escuela dramática”.
La figura de Leovigildo Ruiz Tatay quizás es aún demasiado desconocida para muchos zalameños, aunque hay que tener en cuenta que su nombre, otorgado a la citada calle, ha perdurado a través de tres regímenes desde la propia Segunda República, teniendo en cuenta que es característico el cambio del nomenclátor del callejero con cada cambio de régimen político: “...Zalamea, pueblo milenario, que ha conocido de muchas culturas, no podía ser sordo a la voz de este hijo del pueblo, y el espíritu popular se manifestó más de una vez ante el arte exquisito de tan consumado actor.[...] Verdad es que ha conocido las glorias del triunfo, de los aplausos, de los apretones efusivos de manos, obsequios, regalos y la dulce sonrisa de una dama gentil que ha premiado de esta suerte su arte magistral.... ¡Pero cuantos sinsabores para conquistar la gloria! ¡Y ahora, la gloria póstuma, la de su pueblo!...”.
A ello unir, como no podría ser de otra manera, la denominación del Teatro Municipal en la actualidad, conocido como “Teatro Ruiz Tatay”.



José Manuel Vázquez Lazo.

domingo, 30 de diciembre de 2012

La Reliquia de San Vicente Mártir en Zalamea la Real


San Vicente Mártir
La Fe, la fides latina, sin duda es uno de los pilares más consistente en la vida del hombre religioso. Esa Fe no es más ni menos que la creencia en algo o en alguien en quién depositamos nuestra confianza. En el caso del cristiano-católico, un Dios único al que denominamos Yaveh. Pero la Fe monoteísta del Antiguo Testamento que posteriormente adoptó el Cristianismo en todas sus Iglesias, poco tiempo mantuvo el valor originario de creencia en lo etéreo, tal como indicaba San Pablo en su carta a los Hebreos “la Fe es la certeza de lo que se espera y la evidencia de lo que no se ve” (Heb 11:1). Así, a lo largo de la Historia, el Cristianismo tuvo que fortalecer esta fe en base a una serie de elementos que acercaran el conocimiento de lo divino a una población en la que la abstracción de la deidad no era suficiente para mantener viva la llama de sus creencias. Entre dichos elementos aparecieron las reliquias, elementos tangibles, visibles, perceptibles y materialmente cercanos al hombre, que hacían que esa fe primigenia en lo desconocido asumiera un importante valor material para enfatizar la confianza en Dios. Éstas fueron elementos directamente relacionados con los Santos (ropajes, lugares de martirio, objetos tocados por ellos,…) o, con mayor importancia, sus propios cuerpos (o parte de ellos).
Desde los primeros cristianos comenzaron a conservarse elementos relacionados con aquellos que habían sido perseguidos y martirizados. La adoración de estos destacados hombres de fe, muchos de ellos encumbrados a la categoría celestial de Santos y Mártires del cristianismo, fragmentó en cierta medida el monoteísmo primigenio y abrió de alguna manera el espectro celeste a adorar. Fue entonces cuando muchas comunidades experimentaron la necesidad de conservar entre sus elementos de adoración reliquias de sus hermanos asesinados en persecuciones paganas, lo que dio origen a todo un entramado de búsqueda, conservación e incluso combates entre fieles en pos de la consecución  de dichos vestigios divinos.  A partir del siglo VI muchos de los cuerpos de los mártires conservados en las diferentes comunidades comenzaron a fragmentarse para  cubrir la demanda en el mundo cristiano. Y todo ello, por supuesto, acrecentado durante la Edad Media, en la que el mundo en torno a las reliquias de los santos constituye una parte destacada de esta etapa histórica. Las reliquias dieron prestigio a dichas ciudades.
Brazo incorrupto de San Vicente conservado en la Catedral de Valencia.
