martes, 24 de julio de 2012

Federica Montseny y el anarquismo zalameño.

El movimiento anarquista español pasó, desde sus inicios a finales del siglo XIX, de un sin fin de organizaciones obreras desorganizadas y descentralizadas por todo el panorama sindicalista español a la implantación de un anarcosindicalismo fuerte, organizado y bien estructurado a nivel nacional a principios de la década de los 20, y sobre todo, muy activo, en los albores de la Segunda República. Durante los años anteriores al régimen republicano obtuvo uno de los papeles principales, sobre todo dentro del panorama  de lucha obrera, motivo que le enfrentó de forma directa con el sindicato socialista UGT.  A finales del siglo XIX, sobre todo a partir del año 1899, el anarquismo andaluz experimentaría una gran recuperación, gracias al movimiento sindicalista, que poco a poco iría implantando las tesis anarquistas en los campos de Andalucía.

En el año 1910 se culminaría con la constitución de CNT  (Confederación Nacional del Trabajo), sindicato de fuerte implantación anarquista, cuyos principales objetivos  eran aquellos que el anarquismo internacional promulgaba: la consecución de la sociedad libertaria y el triunfo de todas las demandas de la masa obrera. Las nuevas tesis cenetistas no llegarían a Andalucía de forma directa, puesto que las luchas internas entre anarquismo puro y anarcosindicalismo en la región ralentizaron este hecho. No obstante, a medida que los primeros adoptaron las teorías de los segundos, el proceso de implantación del sindicato CNT se aceleró de forma extraordinaria.  En 1919, tras los acuerdos acordados en el Congreso  de CNT celebrado en Sants un año antes, se fue difundiendo por Andalucía la nueva estructuración sindical, representada en el llamado Sindicato Único, que englobaría a todos los trabajadores de un mismo oficio para así acrecentar la eficacia de la lucha revolucionaria. En las zonas urbanas se implantarían estos sindicatos únicos, agrupados en federaciones locales; y el ámbito rural la agrupación se realizaría en Federaciones Comarcales.

La proclamación de la Segunda República en Abril de 1931 provocó un  gran número de cambios políticos que promovieron grandes expectativas de esperanza en la masa obrera, puesto que veían en el nuevo régimen el gran valuarte para la consecución de los objetivos que durante siglos se les habían negado. Pero esta euforia inicial poco a poco se iría apagando, sobre todo con el devenir de los acontecimientos y por la demora en la llegada de soluciones directas para el obrero. La política de CNT para el campo andaluz ya se definió en el Congreso Nacional celebrado en el mes de Junio de 1931, dos meses después de estrenarse el nuevo régimen democrático. El objetivo principal no era obtener tierras para los afiliados al sindicato cooperando con los postulados republicano-socialistas expuestos en el texto de la citada Reforma Agraria, sino que se pretendía preparar a la masa campesina para la revolución y para la experiencia anarcosindicalista. El proceso de implantación de este anarcosindicalismo de CNT en el campo andaluz llegó a ser un grave problema para el régimen republicano, hasta el grado de ser la espoleta que provocó la caída del gobierno Azaña en 1933 tras, los sucesos de Casas Viejas.

Según Cristóbal García, la provincia onubense experimentaría un gran auge, en valores absolutos, entre los años 1919, 1931 y 1932, pasando de 2.983 a 4.730 y a 14.995 afiliados respectivamente. La gran mayoría de los anarquistas de Huelva constituirían un grupo seguidor de las tesis de ángel Pestaña: los llamados sindicalistas y posteriormente treintistas. Los sectores más comprometidos con la ortodoxia anarquista (FAI) se ubicaban en la Cuenca Minera, y sobre todo en Nerva y en Salvochea. Aunque Riotinto y Zalamea la Real también aglutinarían un gran número de afiliados.

La organizadción de CNT en Zalamea la Real decir apareció en los primeros meses de la Segunda República, y en concreto en el mes de diciembre de 1931. El grupo  de anarquistas zalameños se englobarían en una sección del Sindicato comarcal, estructuración derivada del Congreso anarquista de Sants y que se denominaría a efectos legales como CNT. Sindicato Único de Trabajadores de Riotinto y su comarca. Sección Zalamea. El día 7 de diciembre de 1931 se constituiría de forma legal la sección zalameña del sindicato CNT, apadrinada por la sección de Nerva, tras la asamblea general celebrada dos días antes en la Plaza de Toros de la localidad. La primera ejecutiva del grupo de CNT de Zalamea la Real estaría formada por cinco miembros: José Pascual Fontenla, como Secretario1º; Cayetano Márquez Pérez, como Secretario 2º; Manuel Gómez Nogales como contador; y como Delegados al pleno del Comité del Sindicato, José Lazo Castilla y José Coronado Cuaresma; y su local social se ubicaría en la calle Clavel, 4.  A lo largo de 1932 habría dos cambios en la dirección; y en 1933 otros tres (entre cuyos nombres estarían, además de los anteriores,  José Caballero Palmar,  Enrique Caldera Merchán, José Caballero Contreras, Manuel Caballero Palmar,  Antonio González García, Ramiro Raigada Pablo, Francisco Caballero, Andrés Márquez y Javier Barrada). Después de estas fechas, apenas contamos con documentación al respecto. 

Pero el acontecimiento más importante de cuantos se produjeron con relación al movimiento anarquista de la Cuenca fue la visita de la dirigente anarquista Federica Montseny, que en su viaje realizado por Andalucía en el verano de 1932  tenia proyectado realizar una visita a la región minera onubense. En este ambiente de consolidación de los ideales anarquistas en la zona, la visita de Montseny entre los días 22 de julio y 1 de agosto del año 1932 marcaría un hito en el calendario ácrata local.

El día 22 de julio saldría de  la ciudad de Sevilla en dirección a Nerva, donde comenzaría su andadura por los pueblos de la Cuenca, a la que  llamó, al ver el panorama que ofrecían las explotaciones mineras y el duro trabajo que ejercían los obreros, el país de Sísifo. Su descripción de la Cuenca merece ser transcrita: ¡El país de Sísifo! Las cuencas mineras, kilómetros y kilómetros de tierraviolada, abierta a tajos: ruedos enormes como monstruosas plazas de toros. Los pueblos, sin un árbol, que el carbono mortal de las minas agosta como a los hombres, extienden sus agrupamientos en los bordes de las cortas, a los lados de las carreteras, junto a las vías férreas que conducen el mineral de las minas de Riotinto a Huelva. Sucesión fantástica de volcanes en reposo; enorme extensión de terreno policromado, sugiriendo a veces imagen de una superficie lunar, mostrada por el telescopio; tal pareció ante mi vista la comarca de Riotinto.