Quizás las reliquias más importantes sean las relacionadas directamente con Jesús de Nazaret, como el Sudario de Turín o el Lignum Crucis (entre otros elementos). Pero no de menor grado de adoración son elementos relacionados con los Santos. Para no alargarnos y centrarnos en San Vicente, decir que muchos han sido los elementos que se han adorado del Mártir oscense. Destaca la Túnica de San Vicente, que libró a las zaragozanos del asedio de los francos de Childeberto a mediados del siglo VI, cuando sus habitantes se pusieron bajo la protección de dicha prenda. En agradecimiento, el Obispo de Zaragoza , tras levantar el propio asedio, entregó al rey franco la túnica, que fue trasladada a París, donde se construyó el edificio religioso más antiguo de la ciudad, dedicado a la Santa Cruz y a San Vicente Mártir. Además algunos autores citan elementos del Santo repartidos por varias ciudades y pueblos de España, Francia, Italia y Portugal, destacando el brazo de San Vicente que se conserva en la Catedral de Valencia.
A este respecto, hace 236 años llegó a nuestra localidad una reliquia de San Vicente Mártir para que los zalameños pudieran adorar, más allá de la imagen del mismo, sus restos. En el mes de mayo de 1777, el Reverendísimo Padre Maestro Manuel Gil Clérigo Menor traía desde Roma a la villa de Zalamea restos del Santo y una bula que autentificaba la reliquia. Como Visitador General del Arzobispado había ido a Roma a entregar sus informes y de allí había aportado unos restos de San Vicente “...para que quedase en esta villa su patria como una expresión o señal del mucho amor que lo profesa...” Sebastián Millán, Hermano Mayor de la Cofradía, se congratulaba del hecho, agradecía al Padre Manuel Gil la traída del vestigio y emplazaba al sacerdote Francisco Martín Lancha a custodiar en el archivo eclesiástico la bula que autentificaban los restos del santo. Ésta, escrita en latín, indicaba lo siguiente:

Documento que acredita la autenticidad de la reliquia . 
Francisco Antonio Marcucci, Patricio Asculano de la Inmaculada Concepción, por la gracia de Dios y de la Sede Apostólica obispo de Monte Alto en el Piceno, Abad de Monte Santo, en el Abruzo, Prelado doméstico de Su Santidad y Asistente al solio pontificio, y Vicario de Roma.
A todos y a cada uno de los que vieran nuestras presentes cartas, damos fe y testificamos que, para mayor gloria de Dios y veneración de sus santos, hemos dado y concedido una reliquia sagrada de los huesos de San Vicente Mártir, extraída de lugares auténticos, y legítimamente reconocida y colocada en una teca de plata, de forma oval, protegida por un cristal, bien cerrada y atada con una cinta de seda de color rojo, con la facultad de retenerla, donarla a otros, y de exponerla a la publica veneración de los fieles y colocarla en cualquier iglesia, oratorio o capilla.
En fe de lo cual, mandamos a nuestro Secretario, que suscribe, expedir las presentes letras testimoniales, suscritas de mi mano, y refrendadas con nuestro sello.
Dado en Roma, en nuestra sede, en este día veinticuatro de mayo del año mil setecientos setenta y siete.
Francisco Antonio, obispo de Monte Alto,Vicario.
Pedro Argenti, secretario. Gratuito
Pocos meses después, el 20 de diciembre,  el Arzobispado ratificaba la autenticidad de la reliquia y de la bula a través de un auto de aprobación y licencia. El licenciado Ignacio Zalduendo y Luquin “...haviendo visto y reconocido en presencia de mi, el insfrascripto Notario maior la reliquia que se expresa en la authentica de la buelta, y hallandola conforme a ella, su señoria la dec1aró por cierta y verdadera, y la aprobaba y aprobó por tal, y dio su licencia para que se pueda exponer al publico en qualquier lugar sagrado para que se le de el debido culto y veneración pública...”
 La reliquia la conservó la cofradía en la iglesia parroquial y la bula en el archivo de la iglesia. Ambos vestigios pudieron desaparecer del recinto tras la entrada de las tropas napoleónicas en Zalamea y tras los destrozos y robos ocasionados en el templo al usarlo como lugar campaña. En aquella ocasión la mayor parte del patrimonio documental desapareció con la destrucción del archivo, además del robo de los ornamentos que componía en patrimonio del lugar.

                                                                                              José Manuel Vázquez Lazo

domingo, 2 de diciembre de 2012

Las Candelas en Zalamea la Real. Del dogma inmaculista a la celebración popular.


La honra, celebración y defensa de un hecho puramente teológico y dogmático como es la Inmaculada Concepción de la Virgen María fue fortaleciendo el corpus antropológico, religioso, patrimonial y cultural de muchos lugares de España a lo largo de la Historia. La gran mayoría de estos elementos festivos se fueron conservando en el tiempo hasta completar el hecho tradicional y cultural de muchas localidades españolas. Zalamea la Real es una de ellas, ya que contempla en su calendario festivo anual una de las tradiciones más arraigadas de su historia: “El Día de las Candelas”, celebrado en la octava del novenario a la “Purísima Concepción”.
La definición del dogma de la Inmaculada Concepción se consolidó el día 8 de diciembre de 1854 a través de la Bula Ineffabilis Deus,  emitida por el entonces Papa Pío IX: “…Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción…” (la fecha de la celebración van en correlación con la festividad del nacimiento de la Virgen, 9 meses después, el día 8 de septiembre y cuya festividad parece ser anterior a la de la Inmaculada). Así la Iglesia Universal preservaba la idea de que María, madre de Jesús de Nazaret, no había sido manchada por el Pecado Original al que están expuestos el resto de humanos tras la desventura de Adán y Eva por su desdichado  affaire en el Paraíso.
A pesar de que la devoción a María sin mácula había calado desde hacía siglos en la mayor parte del mundo católico popular, la Iglesia no había dado el paso definitivo para considerar el hecho como algo teológicamente admitido. De hecho, el propio Santo Tomás de Aquino había sido uno de los grandes detractores de la pasión inmaculista, hasta tal punto que sus teorías habían demorado, en gran medida, el acuerdo definitivo para ser aceptada como teológicamente veraz. La premisa tomista indicaba que  la Virgen no pudo ser concebida Inmaculada, porque entonces no habría sido redimida por Jesucristo en su muerte de cruz. El culto, muy popular ya en el siglo XII, no encontraba una solución teológica final en el XIII. Incluso la Sede Apostólica Romana no apoyaba dicha festividad, por considerarla como un asunto meramente popular. Frente al cauteloso posicionamiento de Santo Tomás, encontramos, también en el siglo XIII, a Duns Escoto, que no dudó en argumentar con firmeza la veracidad de la inmaculada concepción de la Virgen. De esta manera, los teólogos decimonónicos que afianzaron las bases del dogma asumieron las premisas del pensador escocés,  indicando a este respecto que Dios había preservado a María de toda mancha en atención a que iba a ser madre de Jesús. La infalibilidad papal de Pío Nono consolidó el dogma.
Pero la defensa, acérrima en muchas ocasiones, de este hecho parte mucho más atrás en el tiempo. Ya San Fulgencio o San Ildefonso, en los siglos VI y VII habían declarado su convencimiento sobre el nacimiento inmaculado de María. Incluso en el IV Concilio de Toledo (633) se ensalzó la reforma del Breviario realizada por San Isidoro de Sevilla, donde se hablaba del Oficio de la Inmaculada Concepción de María, al que llamaba preservada de la culpa original.  En el XI Concilio de Toledo, el rey Wamba también defenderá la Purísima Concepción de María. Desde el siglo XIV, la gran mayoría de las cofradías religiosas españolas adoptarán entre sus postulados la defensa del nacimiento inmaculado de la Virgen. Monarcas españoles de gran trascendencia histórica como Fernando III el Santo, Carlos V o Felipe II fueron acérrimos defensores de la Purísima, llevando sus insignias a los campos de batalla, o declarando, como hizo éste último, la obligación de las Universidades españolas ( y a otras instituciones) de hacer voto de defender el misterio. Incluso en 1644, al margen de la declaración definitiva de Roma algunos años más tarde, la conmemoración sería declarada “fiesta de guardar” en España, adoptándose a la Inmaculada oficiosamente como patrona del país.