Las primeras visiones de Federica a tenor de la situación de los obreros de las minas no eran muy halagadoras. A su entrada en Nerva la describía como un contingente aterrador de tísicos. Es el trabajo brutal de las minas el mismo aire que se respira, cargado de gases, lo que destroza los pulmones, lo que ataca primero la pleura, después la caja torácica.

En los diez días de estancia en la Cuenca dio conferencias y mítines en nueve de ellos. Con esta   intensidad de trabajo  Federica intentó arrastrar a la gran mayoría de mineros hacia la militancia anarquista, sobre todo después del grave receso que había sufrido el sindicato a favor de UGT en época de la Dictadura de Primo de Rivera. El enfrentamiento directo entre entre la CNT y la UGT se puede comprobar en las palabras que Federica lanzó a los militantes ácratas en los numerosos mítines que dio en  los pueblos de la Cuenca. La acción obrera era muy diferente entre ambas entidades sindicales: los socialistas y los comunistas (cuya línea divisoria era difícil de determinar) esperaban poder llevar al gobierno hacia  un socialismo agresivo; los anarquistas, por su parte, veían que la alteración  del trabajo y el fomento del desorden ayudarían a conseguir el objeto de derrumbar la autoridad pública

La agenda le llevó a visitar la totalidad de los pueblos de la zona: el 23 de julio, conferencia en el teatro Victoria de Nerva; el 24, estancia en Salvochea por la mañana y doble conferencia en Zalamea por la tarde; el 25, charla en el Círculo del Valle (club social de la zona residencial de los ingleses, en Riotinto) y discurso vespertino en Campofrío, además de visitar el pantano de dicho lugar; día 26, nueva conferencia en Nerva y recorrido por las minas; día 27, visita minera, junto con los libertarios de Nerva; el 28, discurso en el Ateneo Libertario nervense; el día 29 dio un discurso en el Centro Obrero de UGT de Nerva en la inauguración de un retrato de Anselmo Lorenzo, no exento de crispación. Por la noche, tras visitar las grutas en Aracena, nueva charla en el Ateneo de Nerva; el 30 de nuevo volvió por Salvochea y Zalamea, donde dio sendas charlas; el día 31 sería clausurada por el Gobierno Civil su última charla en Nerva; el día 1 de Agosto, antes de salir para Sevilla, daría su última conferencia en Valverde del Camino.

De las dos visitas que Federica Montseny realizó a Zalamea la Real podemos destacar, por su intensidad y por su trascendencia, la que realizó el día 30 de julio. El día 27 del mes en curso, José Lazo, Secretario 1º del sindicato en Zalamea por estas fechas, solicitaba al Ayuntamiento el permiso necesario para celebrar un acto público (mitin o conferencia) el día 30 a las diez de la mañana y en la plaza de toros en el que hará uso de la palabra Federica Montseny. La conferencia de la mujer que habla se realizó tras su visita a Salvochea. Allí alabó el entusiasmo de sus mujeres y de su fervor ideal en la lucha contra los socialistas, modernos caciques de aquella comarca al servicio del capitalismo colonizador inglés, destacando el poderoso núcleo de militantes de CNT con que contaba el pueblo.

En Zalamea, el grupo era reducido, a tenor de las palabras de la líder anarquista, pero el mitin en la Plaza de Toros fue un verdadero éxito. La propia Federica Montseny realizó la descripción sobre aquel acontecimiento en un artículo: En Zalamea actúan valerosamente, en medio de la hostilidad general, un puñado de camaradas, luchando a brazo partido con los de la UGT, feudales del pueblo.Todas las calles llevan nombres socialeros: calle de Indalecio Prieto, de Julián Besteiro, de Carlos Marx, de Engels, de Largo Caballero, de Saborit, mezclados con los de Azaña y Alcalá Zamora. En Zalamea, en la Plaza de Toros desarrollé el tema “los traidores del proletariado”. Estaba colérica por el ambiente hostil del pueblo, por la risilla de los social-fascistas, contemplando el paso de camaradas venidos de diferentes pueblos de la comarca, con las manos en los bolsillos del pantalón. Di un ataque a fondo al socialismo, hablando con una rapidez vertiginosa, vomitando palabras como ni yo mismo sé. Historié sus traiciones, sus bajezas, su ruindad, los crímenes cometidos por ellos contra el pueblo español, atacando con violencia a la República. El delegado me interrumpía a cada paso. Pero caldeado el ambiente por mi fuego iracundo y por el sol que caía aún aplomado sobre la Plaza de Toros, el público se mostraba dispuesto a arrojarlo abajo de lo alto del tendido donde estaba instalada la tribuna. El pobre hombre, que no se había visto en un trance parecido, optó por callar, viendo que me servía, furiosa como estaba, no de contención, sino de estimulante. Terminó el acto sin más consecuencias y habiendo hecho lo que buenamente podíamos. González, por su parte, trinaba por una hoja que habían hecho circular contra él los socialistas, calumniándole miserablemente. Retó a los calumniadores a que probasen lo que decían  o a que dieran tan solo la cara y nadie dijo: Esta boca es mía. No llegamos, en Zalamea, a lo que nos ocurrió en la arboleda durante mi excursión por Vizcaya. Pero es terrible ver de que manera allí donde hay influencia socialista se castra el espíritu revolucionario del proletario y se consigue aborregar a los hombres.

El anarquismo zalameña volvería a tener cierta trascendencia social en la comarca durante los acontecimientos desarrollados en el país en el mes de octubre de 1934.

Federica Montseny, hija de padres anarquistas, llegó a ser la primera mujer en Europa que obtuvo una cartera ministerial cuando aceptó el cargo de Ministra de Sanidad y Asistencia Social en el gobierno de Largo Caballero, entre noviembre de 1936 y mayo de 1937, en plena guerra civil. Tras la guerra, se exilió a Francia.