El 25 de diciembre de 1760 el Papa Clemente XIII, mediante la bula “Quantum Ornamenti”, y tras la petición del rey Carlos III (que crearía en honor a la Purísima la Órden de Carlos III en 1771), declaraba a María Inmaculada, patrona de España. Un año después, el 3 de diciembre de 1761 se decidió instaurar una función principal a la Concepción en Zalamea la Real. Juan Román López y Pedro Marín Moxedas, Alcaldes Ordinarios; Pedro Gómez Moreno, Alguacil; Alonso Bautista Romero, Joseph González, Thomas Sánchez Bexarano y Juan Díaz Serrano, Regidores del Consejo, Justicia y Regimiento de la villa decidieron que “…como es publico y notorio como por nuestro Mui Santo Padre Clemente trece que actualmente gobierna la universal iglesia por un especial breve dado en Roma en 8 de noviembre del año pasado de 1760, a nombrado a la reyna de los Ángeles Maria Santísima Nuestra Madre y señora en el misterio de su inmaculada concepción por patrona universal y principal de toda la España sin detrimento del Patronato principal y general que en ellos tiene el Apóstol Santiago: y con esta noticia el cavildo eclesiástico de esta villa para mas onra y gloria de Dios Ntro. Sr. Y dicha soberana reyna an acordado hacer fiesta a esta señora el día de su Purísima concepción de este año con su octavario...”. Para la fiesta se destinarían 800 reales de los bienes de propio para sufragar los gastos de los fuegos de mano y ruedas, para pagar al tamborilero que tocaría durante toda la octava y para la fiesta particular del sexto día “... y publíquese que todos los vecinos de esta villa en los días 7, 8 y 12 de este presente mes según la posibilidad de cada uno y a estilo del país pongan luminarias en las ventanas y puertas de sus casas para mayor regocijo y solemnidad de estas funciones...”.
Así nacía, oficialmente, la festividad de la Inmaculada Concepción en Zalamea la Real. Y tomamos esta fecha, teniendo en cuenta que no tenemos documentación anterior a este hecho que nos muestre otra cosa, como génesis de dicha solemnidad en la localidad y como origen del “Día de las Candelas”.
A la celebración religiosa con su novenario, la Purísima cuenta en Zalamea con una de las festividades más entrañables de la localidad. Desde los primeros días de diciembre, niños y no tan niños comenzarán a recoger de los montes grandes haces de leña de la planta de la jara (cistus jara) para configurar enormes piras en las calles zalameñas. Grupos de niños, jóvenes y adultos formarán estas grandes lumbreras en las principales calles de la localidad. Con un cuerpo central formado por un esqueleto de maderos y troncos, la pira será forrada con las jaras recolectadas días antes. En la víspera de la celebración, es decir, en la tarde- noche del 7 de diciembre, tras la ceremonia de la novena, y con el repique de campanas como señal de inicio del encendido, las calles del pueblo se ornarán con el fuego de las enormes hogueras, que ofrecerán una enigmática y bella imagen de la noche zalameña en los preludios de la Navidad. El fuego purificador se hace presente en esta fiesta, usando este elemento de la naturaleza como elemento ceremonial por el hecho de la concepción inmaculada de la Virgen. Si utilizamos la analogía que nos ofrece esta misma festividad en otras localidades de Extremadura o Castilla la Mancha, con una similitud casi pasmosa (hacimientos de enormes piras y quemas de “Jachas” hechas de gamonitas), los estudiosos de dichas localidades hablan del fuego de las hogueras como la representación de la pureza de la Virgen María. Junto a las grandes candelas, otro elemento tradicional que completa la costumbre de este día: las jachas. Los padres y abuelos, semanas antes, habrán salido al campo a recoger en pequeños haces la planta seca de la gamonita, para formar alargados hachones. Éstos serán usados por los niños que, acercándose a las candelas, les prenderán fuego  y las quemarán a modo luminaria. La estampa nocturna se completará con los estruendos producidos por el lanzamiento de cohetes y petardos.
Actualmente esta histórica tradición zalameña de la Edad Moderna goza de buena salud, consolidándose como costumbre desde hace algunos años, el terminar la noche asando carnes y chacinas en el borrajo de la candela ya liquidada.

José Manuel Vázquez Lazo





lunes, 29 de octubre de 2012

"Sit tibi terra levis". La muerte en Zalamea la Real durante el Antiguo Régimen.


Que la tierra te sea leve. La idea de trascendencia que los romanos otorgaban a la vida más allá de la muerte generó este tipo de epitafios que confirmaba la idea de una vida más allá de la vida. Usado de forma generalizada en gran parte de las lápidas de época romana precristiana, la abreviatura S·T·T·L  (y sus variantes) ofrecía al difunto el consuelo de los vivos para soportar el peso de la tierra sepulcral. Esta idea de trascendencia es consustancial al hombre, o al menos a los miembros de aquellas culturas y sociedades que generaron algún tipo de consciencia mística o espiritual a lo largo de la Historia. Hemos comprobado en múltiples ocasiones cómo desde los albores de la Humanidad los seres humanos han intentado ofrecer a sus difuntos un liviano traspaso del mundo de los vivos al de los muertos a través de una serie de rituales y liturgias propias de cada época. Y un ejemplo muy cercano lo tenemos en los dólmenes que aún mantienen sus estructuras en nuestros campos, los vestigios ceremoniales y sepulcrales más antiguos conservados y repartidos por gran parte del término municipal de Zalamea la Real.
La riqueza antropológica, más allá de la histórica, que ofrece el hecho de la muerte y de su afrontamiento por parte de los hombres, brinda a los investigadores un importante caldo de cultivo para la investigación de la mentalidad de los individuos de cada época. Así podemos decir que el estudio de la muerte es uno de las empresas más destacadas de aquello que se conoce como Historia de las Mentalidades.
Dejando a un lado el estudio de la muerte en época prehistórica y antigua, y saltándonos la Edad Media, nos introduciremos en los entresijos de la llegada de la muerte a un hogar zalameño del siglos XVIII, cuando la religiosidad prácticamente rodeaba las formas de actuar y de pensar de los habitantes de este pequeño núcleo de población del antiguo Arzobispado de Sevilla.
Si es cierto que el hecho absoluto de la muerte, es decir, el cese de la vida, afecta a todos los ciudadanos por igual, el proceso que envolvía a la misma no se desarrollaba en todos los hogares de forma paralela. En función de la capacidad adquisitiva de cada familia, el moribundo tendría uno u otro trato en su propio sepelio. No cabe duda que, como pasa hoy en día, los entierros no eran fruto de la gratuidad de las personas ni de la iglesia, sino que su conquista estaba determinada por el bolsillo del fenecido. Aquellos que por circunstancias mundanas habían caído en la pobreza y en la enfermedad, o se encontraban lejos de su hogar, o no tenía más recursos que la calle, sufrían un controvertido acceso a un entierro cristiano digno. De ahí la aparición de los Hospitales de la Sangre o de los Hospitales de la Caridad que se hicieron cargo de aquellas personas que ahogaban sus vidas en la más extrema pobreza y en el olvido. A este respecto la Historia de Zalamea la Real nos ha dejado claros ejemplos del cuidado asistencial de los pobres. Tenemos constancia documental de la existencia de tres hospitales en la localidad:  la Hermandad de la Vera Cruz (1580) ejercía su auxilio en el Hospital de la Sangre u Hospital de Santa María de Augusta, donde se daba acogida a peregrinos, enfermos, pobres y moribundos y donde se ejercía la caridad con ellos aportándoles atención. Dicho Hospital ya formaba parte de la cofradía desde su fundación, teniendo, además de las funciones asistenciales, las propias de culto:  “...establecemos y hordenamos esta nuestra hermandad a gloria y honra del omnipotente dios y de la soberana virgen nuestra señora del angustia y culto de la santa vera cruz para provecho y augmento de nuestras animas hordenamos la Regla y capítulos siguientes cuyo titulo y devoción queremos tener en el Hospital de Santa Maria del Angustia de esta villa de çalamea a donde los cofrades y hermanos se quiera ayuntar a hacer sus cabildos y fiestas y devociones de disciplina del jueves santo...” ; la Hermandad de San Vicente (1425), que recordemos indicaba en sus reglas que Juan de las Armas y su hermana Catalina González cedieron las casas y Hospital que se nombro Hospital de la Cofradía del Señor San Vicente, indicando además en sus reglas que “…se a de dar la charidad a todos los que binieren a rrogar a Dios por los diffuntos y a los niños que binieren y para este effecto se ha de comprar el bino que la hermandad acordare conforme viere la hermandad y los quessos que ffueren menester y sea de acer cocido[...]y sea de rrepartir en esta forma con los hermanos y pobres que binieren a reçar y con los niños que vinieren a el dicho hospital dándole a cada uno su limosna igualmente de pan, queso y vino...”.;  y en tercer lugar el Hospital de Nuestra Señora de la Asunción “…que bulgarmente llaman el Hospital de Balera …”, o al que se denominó también en tiempo Hospital de San Francisco, al que dedicaremos un artículo futuro. Junto a estos hospitales, otro ejemplo de consuelo del más necesitado lo tenemos en la existencia de la Hermandad de la Santa Caridad, que ofrecía “…asistencia de pobres, curación de algunos enfermos que en el discurso del año se recogen en el Hospital, entierro que se hacen de limosna y otros que se le ofrecen los costea el número de hermanos según su propia ordenanza hechas por sí y que están con aprobación del eclesiástico...”.