José Manuel Vázquez Lazo.
Zalamea Republicana. Dip. Huelva. 2004

sábado, 14 de julio de 2012

Zalamea en el Privilegio Rodado del Reino de Castilla

Reconstruir la historia de una localidad como Zalamea la Real, a priori, no es tarea fácil para el historiador, teniendo en cuenta la ausencia de fuentes de información directa (escritas o arqueológicas) que nos muestren una imagen nítida de la villa en el pasado.  Los escasos vestigios hallados en el núcleo de población y en su término hacen que las lagunas se deban subsanar con el estudio de los procesos históricos desarrollados en localidades anexas. No será hasta bien avanzado el siglo XIII cuando se abran las puertas de la Historia a Zalamea, confirmándose fehacientemente la existencia de un núcleo poblacional en este lugar de tal importancia, que se usó como moneda de intercambio entre las dos grandes instituciones del momento: la Corona y la Iglesia. El elemento que mostrará este acontecimiento será el documento más importante emitido por la Cancillería Regia del Reino de Castilla durante la Edad Media: el Privilegio Rodado. 
En los diferentes archivos de la ciudad de Sevilla se conservan actualmente 82 privilegios rodados, fechados entre 1251, cuando se otorga a la ciudad el Fuero de Toledo; y 1435, el firmado por Juan II, donde se concede a la ciudad Arcos de la Frontera. Tres de ellos afectan directamente a la historia de Zalamea la Real: los emitidos por Alfonso X en 1279 y 1280; y el firmado por Sancho IV en 1284.
Pero contextualicemos el propio hecho histórico: tras la conquista de la ciudad de Sevilla a los musulmanes por parte del rey Fernando III el Santo, el monarca debía dotar a la ciudad de un territorio propio con el que proveerse de los recursos necesarios para su crecimiento. Todo ello se desarrolló en el marco del llamado Repartimiento de Sevilla. El repartimiento de las tierras entre los afortunados, además del agradecimiento que quería mostrar la Corona a sus colaboradores, tenía otros objetivos más importante: primero,  la repoblación de los lugares donados, teniendo en cuenta que gran parte de ellos estaban totalmente desiertos, y los que no, habían sido casi despoblados por el proceso bélico; y segundo, mantener a raya a los reyezuelos árabes que aún pululaban a lo largo de los límites fronterizos de las tierras conquistadas recientemente. Las Ordenes Militares fueron las encargadas de velar por la seguridad ante las continuadas incursiones musulmanas en la mayor parte de estas zonas limítrofes.
La Corona y la ciudad de Sevilla fueron las mayores beneficiarias en la primera etapa. La Iglesia hispalense, en pricipio, no obtuvo todos los beneficios propios de una institución de su calado: apenas unas rentas y muy pocos bienes. Habría que esperar hasta el año 1252 para que el arzobispado sevillano recibiera una dote de importancia: a través de un privilegio rodado fechado el 5 de agosto de 1252, y expedido por ruego del hermano del rey ( y primer arzobispo tras la reconquista de la ciudad), el infante don Felipe, el monarca entregaba a la iglesia todas las mezquitas sevillanas, a excepción de las tres que estaban en la judería y que fueron transformadas en sinagogas para el culto de la comunidad judía que residía en la ciudad.
Pero a partir de 1258 la situación cambiaría para bien de la Iglesia de Sevilla. El rey Alfonso X, como patrono de la institución eclesiástica, consideró oportuno dar toda la fuerza necesaria a la institución para que se consolidara. Así, su hermano dejaría la cabeza del episcopado para que el obispo de Segovia, Raimundo de Losana (o Losaña) -Don Remondo-, fuese nombrado Arzobispo de Sevilla. Una de las principales dotes de esta nueva etapa sería la cesión a la iglesia de la villa y castillo de Alcalá de Guadaíra, disgregados del concejo de la ciudad. Concesión que a la larga afectaría a la cesión de la tierra de Zalamea a la mitra hispalense.
El rey había estimado como lugares de poca importancia estratégica para la defensa del territorio las zonas cedidas a la Iglesia en los primeros años del arzobispado de Remondo. Pero pronto se dio cuenta de que la situación estratégica era de mayor importancia, sobre todo en la defensa del lugar de Alcalá de Guadaíra. Siguiendo a Manuel González Jiménez, los benimerines actuaron perpetrando incursiones en las tierras sevillanas hasta mediados de 1277. Las razzias afectaron gravemente a la zona del Aljarafe, y entre otras  localidades, una de las afectadas fue Alcalá. Alfonso X, a finales de ese mismo año, decidió intervenir personalmente en la zona, viendo cómo la Iglesia no podía hacer frente a la despoblación a la que estaba abocado el lugar y a la propia defensa de las tierras. Se ordenó por ello una nueva repoblación. Había que reforzar la frontera con el reino de Granada. Y para ello, las Órdenes Militares, que ya desde la rebelión de los mudéjares en 1264 estaban llevando a cabo los trabajos de repoblación y defensa de algunos lugares, se hicieron presentes en este ámbito. Cazalla, hoy Puebla de Cazalla, quedaría bajo la defensa de la Orden de Calatrava. En este contexto se llevaría a cabo una muy compleja operación de cesión y cambio de territorios entre la citada Orden Militar, el concejo de Sevilla y el Arzobispado Hispalense, a iniciativa del rey,  que afectarían directamente a Zalamea.
El 16 de diciembre de 1279 (1317 de la era hispánica), el Rey sabio emitía un Privilegio en el que intercambiaba Cazalla por Almonaster y Zalamea:  …damos por nos e por nuestros herederos a la iglesia de Sancta María de la noble cibdat de Seuilla e a don Remondo, arzobispo della, e a los que después dél uernán, e al cabildo desse mismo lugar,  el castiello e la villa que ha nombre Almonaster e el logar de dizen Çalamea. Este sería un privilegio rodado de Concesión puesto que, como su propio nombre indica, concedía a la iglesia Almonaster y Zalamea a cambio de Cazalla.
Pero el documento escondía un error burocrático que debió ser subsanado en los días venideros: el 15 de diciembre de 1279 (un día antes de la firma del privilegio), la Orden de Calatrava recibía la villa y castillo de Cazalla, que habían estado bajo tutela eclesiástica desde 1260, a cambio del lugar de Cerraja y los demás heredamientos que la Orden poseía en término de Alcalá de Guadaíra. Alfonso X no tuvo en cuenta este  hecho y el 11 de enero de 1280, a través de un nuevo privilegio el rey aprobaba la permuta realizada entre el cabildo de la Catedral y el concejo de Sevilla en virtud del cual el Alfonso entregaba a la Iglesia Cazalla (la Orden de Calatrava volvía a quedarse con el lugar de Cerraja) y a su vez el arzobispado cambiaba con el concejo hispalense por Almonaster y Zalamea. El escribano del concejo de Sevilla, Gonzalo Pérez fue el encargado de redactar la carta de intercambio; mientras que el encomendado a escribir el privilegio real de confirmación de trueque fue el escribano Johan Pérez, hijo de Millán Pérez. Este segundo privilegio ratificaba el anterior, una vez subsanadas las potestades jurisdiccionales de cada lugar intercambiado.
El 10 de agosto de 1284 Sancho IV, con el objeto de congraciarse con la ciudad y la iglesia de Sevilla, que habían sido fieles al rey sabio en las injerencias de su hijo Sancho en el acceso al trono emitía un nuevo privilegio donde recogía y ratificaba todos los privilegios emitidos por Alfonso X. Este privilegio, denominado de Confirmación, de nuevo recogía en su contenido la cesión de Almonaster y Zalamea a la Iglesia hispalense.  Durante 3 siglos (1279-1579) Zalamea estaría bajo la tutela arzobispal.
                                                                                           