Además de todo ello, cada una de las Hermandades existentes en el pueblo tenía una serie de obligaciones que cumplir para el velo y sepelio de los hermanos difuntos, con lo que todo el mundo tenía garantizada, de alguna manera, la oración y el respeto ante la muerte y su traslado a la sepultura.
Pero aquellos personajes más pudientes, en función de su riqueza y del deseo de  mantener su alma a buen recaudo, sí que tenían un protocolo bien demarcado  en sus horas finales. Fiel reflejo de ello es el estudio de los testamentos que se conservan en los archivos y que ponen de manifiesto una clara imagen de esa mentalidad piadosa del hombre ante la muerte. No vamos a hacer en este escueto artículo una extensa disertación sobre el hecho de la muerte del hombre del Antiguo Régimen en Zalamea la Real, pero, al menos, vamos a identificar los componentes más destacados del texto final del moribundo a la hora de hacer testamento, pues ahí si que se pone de manifiesto la situación psíquica del doliente ante lo que se le avecinaba, y es que memento homo, quia pulvis es, et in pulieren reverteris.
Pongamos algunos ejemplos:
1         La invocación: Cada testador y cada escribano público utilizará en el texto del testamento una serie de apartados cuyo contenido literal será revelador de los últimos deseos del agónico personaje. El primero será la invocación, donde se abría el testamento invocando a la divinidad (Dios, la Virgen, los Santos y la Santísima Trinidad):
§        “En el nombre de Dios nuestro Señor Todopoderoso Amén” (Testamento de Francisco Domínguez Bernal en 1797).
§        “In Dei Nomine, Amen”  (Testamento de Juan de la Cruz López en 1797)
§        “En el nombre de Dios Amén” (Testamento de Gabriel Alejandro Sanz en 1791)
2       La salud: tratándose de su última voluntad, el testador, que iba a ceder a sus herederos las posesiones que estimaba oportunas, dejaba bien claro ante el escribano público su completa disposición mental para hacerlo, a pesar del  definitivo momento vital por el que atravesaba. Era esencial para que los herederos no alegaran ningún tipo de manipulación en la concesión de heredades motivadas por la delicada salud del futuro finado.
§        “…estando enfermo del cuerpo y sano de la voluntad, en mi entero juicio y entendimiento natural y que Dios nuestro señor fue servido quererme dar…”   (de Francisco Domínguez Bernal en 1797).
§        “…hallándome como me hallo con una avanzada edad y con varios achaques habituales que trae consigo y al presente en cama pero en mi cabal juicio, habla, memoria y natural entendimiento qual la divina majestad ha sido servido quererme dar…”  ( de Juan de la Cruz López en 1797).
§        “…estando gravemente enfermo del cuerpo pero sano y libre de mis potencias y sentidos, en mi entero juicio y entendimiento natural que Dios nuestro señor fue servido quererme dar…” (de Silvestre González, de El Villar, en 1797).
3        La Protestación de Fe: es el apartado del testamento donde el enfermo va a declarar profusamente su fe católica. Toda una declaración de fidelidad a sus profundas creencias cristianas:
§        “…creyendo como firme y verdaderamente creo en el soberano y Divino Misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas, y un solo Dios verdadero, en todos los demás artículos y misterios, que cree, confiesa, predica y enseña nuestra Santa Madre Iglesia Catholica, Apóstolca, Romana bajo cuya fe y creencia he vivido y protexto vivir y morir como fiel católico christiano y porque temo la muerte, que es cosa natural a toda criatura humana…”  (de Francisco Domínguez Bernal en 1797).