   José Manuel Vázquez Lazo.
La provincia de Huelva. Historia de sus villas y ciudades. Zalamea la Real

miércoles, 6 de junio de 2012

Orígenes históricos del Corpus Christi en Zalamea la Real

El 8 de septiembre de 1264, el francés Jacques Pantaleón de Court-Palais, elegido Papa en 1261 bajo el nombre de Urbano IV, emite la bula Transiturus hoc mundo. Entre  sus principales premisas estaba una nueva condenación de la herejía proclamada por su compatriota Berengario de Tours  dos siglos atrás, cuando negó el hecho de la Transubstanciación en la Eucaristía. Pero la bula destacó por la institución  en el calendario litúrgico de la Solemnidad del Corpus Christi para todo el orbe católico. El Pontífice no hacía más que recoger una tradición que se había ido expandiendo desde inicios del siglo XIII por deseo y empeño de la religiosa belga Juliana de Mont Cornillon (visionaria eucarística desde su más tierna juventud, y a la postre, santa de la Iglesia de Roma). En 1246 Santa Juliana consigue que toda la Diócesis de Lieja celebre la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Unos años después, y tras la manifestación de algún que otro milagro en torno a este hecho, Urbano IV emite su bula. Tomás de Aquino encauzaría el camino doctrinal con su obra Oficio y Misa del Corpus y con la composición del himno eucarístico del Pange Lingua.

Se estipuló que la Solemnidad tuviera a bien celebrarse sesenta días después de la Pascua de Resurrección, y por consiguiente, atendiendo al calendario litúrgico, el jueves posterior a la celebración dominical de la Santísima Trinidad.

Los datos de la festividad en Sevilla no los encontramos hasta inicios del siglo XV. Y por extensión jurisdiccional, es decir, teniendo en cuenta que Zalamea por estas fechas estaba bajo la mitra arzobispal hispalense, la festividad se desarrollaría desde este tiempo en la localidad andevaleña. Aunque esto último, a falta de documentación pertinente, no podemos afirmarlo. Pero sí podemos confirmar la existencia de la Hermandad del Santísimo Sacramento a inicios del siglo XV (cuya responsabilidad anual, como veremos más adelante, estaba la de organizar la celebración del Corpus), puesto que ya en las Reglas de la Hermandad de San Vicente (1425) se cita a dicha cofradía:

...Hoan de las armas mando una suerte de tierras que esta a el arroyo de el ffresno que alinda con tierras de la coffradia del SSantisimo Sacramento...

Bien es verdad que el siglo XVII será sinónimo del apogeo cofradiero en las tierras del Arzobispado,  puesto que comenzarán a erigirse por toda la diócesis Hermandades Sacramentales que revalorizarían el culto al Santísimo Sacramento y dignificaríann la festividad del Corpus Christi en todas aquellas localidades donde se instituyeron. En Zalamea (del Arzobispo)  encontramos para este siglo las primeras referencia a la ferstividad a la que estamos haciendo referencia. Las Actas Capitulares del Archivo Municipal nos señalan la forma de actuar del Cabildo y de los habitantes en la celebración y la preparación de los actos festivos del evento. Así, para 1659 se determinaba que: 

…item acordaron que para la fiesta del dia del Corpus Christi del presente año se haga lo siguiente: Primeramente el mayordomo de este concejo prevenga los tamboriles […] y unos arcos en el camino […] que se hagan en la plaza junto a las casas del cabildo dos danzas una de xitanas y otra de cascabel o de espadas y se haiga una carpa de juncia como es costumbre y se haga la fiesta de moros y cristianos haciendo un castillo para ello como es costumbre en la plaza de la audiencia de esta villa buscando la gente ropa que para ello fuera necesario. Y dicho mayordomo prebenga los fuegos y coxetes boladores y de cordel y rueda y de fuego que le pareciese para este dia. Y prevenga velas de cera blanca de a libra para los oficiales de este concejo y para los ministros de aquarta, como es costumbre…

Es evidente la importancia festiva de la celebración, en la que podemos observar varios elementos: primero, la existencia de grupos de baile, como la danza de xitanas, de reminiscencias medievales y muy comunes en las celebraciones del Corpus; y la danza de cascabel o espadas, que al igual que la primera hundía sus raíces en el Medievo. Como no tenemos libros de cuentas ni se hace alusión a los gastos del Cabildo para este festejo, no podemos saber si dichos grupos de baile estaban formado por vecinos de la villa (lo que abriría una importante vía de estudio sobre danzas medievales de la localidad) o habían sido contratados en otro lugar. Y todo ello acompañados del tamboril. La expresión “como es costumbre” indica que la celebración tendría cierto raigambre.

El segundo elemento es la ornamentación del entorno donde se celebraría la procesión: una carpa de juncias, y el adorno de las puertas por donde pasaba la procesión (como indica la trascripción que hacemos más adelante).

El tercer elemento, quizás el más destacado de los festivos, es la celebración de la fiesta de Moros y Cristianos (ingrediente común en la festividad del Cuerpo de Cristo en la Edad Media hispana), en el que los vecinos participantes adecuarían sus ropajes para adaptarlos al evento. La construcción de un castillo hace entrever la dedicación de la localidad a este acontecimiento propio de la España Levantina.

De nuevo un elemento que hace conectar directamente las tradiciones zalameñas con las del Levante español (el culto a San Vicente Mártir, el desarrollo del arte de la apicultura en el periodo moderno o la enorme influencia de los hermanos Sanz, con Gabriel Alejandro como figura determinante en nuestra localidad, son una muestra de ello).

Otro ejemplo, también recogido en las Actas Capitulares, en esta ocasión para el año de 1675, indica actos similares a los expuestos:

… item acordaron y mandaron que se hagan las fiestas que este consejo hace en cada dia y año al Santisimo Sacramento el dia del Corpus Christi […] por lo cual mandaron que el mayordomo de este concejo prevenga lo siguiente: que dicho mayordomo prevenga los tamboriles necesarios y una danza de xitanas con su guiador. Asi mismo prevenga unos arcos en las puertas de esta villa por donde pasa la procesion y que haga una carpa de juncias como es costumbre y seis docenas de cojetes voladores y dos montantes de fuegos y dos ruedas y que prevenga asimismo las velas de cera blanca de libra para los oficiales de este concejo…

La guinda del pastel en la celebración serían los fuegos artificiales.

A inicios del siglo XVIII, en la enumeración de actividades para el día del Corpus no encontramos ya la celebración de las danzas ni de la fiestas de moros y cristianos, haciéndose tan sólo alusión al tamboril y a los fuegos. En 1770, un informe solicitado por el Conde de Aranda  en el que requería ...que conviniendo tener una noticia exacta de todas las Hermandades, Cofradías, Congregaciones, Gremios y cualquiera otra especie de gentes colegiadas, que celebran 1 o más fiestas al año, ya con la funcion de iglesia, ya con otras exteriores de gasto y profusion, bien sea a costa del comun de los individuos, o de los Priostes, Mayordomos, Hermanos Mayores, o Rentas o Dotación de los pueblos, tome yo razon de cada uno de los de mi distrito, dirigiendome a su Justicia y Ayuntamiento respectivo, para que forme su correspondiente relación… se nos indica la responsabilidad de la Cofradía del Santísimo de celebrar la función del Corpus y su octava, cuyo gasto ascendía a 330 reales de vellón.  En el mismo informe se decía que…esta misma función gasta el cabildo para enramar de sus Propios las calles y suelos de la estación de la procesión, cera para sus ministros, fuegos y tamboril de inmemorial tiempo a esta parte 300 r.v….

La aparición de la Hermandad de Alumbrado y Vela en 1797 enfatizaría a finales de la Edad Moderna esta Solemnidad de la Liturgia católica.

José Manuel Vázquez Lazo





lunes, 28 de mayo de 2012

Un importante vestigio arqueológico de la antigüedad: La calzada romana de Zalamea.

Los estudios arqueológicos de nuestro entorno han demostrado en numerosas ocasiones y de forma fehaciente la ocupación del actual término zalameño desde hace más de 5.000 años. Numerosos son los trabajos y los artículos que han tratado el hecho cultural del Megalitismo y su influencia en los complejos de El Pozuelo así como los conjuntos de El Villar-Buitrón, por citar algunos. Del mismo modo son conocidos numerosos restos en el término fechados ya en época romana en gran parte del ámbito territorial zalameño (del que hablaremos en otra ocasión).

Cabe hacerse la pregunta de si realmente en la localidad la ocupación durante el periodo romano se hizo patente. Y aunque para responder positivamente a esta cuestión contamos con escasos vestigios que corroboren la hipótesis, hemos de tener en cuenta que los hallazgos dentro del propio núcleo de cierto material de época antigua nos hace suponer que realmente Zalamea fue poblada en dicho periodo.

El académico de la Historia, Ceán Bermúdez, posteriormente citado por otros muchos autores, a finales del XIX indicaba que en Zalamea subsisten los vestigios de su antigua población, alguna inscripción romana, y las hondas cavernas para encontrar las minas, obra atrevida de la codicia humana. Actualmente no se tiene conocimiento de ningún material que contenga alguna inscripción romana en Zalamea la Real, y nos resulta harto complicado buscar alguna referencia real sobre este aspecto, por lo que obviaremos el dato aportado por Ceán, aunque no lo olvidamos con la esperanza de que en el futuro apareciera algún vestigio al respecto.

Pero lo que sí hallamos de una forma fehaciente en Zalamea son los restos de una antigua calzada romana, situada a escasos metros del núcleo poblacional, en el campo de tiro del barrio de la Estación Vieja, de la que aún se pueden ver varios tramos de su trayecto. La existencia de este vestigio señala la importancia de estas tierras como lugar de paso o de asentamiento para aquellos contingentes que de alguna u otra forma, estaban vinculados a los trabajos en las minas. Y es que debemos tener en cuenta que las vías romanas fueron tanto causa como consecuencia del poblamiento del territorio.

Atendiendo a las dos principales referencias sobre la red viaria existente en la Hispania romana, esto es,  el Itinerario de Antonino de fines del siglo III (reinado de Diocleciano) y del Anónimo de Rávena del siglo VII, podemos observar las diferentes vías que recorrían la provincia, existiendo tan sólo ciertas variaciones en los topónimos de algunas localizaciones.

Según Ruiz Acevedo, la zona minera de Riotinto contó con un elevado número de caminos secundarios, habida cuenta del elevado número de explotaciones mineras existentes en el entorno. Ello respondería a la necesidad de dar salida a hacia las principales vías a los productos metalíferos y a la necesidad de tener un lógico abastecimiento de útiles y alimentos para estas pequeñas poblaciones.  Luzón también defiende este aspecto, señalando el gran número de rutas de comunicación entre los diferentes enclaves de la Cuenca Minera.

La calzada que pasa por Zalamea la Real no estaría encuadrada, a nuestro entender, dentro de estas pequeñas vías de comunicación entre entidades poblacionales menores, sino que en realidad formó parte de una de las principales vías de comunicación de la provincia de Huelva. Ruiz Acevedo divide las vías onubenses en dos tipos: las vías de comunicación interna, que comunicaban las zonas de producción metalífera con las zonas de posterior comercialización (como la que unía Urium con Onuba, Ilipa o Itálica) y las vías exteriores o de enlace con otras zonas hispanas o extrapeninsulares. De este modo la vía que describimos bien formaba parte de la unión de Urium con la zona sur de la provincia, ubicada en el estuario del Tinto-Odiel (en su discurrir Norte- Sur) o unía la parte occidental del Andévalo con  la zona del Guadiana. Así Vidal Teruel habla del trazado que seguiría el recorrido de la cuenca minera por Calañas, Zalamea y Riotinto y cuyo origen estaría en Portugal; y en cambio Jiménez Martín habla del trazado Urium –Arucci que uniría la comarca de la sierra con el Andévalo y la Cuenca Minera y que uniría Almonaster la Real con Zalamea y Calañas.

Antonio Domínguez y Manuel Domínguez trazan la ruta seguida por la calzada desde la zona de la Estación Vieja ya citada, pasando por la trasera de la Ermita de San Blas, de ahí a Los Palmares, para dirigir el trazado hasta La Laguna de la Pepa, pasando antes por las inmediaciones del Pilar Nuevo. Posteriormente se dirigiría a las Tejoneras para levar la dirección de El Tintillo y Fuente de la Murta.