§        “…después de confesar como verdaderamente confieso por ciertos y verdaderos  todos los soberanos misterios de nuestra Santa Religión que están contenidos en el Credo, y artículos de la santa fee, los que creiendo sin duda alguna, y lo demás que Dios ha revelado a su esposa amada Nuestra Santa Madre la Iglesia, y esta ha porpuesto, en cuia firme fee y segura creencia he vivido siempre, y espero morir…”  (de Gabriel Alejandro Sanz en 1791).
4       La encomienda: el doliente  muestra la disposición del futuro difunto para dejar su alma en manos de Dios:
§        “Encomiendo mi alma a Dios Nuestro Señor, que la crió de la nada, hizo y formó a su ymagen y semejanza y redimió de la culpa con el infinito precio de su Santísima Sangre, Pasión y Muerte que por ello padeció y le suplico me la quiera llevar a su gloria eterna con sus excogidos y el cuerpo ofrezco a la tierra de cuio elemento fue formado…” (de Juan de la Cruz López en 1797).
§        “…encomiendo mi alma a Dios Nuestro Señor, que con su poder la crió de nada y la pongo en sus divinas manos pues de ellas la recibí para que mediante  los superabundantes méritos de mi señor Jesu Christo quien a costa de haver derramado su sangre preciosísima la redimió con ella, se digne por propio efecto de su bondad inmensa llebarla a descansar a la eterna gloria, teniendo misericordia de ella y perdonándome todas las culpas y pecados con las demás ofensas que contra su divina Magestad hubiere ejecutado y cometido.” (de Gabriel Alejandro Sanz en 1791).
5        La Intercesión: el cristiano, temeroso de Dios a lo largo de la historia, buscó intercesores celestiales para acceder al Dios verdadera como paso intermedio para llegar a la gracia divina. Los testamentos también ponen de manifiesto la particular devoción de cada testador:
§        “…para lo que invoco por mi intercesora y abogada a la Soberana siempre Virgen María y demás Santas y Santos de la Gloria que rieguen a Dios por mí…” (de Francisco Domínguez Bernal en 1797).
§        “…para lo qual pongo por intercesora, medianera y abogada a la Reyna de los Ángeles María Santísima Señora Nuestra  a el Santo Ángel de mi Guarda, los de mi nombre y devoción, y a todos los demás de la Corte Celestial para que impetren y me alcanzen de Nuestro Señor y Redentor Jesu-cristo el perdón y remisión de todas mis culpas y pecados, que por sus infinitos méritos espero conseguir y que después de esta presente vida lleve mi alma a gozar de su beatífica presencia…” (del Bachiller Manuel Bernal, Presbítero, en 1836).
6       La sepultura: como decíamos al inicio, no todos los habitantes de la localidad tenían el mismo tipo de enterramiento. Por regla general, aquellos que hacían testamento eran las personas de vida más acomodada, por lo que generalmente poseían un lugar de enterramiento (siempre en el interior de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción) que había pertenecido históricamente a su familia. Además de ellos, los Sacerdotes tenían un lugar privilegiado de enterramiento, normalmente en el Coro de la Iglesia o bajo el altar mayor. Junto al lugar de sepultura, es indicativo la mortaja usada por cada difunto, dispuesta con antelación a la muerte en el mismo testamento:
§        “Y mando que verificándose mi fallecimiento mi cuerpo sea sepultado en la yglesia parrochial de esta villa su título Nuestra Señora de la Asumpcion con la mortaja de costumbre, y se me haga un entierro según y en mi conformidad lo dispusiese Juan Domínguez Bernal, mi hijo legítimo a quien he nombrado por uno de mis albaceas…”  (de Francisco Domínguez Bernal en 1797).
§        “…mando que verificándose mi fallecimiento, mi cuerpo sea sepultado en la Iglesia Parrochial de esta villa, amortajado con la túnica blanca que tengo como Hermano de la Hermandad de la Santa Vera Cruz…” (de Manuel Lorenzo Trigo en 1774).
§        “…item, mando que verificándose mi fallecimiento, mi cuerpo amortajado, según dispusiesen mis albaceas, sea sepultado en la iglesia Parrochial de esta villa, su titular Nuestra Señora de la Asunción, en una sepultura de la capilla de Nuestra Señora del Carmen…” (de Lucía Gómez en 1775).