Rúa Figueroa, a mediados del siglo XIX indicaba que la calzada a la que hacemos referencia se distinguía aún con nitidez. La ruta que trazaba tenía su origen en el extremo norte del Cerro Colorado y seguiría el siguiente itinerario: Umbría del Retamar,  Fuente de Mal Año, Collado de Cañarcabo, Llanos del Valle, Punto de la Chaparrita, Calleja de los Cercados del Mellado, donde dice se le unía otro camino que procedía de la Puerta del Campo. De ahí seguían juntos a media legua de Zalamea por la Huerta del Santísimo, Baquillo de León, Tintillo,  Fuente de la Murta, Los Pilones, siguiendo por la derecha del camino del Puerto de los Valientes, Las Minutas, Callejón del Dolor, hasta llegar a  Valverde del Camino. A partir de ahí  seguiría por el camino abierto de Beas hasta Palos, que era el puerto en donde se embarcaban muchos de los productos de aquella parte de la Bética.

Parece ser que el trazado original de estas calzadas no es original de la época romana, sino que su formación es de una etapa anterior, lo que también hace entender la importancia de los enclaves mineros en época prerromana en el territorio. Y más allá del periodo antiguo, estos caminos tuvieron un uso continuado, que en muchos casos hizo perpetuar su existencia; y en otros los deterioró hasta tal punto de no poder identificar su adscripción cultural y temporal.

En el siglo XVIII Tomás López hará referencia a ella indicando que también se registran en los montes, los tajos y las ruinas de carretera que guía desde la mina del río Tinto al océano, por Valverde y Beas, al puerto de Palos, conservándose la tradición de que servían para transportar los muchos metales que se sacaban a dicho embarcadero.

Tras los magníficos trabajos de recuperación llevados a cabo en el año 2005 por la asociación zalameña Cistus Jara, limpiando y adecentando la vía, en la actualidad la maleza y algúnos escombros han devuelto este importante vestigio al olvido y el abandono.


José Manuel Vázquez Lazo.
La provincia de Huelva. Historia de sus villas y ciudades: Zalamea la Real.

miércoles, 9 de mayo de 2012

¡Prohibidos los penitentes de sangre!


Archiconocida por todos es la aparición a finales del XVI de la Hermandad que dio origen a la Semana Santa de Zalamea la Real. 1580 es pues, el punto de partida del trasiego cofrade de la sociedad zalameña, cuando la Hermandad de la Santa Vera Cruz viera la luz bajo la aprobación de sus reglas por parte del arzobispo hispalense, Cristóbal de Rojas y Sandoval. Gracias a decenas de artículos y a la existencia de una trascripción de las mismas reglas (la original –junto con otros muchos documentos de enorme trascendencia para la historia de la localidad- están triste e incomprensiblemente en manos de particulares) sabemos cuál era su funcionalidad dentro del mundo piadoso de la Zalamea de la Edad Moderna: a destacar, el culto a la Santa Vera Cruz, el cuidado de pobres y transeúntes, y la atención a los difuntos en los entierros. De todos sus actos religiosos, el central era una procesión en la madrugada del Viernes Santo, donde desfilaba un crucifijo portado por un sacerdote y custodiado por seis cofrades con hachas y camisas negras. Le seguía una imagen de la Virgen vestida de luto custodiada por otros seis cofrades. Delante de la procesión iba un hermano con una seña negra con cruz colorada. La  comitiva iba acompañada por una trompeta que iría tañendo de dolor durante las cinco estaciones que realizaba la hermandad. El piadoso séquito se completaba con dos tipos de cofrades que acompañaban en procesión a las imágenes de culto: los Hermanos de Luz y los Hermanos de Sangre. Los primeros iban vestidos de lienzo negro, cordón de San Francisco y escudo de la Santa Vera Cruz, e irían alumbrando a los hermanos disciplinantes; éstos,  los segundos “ ...obligados a hacer general disciplina a la ora que saliese la procesión del jueves santo en la noche [...] y que no han de dejar de hacer disciplina salvo por vejez o enfermedad...”  iban vestidos con atuendos blancos, cordón de San Francisco, escudo y alpargatas.

La disciplina, el dolor y el sufrimiento, la mortificación del cuerpo, el padecimiento casi místico de estos disciplinantes, en definitiva,  la muestra sangrienta de la expiación de los pecados hacían de estos hermanos de sangre una reminiscencia más de las doctrinas emanadas del Concilio tridentino, que potenciaron la penitencia pública como muestra fehaciente de la fe católica. Durante más de dos siglos, la sangría en la oscuridad de la madrugada zalameña hacía de la procesión de la Santa Vera Cruz uno de los momentos de mayor recogimiento, contemplación y meditación sobre el tormento y la aflicción de Jesús el Nazareno en su Pasión. Eso sí, con algunos límites, puesto que las disciplinas que llevaban dichos hermanos  previamente habían sido inspeccionadas por los miembros del cabildo que prohibían bajo pena de multa aquellas que sacara mucha sangre “...lo cual lo hacen por ostentación y ad lauden populi...” generalmente bolas de cera con trozos de vidrio incrustados. Al final del desfile procesional se disponía de vino para que los Hermanos de Luz sanaran las heridas de los Hermanos de Sangre. Pero todo ello iba a encontrar su fin al concluir la Edad Moderna.

La España del XVIII, el siglo de la razón, el Siglo de las Luces, el siglo de la Ilustración, se encontraría en su segunda mitad bajo la autoridad del monarca más brillante de la centuria: Carlos III. Tanto él como sus gobernantes fueron grandes reformistas en todos los ámbitos de la vida española. Y la religión no iba a quedar al margen.  A pesar de ser un hombre sumamente religioso, hizo gala de las políticas regalistas de la época, y no dudó en llevar a cabo un férreo control de la Iglesia española frente a Roma (nombrando a la Jerarquía eclesiástica afín a sus intereses, por ejemplo). Pero el rey fue más allá, y trató de modificar en cierto grado aspectos puramente espirituales que tradicionalmente habían caracterizado a la piadosa sociedad española. Es por ello que no dudó en suprimir muchos de estos hábitos seculares, que fueron tachados de supersticiosos, como algunas romerías, las danzas tradicionales del Corpus Christi y, algo que realmente nos interesa para este artículo, la salida de los disciplinantes en las cofradías de Semana Santa. El espectáculo sangriento de estos hermanos penitentes parece ser que había ido mucho más allá de la piedad. El pensador sevillano José María Blanco White (debido en gran medida a la repugnancia que profesaba por el fanatismo católico) describía tan luctuoso espectáculo haciendo referencia a la Semana Santa hispalense indicando que “...antes de incorporarse a la procesión se herían y se azotaban unos a otros hasta que la sangre corriera sobre sus hábitos [...] la vanidad se sentía halagada por el aplauso con que el público premiaba la flagelación más sangrienta, una pasión aún más fuerte buscaba impresionar irresistiblemente a las robustas beldades de las clases humildes...” Y tildaba a la flagelación  como “...la más absurda y repugnante de las prácticas católicas”.

A través de una Real Cédula fechada el 20 de febrero de 1777 el monarca prohibió este tipo de actuaciones públicas. La génesis de dicha restricción la había planteado el Obispo de Plasencia a la Corona en el mes de noviembre de 1776, cuando denunciaba “...el abuso introducido en todo el Reyno [...]de haver Penitentes de Sangre o Disciplinantes, y Empalados en las Procesiones de Semana Santa, en las de la Cruz de Mayo, y en algunas otras de Rogativas, sirviendo sólo en lugar de edificación y de compunción, de desprecio para los prudentes, de diversión y gritería para los muchachos, y de asombro, confusión y miedo para los Niños y Mugeres; á lo qual, y otros fines más perjudiciales suelen dirigirse los que la hacen, y no al buen egemplo, y a la expiación de sus pecados.." El monarca y su Consejo, una vez estudiado el asunto, mandaron a las autoridades civiles y eclesiásticas de todo el reino “...no permitáis Disciplinantes, Empalados, ni otros espectáculos semejantes, que no sirven de edificación y pueden servir a la indecencia y el desorden de las procesiones de Semana Santa... debiendo los que tuvieren verdadero espíritu de compunción y penitencia elegir otras más racionales, secretas y menos expuestas".

La orden llegó a Zalamea el 25 de marzo de 1777, entregada al Concejo por Juan de Soto, siendo alcalde ordinario Miguel Macedonio Ruiz. Estaba fechada el día 20 de marzo e iba firmada por el Escribano mayor de Gobierno, Joseph de Anaya.  Días antes, el 17 del mismo mes, el arzobispo de Sevilla, el cardenal Francisco Javier Delgado (reformista y amigo del rey) ordenaba “santa obediencia” a lo estipulado por Carlos III. El Viernes Santo de ese año se celebro el día 28 de marzo, tres días después del conocimiento por parte de las autoridades zalameñas del contenido de la Real Cédula, por lo que presumiblemente esa Semana Santa los hermanos de sangre en Zalamea ya no pudieron hacer exposición pública de la disciplina marcada en las reglas. Teniendo en cuenta el análisis de la documentación existente, y a la espera de poder acceder a más documentación, podemos concluir que 1776 sería el último año en el que la madrugá de Zalamea se enalteció con el sangriento esperpento manifestado por la actuación de los hermanos de sangre.  Pero no por ello la madrugada del Viernes Santo perdió su esplendor.

José Manuel Vázquez Lazo.
Boletín Hermandad de Penitencia de Zalamea la Real. Año 2012.

lunes, 23 de abril de 2012

El Tribunal de Responsabilidades Políticas en Zalamea la Real

Durante la guerra y la posguerra, la justicia de la zona nacional fue un eficaz instrumento de castigo al servicio de los golpistas. Mientras las fuerzas militares y policiales se dedicaban a la supresión física de toda oposición, el aparato judicial del régimen practicó desde la retaguardia otro tipo de represión más selectiva: la represión económica o cómo el franquismo, además de asesinar o encarcelar a los opositores, les despojó de sus bienes, con la intención de anularles completamente y de paso financiar su cruzada. Inmediatamente después de la toma de cada localidad, las tropas golpistas instalaban gestoras locales fieles al nuevo orden y procedían a la anulación total de la oposición,. Cientos de personas, cuyo único delito era haber pertenecido a alguna de las organizaciones adscritas al Frente Popular, fueron asesinadas o encarceladas. Pero la represión no se quedaría ahí: no tardaron en ponerse en marcha los mecanismos depredadores del nuevo Estado, produciéndose en muchos pueblos un auténtico saqueo. Los rebeldes no dudaron en aplicar penas de confiscación incluso a individuos fallecidos.

En agosto de 1936 se conocen los primeros expedientes de incautación de bienes, aunque desde el primer día de ocupación se produjeron requisas. Nada más llegar, las tropas efectuaban “confiscaciones espontáneas”, realizadas sobre todo en busca de víveres, vehículos, ganado, caballerías, utensilios, etc. necesarios para la marcha del ejército. El 28 de julio, por ejemplo, se dispuso la incautación de todos los vehículos y medios de comunicación de cualquier clase, necesarios para el transporte militar. Junto a las tropas, no faltaban desaprensivos que, amparándose en el descontrol del momento, se dedicaban al saqueo de las propiedades de los represaliados. Con el tiempo, otros desaprensivos utilizarían la delación de personas de pasado “dudoso” como medio de adquirir sus bienes a precios irrisorios.

En el caos de los dos primeros meses del golpe sospechamos que buena parte de lo incautado pudo quedarse en manos particulares, teniendo en cuenta que muchas confiscaciones se hicieron de forma arbitraria y sin dar conocimiento de ello a las autoridades competentes, atendiendo en muchas ocasiones a odios y rencillas personales.

Por otra parte, la corrupción administrativa podría haber hecho que muchos bienes confiscados pasaran a manos de los poderes locales sin que tuvieran noticia de ello las autoridades provinciales o nacionales, y que muchos funcionarios corruptos no declarasen a sus superiores la cantidad real de bienes que habían incautado. Las recién formadas comisiones gestoras impuestas por los golpistas en los ayuntamientos tuvieron en esos meses casi una patente de corso para hacer y deshacer a su antojo en sus pueblos con escaso o nulo control central.

Una vez se produjo la total “pacificación” de la provincia en septiembre de 1936, estas confiscaciones “espontáneas” terminaron, y comenzaron las “administrativas”. El aparato judicial y administrativo del franquismo se puso manos a la obra para indagar qué personas eran susceptibles de ser embargadas y de qué bienes disponían. Las investigaciones se hacía a individuos culpables de actividades marxistas o rebeldes, y, en un fraude de ley sin precedentes, estas medidas se aplicaban retroactivamente, es decir, no a “delitos” cometidos desde el 18 de julio de 1936, sino desde los sucesos de octubre de 1934. Si al principio se confiscaron principalmente vituallas y utensilios, a partir de este momento se incautaban sobre todo inmuebles y material. Estos bienes pasaron a Falange y a otras organizaciones vinculadas al Movimiento.