§        “Mando que cuando Dios Nuestro Señor Sea mandado llevarme de ésta para la otra vida, mi cuerpo sea sepultado en la Iglesia Parrochial de esta villa en una sepultura que para este efecto se me abrirá en la entrada de una de sus puertas  la que mira al mediodía amortajado con el habito de Capuchinos de cuia Religión soy y he sido síndico y hermano espiritual y enzima las vestiduras sacerdotales” (de Juan Lorenzo de Bolaños, Presbítero, en 1776).
§        “…verificado mi fallecimiento, quiero que sea sepultado en la Iglesia Parrochial de esta villa con vestiduras sacerdotales y en la sepultura que mis albaceas elijan, pero mi voluntad es que sea en el coro, a los pies  donde tengo mi asiento como tal cura.” (Juan Vázquez de León, Presbítero, en 1771).
§        “…mando mi cuerpo a la tierra de que fue formado y por cuanto soy único Patrono y Fundador de la devota Hermita del Santo Sepulcro de esta villa por haberla hecho construir y edificar a mis expensas según consta de los justos y legítimos títulos que de todo tengo, quiero y es mi voluntad que usando de la licencia que para hacerlo se halla en mi poder, sea en ella enterrada mi cuerpo y se le de sepultura en el modo y forma que aquí se expresa…” (de Gabriel Alejandro Sanz, en 1791).
7        El entierro: el deseo de perpetuar el alma en la gloria del cielo llevó a los testadores a crear todo un entramado de misas por su alma que, por ello,  logró mantener un nutrido grupo de sacerdotes en Zalamea (hasta 43 simultáneamente se contabilizan en cierta la Modernidad zalameña). La fundación de Capellanías y Obras Pías por los ciudadanos de mayor capacidad monetaria también logró sustentar a muchos sacerdotes beneficiados que vivieron de las rentas de las misas que los finados dejaban pactadas por escrito:
§        “…se me haga un entierro de tres posas en el tránsito, una vigilia, Misa Cantada de Cuerpo Presente y después unas grazias que vendrán a rezarse a las casas de mi morada. Así mismo se me diga otra misa cantada en lugar de cabo de año, y que en este día se repitan otras grazias como las antecedentes en dichas casas. Ygualmente mando se digan por mi ánima e intención las de dichos mis Padres y demás del Purgatorio que sean de mi obligación, ciento y cincuenta misas; y por cargos de conciencia, cincuenta, todas rezadas, con la limosna de quatro reales de vellón cada una, la quinta parte de todos a la Colecturía y las demás las distribuirán mis albaceas para que sean dichas en esta citada villa y solo en el caso que no puedan ser aplicadas con brevedad los podrían mandar decir fuera de ella…”  (de Juan de la Cruz López en 1797).
§         “el día de mi fallecimiento, o en el siguiente, se cante una misa de vestuario en el altar del Señor San Miguel que está en la Hermita de Señor San Juan Bautista de esta villa […] Mando y ordeno que aquella cera que se suele poner en las sepulturas para sufragio de las almas de los que yacen en ellas, y que por charidad me havian de poner en la mía mis parientes, o amigos, lo pongan en el Altar donde esta el Santísimo Sacramento oculto o manifiesto pues quiero cederle al Señor este honor […] Mando y es mi voluntad instituir, y de hecho instituyo una memoria perpetua de nueve misas rezadas, su limosna 3 reales de vellón cada una, las que quiero se digan en la hermita de esta villa conocida a el presente por el de la Pastora, en el altar propio del Señor San Miguel, que he costeado a mis espensas, haciéndole camarín, retablo y demás adornos que hoy tiene […]” (de Juan Lorenzo de Bolaños, Presbítero, en 1776).
Al margen de la imagen de la muerte durante el periodo, ni que decir tiene la riqueza informativa que nos dejan los testamentos a la hora de estudiar otros aspectos de la vida zalameña. La visión que nos ofrece este tipo de documentos es especialmente relevante para conocer mentalidades, lugares, fechas, nombres, cargos, personajes y heredades durante la Edad Moderna en Zalamea la Real.
La muerte, como hemos podido comprobar, es su faceta más material, distinguía entre ricos y pobres (aunque esta verdad no dista mucho de lo que hoy en día se manifiesta). Pero, como dice la locución latina, aequat omnes cinis, la ceniza nos iguala a todos.

José Manuel Vázquez Lazo