Las diligencias sumariales eran iniciadas por jueces y tribunales civiles, con los informes necesarios de las autoridades municipales de cada pueblo, el alcalde y el jefe local de Falange, del párroco y del comandante del puesto de la guardia civil, y de algunos vecinos de probada “solvencia moral”. Los expedientes eran tramitados por las autoridades militares locales, de donde pasaban a las autoridades provinciales, para terminar por fin en manos del general jefe de la Segunda División, quien los pasaría para cumplimiento de sentencia a los presidentes de las Audiencias Territoriales y a las comisiones directoras y administradoras de Bienes Incautados. En el momento en que salía publicada en el BOPH la incoación de expediente, el expedientado perdía automáticamente la disponibilidad de sus bienes, bancos y demás instituciones estaban obligados a congelarlos en espera de las decisiones judiciales.

En muchas ocasiones, los bienes incautados eran vendidos en pública subasta. Por lo general, la autoridad que organizaba la subasta encargaba un peritaje para tasar los bienes. Como la tasación se realizaba según los precios de 1936, los artículos por lo general se vendían a un precio inferior al real. Para tomar parte en la subasta se exigía consignar previamente en el juzgado o la comandancia el diez por cierto efectivo del precio de lo confiscado, no admitiéndose postores que no cubriesen, por lo general, al menos las dos terceras partes del avalúo. El rematante tenía que pagar, además, los gastos del peritaje, los de la publicación del anuncio de la subasta en el BOPH, los de consignación en la Caja General de Depósito del importe de la subasta y de cualquier otro gasto derivado de la subasta y adjudicación.

Estas subastas, donde las más de las veces sólo acudía una persona, permitieron a muchos caciques locales adquirir bienes a precios ridículos. En las pujas no existía demasiado control. No se tenía por costumbre dejar constancia por escrito de lo vendido, de los beneficios obtenidos ni de las personas que habían intervenido en las operaciones. En el caso del arriendo de fincas incautadas, se seguía un proceso no menos curioso: los interesados en arrendar una de estas fincas entregaban su petición en un sobre cerrado en la comandancia militar de la localidad, que al poco tiempo publicaba la lista de “agraciados”.

Las confiscaciones realizadas se revistieron de varias formas legales. La más temprana de ellas fue el Edicto de Confiscación de Bienes, basado en un Decreto de septiembre de 1936. Un año después se pondría en marcha un organismo específico para realizar las confiscaciones, la Comisión Provincial de Incautaciones, que se amparaba en el Artículo 6º del Decreto-Ley de 10 de enero de 1937.

También durante la guerra se creó la llamada “Administración de Bienes de Ausentes”: los gobernadores podían dar orden de incautación de los bienes de aquellos vecinos que se hubieran “ausentado” de sus pueblos. Los ayuntamientos se encargaban de la gestión de los mismos hasta la vuelta de sus propietarios, aunque la mayoría de las veces ésta no se producía porque el legítimo dueño ya había sido asesinado, estaba encarcelado o había marchado al exilio. Aparte de esta legislación general, existieron otras normas específicas, como por ejemplo la Ley de 23 de septiembre de 1939, por la que las antiguas pertenencias de los sindicatos pasaban a ser propiedad de la Falange (que ya venía disfrutando en usufructo esos mismos bienes desde 1936).

Después de la guerra se produjo una cuarta oleada de esta represión económica, que ampliaba y profundizaba las anteriores: la llamada Ley de Responsabilidades Políticas, promulgada el 9 de febrero de 1939. En el Boletín Oficial de la Provincia la primera referencia a la aplicación de esta ley data del 6 de octubre de 1939, y se desarrolló hasta 1948, aunque en el Archivo Provincial se conserva documentación relacionada hasta bien entrados los años 60.

Todo esto sin hablar de otros “efectos económicos colaterales” de esta represión, que se cebaron con muchas familias de represaliados. Muchas de ellas se vieron obligadas a malvender sus propiedades para poder sobrevivir.

Además, la extrema situación creada por las confiscaciones llevó a muchos españoles a sentir un enorme sentimiento de derrota moral y de vencimiento espiritual.

Muchos casos encontraron más tarde, a finales de los cincuenta, el sobreseimiento o el indulto, aunque la devolución de lo incautado, cuando la hubo, se realizó en las mismas cantidades del momento de la incautación, perdiéndose con la inflación el valor intrínseco del dinero confiscado. Lo devuelto a sus legítimos dueños fue, como vemos, una porción ínfima de lo sustraído.

Como nos indica Santiago Vega Sombría, gracias a este procedimiento, el régimen de Franco obtuvo un préstamo sin intereses efectuado por los adversarios políticos para cimentar la construcción del Nuevo Estado.

En Zalamea la Real, muchos fueron los vecinos que, como ya se ha podido leer en no pocas publicaciones, sufrieron los avatares de la guerra. Pero además, muchos de ellos también sufrieron el horror de sufrir el despojo total de sus bienes hasta avocarlos a la pobreza extrema. Las listas de encausados del Tribunales de Responsabilidades Políticas citan a 87 zalameños, entre los que destacamos a los cargos públicos de los ayuntamientos republicanos, a miembros de sindicatos o personas identificadas con los sectores progresistas de la sociedad zalameña. Un ejemplo claro es el de Cándido Caro Valonero, cuya historia todos conocemos y que, después de asesinado, también sufrió la apertura de un expediente.

Un interrogante que nos planteamos es si algún día se podrá realizar una cuantificación total de lo confiscado por el franquismo. El régimen en su día ya realizó sus propias cuantificaciones, que suponemos que son mucho más fiables que las que podamos hacer los investigadores de la actualidad. Un primer balance a nivel provincial se realizó a mediados del año 1938. Se sabe que se hizo un inventario definitivo a nivel nacional a raíz del Decreto de Jefatura del Estado de 9 de septiembre de 1939. Ambos documentos permanecen ilocalizables a fecha de hoy. Sería especialmente interesante acceder a dichos recuentos, para hacer una estimación real de lo expoliado. Es nuestra tarea como historiadores dar testimonio de todo lo sucedido en aquellos años para hacer justicia y para que hechos tan luctuosos como éste no se vuelvan a repetir.

José Manuel Vázquez Lazo. Zalamea la Real. Revista de feria 2010